Una ovación de siete minutos al Papa en el Congreso podría hacernos creer que la Iglesia católica al fin ha reconocido el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y se ha deshecho de la idea del aborto como pecado. Que ha reconocido el matrimonio para las personas LGTBI y ha celebrado a las familias diversas. Que ha mostrado respeto por la posibilidad de que cada cual decida sobre su muerte. Que ha sido contundente contra las agresiones sexuales cometidas por miembros de la Iglesia y ha prometido reparación delante de la cámara que representa la voluntad del pueblo. Sin embargo, nada de eso ha sucedido, sino todo lo contrario: sobre algunas de esas cuestiones ha guardado silencio, sobre otras ha cargado con la misma claridad que siempre ha mostrado la Iglesia.

Era la primera vez que un Papa hablaba en el Congreso. En el mismo lugar en el que las mayorías han apoyado el derecho al aborto, al matrimonio igualitario o a la eutanasia hemos escuchado cómo un líder religioso, en una visita a un estado aconfesional, cargaba contra esos derechos o los omitía. Y cómo le aplaudían durante siete minutos.

Decía León XIV en su discurso que la defensa de la vida humana “no es una cuestión parcial ni un interés confesional”, pero eso es justo lo que ha hecho: un alegato a la vida parcial y sesgado.