En Espa�a no se habla de armas nucleares. Se habla de Ucrania, de Trump, de la OTAN, de Ir�n, de China, del gasto en defensa y de la autonom�a estrat�gica europea. Pero rara vez se nombra el venero que atraviesa todos esos asuntos: la disuasi�n nuclear, que nos interpela no como reliquia de la Guerra Fr�a ni como materia para especialistas, sino como desaf�o inaplazable de seguridad, poder y credibilidad.Durante d�cadas, sujeta por la destrucci�n mutua asegurada, el arma nuclear repos� en el subsuelo del sistema. Ese principio permanece, pero se resquebraja. La novedad no consiste s�lo en que haya m�s ojivas at�micas o m�s Estados interesados en poseerlas; hoy, lo nuclear regresa al lenguaje pol�tico. Reservada al extremo de la escala estrat�gica, el arma reaparece como instrumento de presi�n, escudo de agresiones convencionales e indicador dirigido tanto al adversario cuanto a las propias opiniones p�blicas.Rusia es el ejemplo m�s evidente. Desde la invasi�n de Ucrania, Mosc� ha esgrimido la amenaza nuclear para cercenar el apoyo occidental a Kyiv. Esa es la l�gica inquietante de la coerci�n en este campo: su eficacia est� vinculada a la incertidumbre que introduce en cada decisi�n de los aliados. Estos han tenido que calibrar frente a esa sombra las armas a enviar, su alcance y los objetivos autorizados.Sin embargo, ser�a enga�oso reducir el problema a Rusia. El panorama nuclear actual es simult�neamente m�s complejo y m�s ambiguo que el de la Guerra Fr�a. Estados Unidos y Rusia siguen concentrando los mayores inventarios, pero China expande su programa rompiendo la bilateralidad del primer nivel que ha sostenido hasta ahora una parte esencial de la estabilidad. En el segundo c�rculo, con menor envergadura, Francia, Reino Unido, India, Pakist�n, Israel y Corea del Norte responden a geograf�as, doctrinas y miedos distintos. Y alrededor crece el riesgo de proliferaci�n de umbral: Estados que no aspiran necesariamente a grandes arsenales, sino a una posici�n suficiente para disuadir, intimidar o sobrevivir.Ir�n pertenece a esa categor�a. Por ello trasciende el expediente regional; no es una pieza m�s en la precariedad de Oriente Medio. Si Teher�n retiene una capacidad nuclear latente, o si una negociaci�n le permite ganar tiempo mientras alivia la presi�n sobre Ormuz y sus instalaciones, el mensaje ir� m�s all� del Golfo. Lo leer�n Arabia Saud�, Turqu�a, Egipto, Corea del Sur, Jap�n y otros actores que se preguntan si la renuncia nuclear sigue siendo prudente cuando el amparo estadounidense pierde fiabilidad.La no proliferaci�n descans� siempre sobre un intercambio exigente: los Estados sin armas nucleares aceptaban no adquirirlas, las potencias nucleares se compromet�an a avanzar hacia el desarme, y quedaba al margen el derecho al uso pac�fico de la energ�a nuclear bajo reglas e inspecciones. Ese pacto nunca fue perfecto, pero tuvo relativa fuerza ordenadora. Hoy conserva vigencia jur�dica, aunque disminuye su densidad pol�tica. Las Conferencias de Revisi�n del Tratado de No Proliferaci�n de 2015 y 2022 terminaron sin consenso. La celebrada en Nueva York entre abril y mayo de este a�o ha confirmado hasta qu� punto el mecanismo de actualizaci�n ha dejado de fijar una direcci�n com�n. A ello se a�ade la expiraci�n -el pasado febrero- de New START, el tratado entre Estados Unidos y Rusia para limitar armas nucleares estrat�gicas. No es un detalle t�cnico. Es la desaparici�n de uno de los �ltimos barandajes del viejo r�gimen nuclear.Adem�s, el peligro ya no se eval�a �nicamente contando cabezas nucleares. La tecnolog�a est� alterando los modelos cl�sicos de equilibrio. Armas hipers�nicas, capacidades cibern�ticas, sat�lites, inteligencia artificial y el auge de la ambig�edad doctrinal reducen los tiempos de decisi�n y complican la lectura de signos. Un ataque convencional contra un centro de mando, una interferencia cibern�tica, una ruptura de comunicaci�n o un fallo de atribuci�n pueden cobrar dimensi�n nuclear si se producen en una crisis. Los umbrales se vuelven menos visibles. Y cuando se nublan, aumenta la posibilidad de c�lculo err�neo.Este es quiz� el aspecto m�s