Guerra arancelaria y económica con Estados Unidos; China, arrasándonos en su avance competitivo; Vladímir Putin, a la espera; la UE, cuestionada entre ataques externos e internos; escenarios bélicos que proliferan en el mundo; sustitución de la cooperación mundial por la confrontación; negacionismo e imposibilidad de una estrategia mundial frente al cambio climático y la inteligencia artificial; auge de las extremas derechas, con sus redes de mentiras y odio; políticas de deterioro de la democracia. Ninguna de estas curvas era previsible hace 15 años. Nuestro mundo actual en nada se parece al de principios de siglo y, aunque todavía en transición, todo apunta a que camina hacia algo muy diferente a lo diseñado tras la caída del comunismo soviético: crecen las inseguridades, vuelve a priorizarse la seguridad nacional y se debilitan las anteriores alianzas con su impacto sobre la cadena global de valor establecida durante lo que llamamos “globalización”, hoy en plena mutación. Incluso la Unión Europea, otrora potencia comercial mundial, se diluye como azucarillo en aguardiente, incapaz de responder a los desafíos de Donald Trump, Putin y China, ni con la unidad ni con la rapidez exigidas. Benjamín Netanyahu avanza en la ocupación de Gaza tras la masacre de palestinos sin que ninguna entidad internacional le pueda parar los pies.