Más de 1,2 millones de fieles, según datos de la organización, cerraron simbólicamente el centro de Madrid para asistir a la misa del Corpus presidida por el Papa León XIV, en el primer acto de su segundo día en España. Un Papa que, como sucediera anoche, volvió a darse un auténtico baño de masas, y que aprovechó la presencia de la Conferencia Episcopal al completo para denunciar a aquellos que van a misa pero olvidan a los pobres. “Os pido arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”, clamó el pontífice en el altar construido a la espalda del palacio de Cibeles.

Ante la atenta mirada de la Familia Real al completo (sentados en el altar, junto a los obispos), y antes de presidir una hipnótica procesión con la Custodia desde Cibeles al edificio de Metrópolis, León XIV animó a construir “una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”.