El uso de la inteligencia artificial generativa (IAG) en el aprendizaje tiene tan solo 3 años de ocurrencia. Uno de sus mayores usos es el apoyo en la redacción, ofrecer tutorías, resolver problemas y personalizar el aprendizaje. No todo uso de IAG es equivalente. En la práctica educativa actual conviven al menos tres modalidades: ausencia de uso de IA (o uso marginal); uso “espontáneo” o no pedagógico, que llamaremos “autodidacta”; y uso de IA diseñada con intencionalidad pedagógica con guía de tutores o docentes. La diferencia es central y ha sido poco comprendida: la efectividad de la inteligencia artificial para mejorar el aprendizaje depende del uso que se haga de la misma: el uso no guiado puede acelerar la resolución de tareas sin mejorar la comprensión (lo que genera una “ilusión de aprendizaje”), mientras que una IA pedagógica puede operar como tutor escalable, sostener práctica deliberada y producir evidencia de progreso manteniendo o potenciando el pensamiento crítico. Esta tensión entre adopción masiva y calidad pedagógica es hoy uno de los nudos del sistema educativo. En un nuevo estudio realizado durante el mes de abril a partir de una muestra aleatoria de 1.059 alumnos ingresantes al Ciclo Básico Común de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA (sobre un total aproximado de 6.000) preguntamos a dichos alumnos: 1) si habían utilizado alguna herramienta de IAG en el último año del secundario, 2) con qué frecuencia, 3) bajo qué modalidad, es decir “autodidacta” o “pedagógica”, y 4) con qué tecnología contaban (celular, computadora portátil o PC, tablet).