España ha encontrado un salvavidas energético en el atasco petrolero del estrecho de Ormuz. Aunque no puede relajarse. Los datos de marzo, el primer mes de la guerra en Irán, muestran que las refinerías españolas tuvieron como principal proveedor de petróleo a Libia, con 721.000 toneladas importadas, el 15,8% del total y con un aumento de sus entregas del 47,3% frente al mismo período del año anterior, según los últimos datos de la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores). Uno de cada seis barriles de petróleo que llegaron a España ese mes procedía de Libia. En marzo, desplazó a gigantes energéticos como Estados Unidos, México o Brasil. Ningún otro país suministró más petróleo a España. Un gran socio petrolero, por su calidad y cantidad de crudo. El problema es que ese suministro depende de la estabilidad de uno de los Estados más frágiles del Mediterráneo. La paradoja es evidente. Cuanto más reduce España su exposición a los riesgos derivados de Oriente Medio, más aumenta su dependencia de un país cuya producción energética sigue ligada a un delicado equilibrio entre gobiernos rivales, estructuras militares y zonas de influencia que todavía condicionan su futuro. La industria petrolera es el corazón económico de Libia, más del 90% de los ingresos públicos proceden de los hidrocarburos y cualquier interrupción de la producción tiene consecuencias inmediatas para la estabilidad nacional. Tras años de guerra civil, bloqueos y sabotajes, el país ha logrado recuperar buena parte de su capacidad productiva, sin olvidar que tiene una de las mayores reservas probadas de petróleo de África (estimadas en 48.000 millones de barriles). Control militar Su producción se ha estabilizado por encima de los 1,3 millones de barriles diarios, por encima del millón de barriles al día que salen de Venezuela. Pero esa recuperación no puede entenderse sin el factor seguridad. Los principales campos petrolíferos, oleoductos y terminales de exportación se encuentran en áreas bajo influencia del denominado Ejército Nacional Libio (LNA), la poderosa estructura militar liderada por Sadam Haftar desde el este del país. Esta vigilancia ha evitado que Libia sufra más paralizaciones de exportaciones. Algo que ha sido constante en la última década por conflictos políticos, bloqueos de terminales y enfrentamientos entre facciones rivales. La propia hoja de ruta de crecimiento diseñada por la Corporación Nacional del Petróleo (NOC), la petrolera nacional, contempla que el aumento de la producción dependerá de mantener la seguridad de las instalaciones y garantizar el funcionamiento de las terminales desde las que se exporta el crudo hacia Europa. La importancia de Libia para España va mucho más allá de los volúmenes importados. A diferencia de los productores del Golfo, el crudo libio no necesita atravesar el estrecho de Ormuz ni otras rutas especialmente vulnerables para llegar a Europa. Los petroleros cargan en terminales mediterráneas y alcanzan las refinerías europeas en apenas unos días. A ello se suma la calidad del petróleo libio. Se trata de un sweet light crude, un crudo ligero y bajo en azufre especialmente apreciado por las refinerías europeas por su elevado rendimiento y sus menores costes de procesamiento. A diferencia de crudos más pesados y con mayor contenido en azufre, como el venezolano, el petróleo libio requiere menos procesos de conversión y ofrece mayores rendimientos para las refinerías españolas de Repsol, Moeve y BP. La vigilancia de Estados Unidos En un contexto de incertidumbre geopolítica, esa combinación de proximidad, rapidez logística y calidad ha convertido a Libia en uno de los proveedores más valiosos, no solo para España, sino para toda Europa. Pero la recuperación energética convive, sin embargo, con una realidad política todavía inacabada. Algo que se vigila con especial interés desde Estados Unidos. Quince años después de la caída de Muamar Gadafi, Libia sigue dividida entre el Gobierno de Unidad Nacional asentado en Trípoli y el poder político-militar articulado alrededor de Saddam Haftar en el este del país. Aunque los grandes combates han desaparecido, el equilibrio sigue siendo frágil. El petróleo se ha convertido en el principal pegamento económico entre ambos bloques y en la principal garantía para evitar una nueva espiral de tensión. La gran presencia de Rusia y Turquía en Libia sigue generando inquietud en Washington. En ese contexto, Saddam Haftar se ha consolidado como una de las figuras emergentes dentro del complejo equilibrio de poder del país. Las fuerzas bajo influencia de la familia Haftar se han convertido en, en estos momentos, la vía que se apoya desde EEUU y sus aliados para dar seguridad a los activos energéticos situados en el este del territorio, una cuestión clave para las compañías internacionales como la italiana Eni o la americana Chevron. Viejos conocidos Lo mismo le sucede a Repsol, como reflejan los datos de marzo de Cores. La creciente importancia de Libia para España tiene como principal protagonista a la compañía que dirige Josu Jon Imaz. La petrolera lleva tres décadas operando en el país y participa en El Sharara, el mayor campo petrolífero libio. El yacimiento produce actualmente unos 320.000 barriles diarios y prevé alcanzar los 350.000 barriles antes de final de año. En 2025, la producción neta atribuible a la petrolera española rondó los 40.000 barriles diarios. Además, la compañía ha logrado adjudicarse dos nuevos bloques de exploración en la última ronda de licencias impulsada por las autoridades libias. Repsol está presente en este campo a través de una joint venture con la Compañía Nacional de Petróleo de Libia y un grupo internacional de empresas que incluye a TotalEnergies, OMV y Equinor. La apuesta de las petroleras occidentales es clara. Más del 70% del petróleo libio tiene como destino Europa y el país se ha convertido en una pieza estratégica para la seguridad energética del continente. La paradoja española es evidente. Cuanto más se aleja el riesgo de Ormuz, más cerca queda Libia. Y una parte creciente de la seguridad energética española depende de que los pozos sigan produciendo en un país dividido, militarizado y sostenido por un equilibrio político que todavía camina sobre el alambre. España ha encontrado un salvavidas energético en el atasco petrolero del estrecho de Ormuz. Aunque no puede relajarse. Los datos de marzo, el primer mes de la guerra en Irán, muestran que las refinerías españolas tuvieron como principal proveedor de petróleo a Libia, con 721.000 toneladas importadas, el 15,8% del total y con un aumento de sus entregas del 47,3% frente al mismo período del año anterior, según los últimos datos de la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores).
España salva el cierre de Ormuz gracias al petróleo de un país que camina por el alambre
Las refinerías españolas, con Repsol a la cabeza, han encontrado un refugio en el norte de África. Unos pozos cuya seguridad depende de las fuerzas que controlan el este del país











