Pocos días después de que las tropas rusas irrumpiesen a sangre y fuego desde el este a territorio ucranio, en febrero de 2022, el diplomático argentino Rafael Grossi, al frente del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), puso sobre la mesa los “siete pilares indispensables” que los bandos debían seguir para evitar el desastre nuclear: la seguridad y salvaguarda de las instalaciones, el suministro eléctrico y los empleados. El ejército ruso ya controlaba Chernóbil y estrechaba el cerco a la central de Zaporiyia. De poco sirvieron aquellos principios. El pasado día 22, la agencia de la ONU informó de varias ofensivas con drones sobre Zaporiyia, la mayor planta atómica de Europa, enclavada en Energodar, un municipio controlado por el ejército ruso. Algunos, con decenas de proyectiles impactando sobre las instalaciones y sus aledaños. El 27 de abril, uno de estos vehículos bomba acabó con la vida de uno de los empleados de la planta.Zaporiyia es uno de los mayores riesgos a la seguridad nuclear mundial. En los últimos cuatro años, sus equipos auxiliares han sufrido tanto bombardeos rusos como daños por drones ucranios. Hoy, sus reactores están siendo alimentados por una sola de las diez líneas de alta tensión que tenían antes de la guerra. Sin embargo, la gran ofensiva rusa sobre Ucrania ha servido además para abrir un nuevo espacio, sin duda temerario, al bombardeo de instalaciones nucleares en otros frentes.El último de ellos ha sido a miles de kilómetros de los Cárpatos, en Emiratos Árabes Unidos. Allí, un dron golpeó el pasado día 17 el perímetro de las instalaciones de la central de Baraká, en Abu Dabi. Se consolidaba, así, una tendencia al alza en la guerra que Daniel Salisbury, analista del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), describía sin ambages en abril: “Es jugar con fuego”.Vitaly Fedchenko, experto del Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (Sipri), sostiene que “los ataques a instalaciones nucleares se han vuelto más frecuentes en los últimos años, a partir de 2022″. Este especialista contabiliza en torno a nueve ataques de este tipo desde la década de los cuarenta del siglo pasado y la II Guerra Mundial, hasta 2021. Desde entonces, la cifra se dispara en dos frentes: Ucrania y Oriente Próximo.De la amenaza terrorista a la guerraAccidentes al margen, el mayor riesgo de seguridad de las centrales nucleares han sido, durante décadas, los atentados terroristas. Que grupos como Al Qaeda o el Estado Islámico (ISIS en sus siglas en inglés) —su rama en Bélgica llegó a recabar información sobre la planta nuclear belga de Mol— las pusieran en la diana. Pero en menos de un lustro, el mundo ha asistido a una sucesión de incidentes bélicos en torno a instalaciones de carácter civil.A unos 900 kilómetros al noroeste de Zaporiyia, un ataque con un dron ruso dañó en febrero del pasado año el sarcófago de la central nuclear de Chernóbil, levantado para contener el material radiactivo del desastre de 1986. Aún no han finalizado los trabajos de reparación de esta estructura de protección, que ya no puede cumplir su función principal de seguridad, como ha señalado la OIEA.En junio también del año pasado, durante la ofensiva de los 12 días lanzada por Israel y Estados Unidos contra Teherán, varias instalaciones nucleares civiles en Irán, entre ellas las de Fordow, Natanz e Isfahan, fueron atacadas —14 bombas antibúnker y una treintena de misiles de crucero golpearon las instalaciones—. A menor intensidad se han repetido durante las operaciones israelo-estadounidenses iniciadas el 28 de febrero de nuevo contra el aparato militar y político iraní. Como proyectiles ha recibido, en dos episodios separados por un lustro (en abril de 2021 y el pasado 19 de marzo), la central de Dimona, en Israel.