incomprendido en Europa. Seguimos hablando como si hubiera categor�as separadas; por un lado la guerra convencional, por otro la disuasi�n at�mica. Pero la frontera se ha tornado porosa. Lo nuclear se mezcla con la defensa antimisil, la vigilancia espacial, la guerra electr�nica, los ciberataques y los ataques de precisi�n. La escalada ya no se refiere a rangos claros. Cada paso se adopta bajo presi�n, con informaci�n incompleta y poco tiempo para corregir.Esta cuesti�n se agrava porque la garant�a estadounidense sigue siendo indispensable, pero ya no infunde confianza. En este contexto, Francia ha abierto una conversaci�n necesaria sobre el car�cter europeo de su programa. Desde la creaci�n de OTAN, los europeos han orillado el asunto nuclear, como si delegarlo a Washington bastara para solventarlo. As�, la propuesta gala ha de tenerse en cuenta sin convertirla en lo que no es. La decisi�n �ltima se mantiene nacional, presidencial y soberana. Par�s puede afirmar que sus intereses vitales tienen una componente europea y reunir a algunos Estados miembro para consultas, ejercicios o se�ales de disuasi�n avanzada. Sin embargo, no comparte el mando ni eleva su arsenal a paraguas europeo.El concepto clave es el "�paulement", esto es, arrimar el hombro. Lo que se pide a los socios no es participar en la decisi�n de "presionar el bot�n" nuclear, sino contribuir al andamiaje convencional, tecnol�gico, industrial y pol�tico que la precede: defensa antimisil, inteligencia, sat�lites, comunicaciones, ciberseguridad, munici�n, bases y financiaci�n. Asimismo, esa oferta nace con una geometr�a particular que no alcanza toda la geograf�a de la Uni�n. Espa�a no deber�a quedar al margen de esa conversaci�n. Puede, pues, ser un paso �til, pero no es una soluci�n europea acabada ni reemplaza el compromiso estadounidense, radicado en la OTAN.Ah� deber�a situarse el principio de actuaci�n europeo. No en proclamar una autonom�a nuclear que no existe, ni en esconderse detr�s de un pacifismo ret�rico que confunde deseo con realidad. Tampoco en considerar que la simple menci�n del paraguas franc�s resuelve la justificada desaz�n estrat�gica del continente. La tarea reside en robustecer todo aquello que impide que cada crisis desemboque autom�ticamente en la disyuntiva nuclear: reforzar la defensa convencional, la defensa a�rea y antimisil, la inteligencia, los sat�lites, la ciberseguridad, las reservas de munici�n, la industria, el mando pol�tico y la certidumbre dentro de la OTAN.Cuanto m�s d�bil sea Europa en los escalones convencionales, cuanto menos pueda defender su territorio, sostener a Ucrania, proteger sus infraestructuras, reponer munici�n o enfrentar agresiones, antes cristalizar� la pregunta extrema: �arriesgar�a Estados Unidos una escalada nuclear por Europa? Esa es la interrogaci�n que conviene evitar en cada crisis. No porque la garant�a nuclear carezca de importancia, sino porque ha de permanecer como �ltimo recurso, no como sustituto de la falta de capacidad. Madrid no debe seguir fuera de la iniciativa francesa porque Espa�a no puede apearse de su relevancia en la arquitectura europea y atl�ntica para la que la disuasi�n nuclear resulta ineludible.El �xito del arma nuclear radic� en no ser usada. Ese �xito ha degenerado en la peligrosa ilusi�n de creer que la contenci�n era autom�tica. No lo era. Se trenzaba con tratados, prudencia, miedo, canales de di�logo, credibilidad y memoria. Varias de esas piezas acusan hoy notable endeblez. La respuesta no es la nostalgia de la Guerra Fr�a ni la resignaci�n ante una nueva carrera. Debe consistir en apuntalar compromisos cre�bles, cerrar incentivos de proliferaci�n y proveer los medios convencionales que hacen menos probable el salto al abismo at�mico.La cuesti�n nuclear ha vuelto a un mundo m�s fragmentado, m�s tecnol�gico, m�s impaciente y menos disciplinado que el de la Guerra Fr�a. Por eso cumple hablar de ella con precisi�n, sin alarmismo y sin evasivas. No podemos ignorar la posibilidad de una ruptura violenta del tab� nuclear; tampoco pasar por alto su insidiosa erosi�n gradual, ese crujido al que parecemos empezar a acostumbrarnos.