Han pasado cuarenta años desde aquel día en el que el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil saltó por los aires originando la mayor catástrofe nuclear hasta el día de hoy y, aunque en el imaginario colectivo sigue ligada a esa idea de peligrosidad, la radiación es un elemento intrínseco de nuestro entorno que nos acompaña en el día a día.

“Vivimos en un entorno que es radiactivo”, asegura con naturalidad Eduardo Gallego, catedrático de Ingeniería Nuclear en la Universidad Politécnica de Madrid, que explica que la propia Tierra es la principal fuente de emisión.

El principal responsable de la exposición diaria del ciudadano medio es el gas radón, “que está presente en el aire porque es un fruto de la desintegración del uranio que se encuentra prácticamente en toda la corteza terrestre”, señala Gallego. “Probablemente sea el producto que más contribuye a la radiación de la población en su conjunto”, apunta.

En España, la exposición no es uniforme, depende mucho de si el territorio que estamos pisando es granítico o más sedimentario y arenoso. “En las zonas de la cordillera central, incluida la Comunidad de Madrid, el norte de Cáceres y Salamanca hay un fondo radiactivo natural bastante importante”, advierte el experto en seguridad nuclear. Por el contrario, en el Mediterráneo o el sur de la península, los niveles son mínimos.