“No son solo estos ataques físicos los que reflejan un cambio en los tiempos”, avisa Lars van Dassen, director ejecutivo del Instituto Mundial de Seguridad Nuclear. “Se están utilizando drones para sobrevolar y amenazar instalaciones nucleares, los ciberataques están aumentando en número y gravedad a escala global, no solo en Ucrania y Oriente Próximo... Todo esto es, en cierta medida, una amenaza para [el propio desarrollo de] la energía nuclear”.La munición de la que habla Van Dassen no es un tema menor. El aparato que cayó en la central emiratí iba acompañado de otros dos que acabaron siendo derribados. Son, en fin, proyectiles que no destacan por su precisión: cualquier contraofensiva con medios electrónicos puede desviar su curso y sembrar el caos.Décadas después de la II Guerra Mundial ―en la que se registraron bombardeos contra instalaciones relacionadas en Noruega o Japón―, una de las primeras ofensivas contra instalaciones nucleares de uso civil fue el bombardeo israelí en 1981 sobre el reactor iraquí de Osirak, de ingeniería francesa y que se encontraba aún en fase de construcción.Desde entonces, los ataques contra este tipo de infraestructuras han dejado de ser algo “aislado”, como constata Iva Sopta, investigadora del Instituto Internacional de Viena de Estudios sobre Oriente Próximo (VIIMES, por sus siglas en inglés) y autora de un análisis reciente sobre el tema. “Se han convertido en un instrumento habitual de coerción, disuasión y guerra preventiva”, sentencia por correo electrónico.Tras Osirak llegaría, en la misma década, la campaña contra la central iraní de Bushehr, atacada por el Irak de Sadam Husein. Dos décadas después, ya en 2007, Israel volvió a golpear: esta vez, en las instalaciones sirias de Al Kibar. Tres años después, los servicios de inteligencia estadounidenses e israelíes perpetraron uno de los mayores ciberataques de la historia (Stuxnet) contra las centrifugadoras del programa nuclear iraní.El peligro de este tipo de bombardeos, cada vez más recurrentes, es enorme. “Incluso cuando son limitados, generan riesgos que van mucho más allá de lo que entendemos como una escalada militar tradicional, dando lugar a consecuencias catastróficas”, alerta Sopta. “Basta con recordar los accidentes de Chernóbil o Fukushima para comprender la magnitud de los potenciales desastres humanitarios que podrían provocar los ataques contra instalaciones nucleares”.“En términos de radiactividad”, añade Fedchenko, “los ataques contra los reactores nucleares [especialmente los de gran potencia] y las piscinas de combustible son los más peligrosos, debido al riesgo de liberación de material radiactivo al medio ambiente”. El analista del Sipri advierte un cambio de paradigma en los últimos años: mientras las ofensivas del pasado siglo o principios de este tenían como objetivo limitar la proliferación nuclear de países no amigos, en la actualidad, salvo quizá con Irán, las instalaciones nucleares son un objetivo de guerra más.Aunque una mayoría de los Estados coinciden en que es importante proteger las instalaciones nucleares civiles, apostilla Van Dassen, “será imposible que todos se comprometan a protegerlas y a no atacar instalaciones bajo ninguna circunstancia si sospechan que se trata de una instalación vinculada a un programa de armas nucleares. Los ataques preventivos para garantizar la propia supervivencia están permitidos por el derecho internacional”. La mejor y casi única protección, concluye, sería “un tratado de no proliferación que de verdad funcione”.Horas después de la reciente ofensiva sobre el perímetro de la central emiratí de Baraká, Grossi se refirió a lo sucedido como una amenaza “inaceptable” y “muy preocupante”. “Estamos hablando de una central en operación, con fines pacíficos, y que tiene miles de kilos de material nuclear en su interior”, advirtió. El ente, dependiente de Naciones Unidas, advirtió asimismo del riesgo de que un nuevo ataque pueda derivar en fugas de radioactividad que hagan necesarias “evacuaciones, restricciones alimentarias y otras medidas de respuesta” a la crisis.La víspera de aquella ofensiva, el director general de Rosatom, la empresa estatal rusa que gestiona Zaporiyia desde su toma por parte del Kremlin, advertía de que la central se acerca a pasos agigantados a un “punto de no retorno” por los ataques con drones por parte del ejército ucranio. Según sus cifras, la instalación mantiene aún en su interior la friolera de 2.600 toneladas de combustible atómico. Una auténtica bomba de relojería en zona de guerra.
La guerra se atreve con las centrales nucleares
La sucesión de bombardeos y ofensivas con drones sobre instalaciones auxiliares de reactores en Ucrania y Oriente Próximo disparan las alarmas











