“Era el último sitio donde me imaginaba vivir”, comienza Omar Sosa Bartolomé: editor, director creativo, diseñador, comisario y exsocio de la agencia Apartamento. “Esta es una zona donde ya el Ensanche se convierte en gris absoluto”, continúa. “El otro día miré un mapa de Barcelona y aquí en los años treinta no había nada. Esto era un baldío y estaba la cárcel y nada más. Por aquí vivía el gremio de zapateros y estos bajos debían de ser sus ateliers. Cuando los encontramos, estaban conservados todavía de origen, de 1988, y no tenían ningún edificio encima. Al ver esto, en un patio, sin nada de ruido, con luz todo el día, no me lo podía creer. Hablé con mi amigo Igor Urdampilleta [del estudio Arquitectura-G] y le dije: haz lo que te de la gana. Pero él hizo una casa como de playboy de los setenta. Entonces pusimos orden y funcionalidad y poco a poco surgió esta configuración tan peculiar”. Se trata de un local de 80 metros cuadrados en un tranquilo interior de manzana barcelonés reconvertido en un espacio mucho más que peculiar: se hizo con el Premio FAD de Interiorismo 2021. El jurado consideró que el proyecto destacaba por cómo “juega con hábil equilibrio entre un paisaje interior de doble altura inundado de luz cenital y dos niveles superpuestos donde los elementos-armario del fondo reúnen toda la machine à habiter. El equilibrio espacial de volumen y luz acompaña la precisión de los detalles y un sabio y osado uso de materiales y sistemas constructivos”. Ahora toca remontarse al verano de 2020, cuando Sosa decidió irse de Nueva York tras cinco años allí. Había acumulado mucho: “Tenía un estudio, una casa llena de cuadritos y volví a Barcelona para tomar algo de perspectiva”, dice. “Poscovid, divorciado y confundido, pasé por Menorca un par de meses y, al volver, de golpe me encuentro en este lugar. Porque todo el proyecto se desarrolló por videoconferencia. Arquitectura-G no hace renders y cuando llegué aquí me topé con varias sorpresas. Fue un cambio de vida total, pero estaba encantado de no tener nada, era un minimalismo radical y había una paz increíble. No traje libros, no traje muebles, no traje nada. Después conocí a Patricia [Rezai, su novia] y, como ella vivía en Madrid, pasé mucho tiempo allí. Su casa era todo lo contrario: llena de libros y objetos y con una fina capa de polvo que entraba desde los balcones de Malasaña. Como una casa de muñecas”. Interviene Patricia: “Cuando empecé a conocer a Omar y vine aquí, era rarísimo. No tenía nada. Había un sofá, una mesa, una cama en el suelo y un baño sin puerta, menudo estrés. Pensé: ¿este tío hace libros? Pero si no tiene ningún libro en casa. Era como un laboratorio. Y él me dijo: ‘No puedes venir ni con muebles ni con nada. Yo te hago una librería y ya está’. Así que he comprimido toda la estética de mi casa madrileña en una sola estantería”, cuenta ella, escritora y consultora creativa. Ahora, cansados de dar vueltas, se mueven entre Barcelona y su otra vivienda en Menorca. “El proyecto consistió en vaciar el espacio, que había sido una oficina, demoler la escalera existente en la parte trasera y establecer una nueva conexión entre la planta baja y el altillo”, explica Igor Urdampilleta. “Una vez vacío, la intervención se basó en evitar la construcción de tabiques, de modo que las únicas divisiones se resuelven mediante paneles de mármol de 3 cm de espesor. La idea principal era que la vivienda quedara lo más limpia, neutra y despojada posible. Para ello, se doblaron las paredes colindantes con los vecinos ocultando todas las instalaciones, electricidad, fontanería y climatización. De la misma manera, el resto del programa funcional, como el baño, la cocina o el almacenaje, se ocultan tras puertas en librillo, de modo que el espacio mantiene una lectura continua. Otra decisión importante fue abrir un lucernario que ocupa la totalidad de la doble altura, permitiendo la entrada de luz natural sin necesidad de ventanas y configurando un espacio autónomo que es capaz de mirarse a sí mismo”.Como las funciones-estancia se pueden alterar y no hay compartimentación, la sensación es de estar en una habitación muy grande. Un solo espacio, pero de una sencillez y sofisticación desconcertantes. “Cuando estás en el baño, todo es el baño, cuando estás en la cocina, todo es la cocina. Esta casa te ordena. Un poco por obligación pero también porque es tan agradecida que te lleva a tenerla así. Cada día pasamos la Dyson una o dos veces, pero con ganas. A Patricia le ha salido hasta un callo en la mano de pasarla”, ríen. Como explicaba Urdampilleta, el espacio se fue limpiando hasta que quedó lo esencial, y esta obsesión se nota también en las paredes blancas, en los pocos objetos y muebles, en la austeridad del conjunto total. También sobrevuela la sensación de continuidad: con tan solo tres materiales (metal, moqueta y mármol de Macael), Arquitectura-G ha conseguido una atmósfera serena y como fuera de tiempo. Entrar en esta casa es un descanso para los sentidos. “Igor insistió mucho en dos cosas. Lo primero, en que la moqueta tenía que ser gris. Yo no lo veía, hubiera puesto un púrpura, un verde o un mostaza, pero ahora me doy cuenta de que resalta mucho los otros colores, se llama gris mink [visón], en inglés. Lo segundo es que había que abrir el techo. Era mucho dinero, a mí me parecía una locura para cuatro días que iba a estar aquí al mes, pero él me decía: ‘Créeme, créeme’. Al final lo abrimos y esto es… Estás aquí tumbado, en la moqueta, con esta luz y es un desfase. Este es un lugar increíble, de noche y de día. No te ve nadie, te entra el sol, te tiras por el suelo y si se te cae el vino a la moqueta lo limpias en el momento y ya está. Es una experiencia, si eres sensible a la belleza, cada detalle es de una simplicidad que es finísima. Y también es especial porque te pide habitarlo y usarlo de una manera concreta, casi que te adaptes a él: a los dos niveles, a la cocina, al baño abierto, a ciertas cosas que no son normales. Habitar este sitio no es común…”.
La premiada reforma que transformó un taller en un dúplex de 80 metros cuadrados donde vive una pareja sin apenas muebles
La casa-estudio de Omar Sosa Bartolomé, diseñada por Arquitectura-G, supuso un cambio de vida total para el diseñador, que encontró en ella un minimalismo radical y una paz increíble










