Las infraestructuras nucleares civiles han dejado de estar a salvo al ser consideradas ahora objetivos de estrategias militares
La sucesión de ataques sobre centrales nucleares, plantas de enriquecimiento de uranio y centros de investigación nuclear de uso civil evidencia la tendencia creciente de involucrar instalaciones nucleares en conflictos armados. Junto con declaraciones reincidentes sobre la posible utilización limitada de bombas atómicas tácticas, representa, además, una normalización peligrosa que alcanza abiertamente a la opinión pública. Algo absolutamente impensable hasta hace muy poco tiempo.
El último tratado de reducción y limitación de armas atómicas entre Estados Unidos y Rusia —conocido como New Start— caducó en febrero pasado, y varios países están considerando sumarse a las nueve potencias atómicas actuales: Francia, el Reino Unido, China, la India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, además de los propios EE UU y Rusia. Adicionalmente, varias infraestructuras civiles y energéticas están siendo identificadas como objetivos estratégicos en escenarios bélicos, incluidas algunas instalaciones radioactivas que, en caso de sufrir ataques, sabotajes o accidentes durante un conflicto, podrían liberar radioactividad, afectando indiscriminadamente a la salud pública y al medio ambiente de varios países. La magnitud de esos posibles escapes radioactivos podría forzar la evacuación de grandes poblaciones, modificando la dimensión estratégica de un conflicto.













