El informe anual del Sipri alerta de que los países dependen de nuevo del arma atómica como instrumento de poder. Los nueve Estados que la tienen, mejoran y modernizan sus inventarios

Durante una de las últimas grandes ofensivas de artillería contra el territorio ucranio, Rusia utilizó dos misiles Oréshnik. Fue el pasado 24 de mayo. A lo largo de la madrugada y al alba, Moscú lanzó contra la capital, Kiev, más de 600 drones y 90 misiles. Cuatro personas murieron y un centenar resultaron heridas. Los Oréshnik, de alcance intermedio, impactaron en Bila Tservka, municipio al sur de Kiev, y a las afueras de la ciudad de Donetsk, territorio ocupado por las tropas rusas, en la región de Donbás (este). Este último cayó allí por error. Moscú falló con un arma muy potente, hipersónica, casi imposible de interceptar. La carga era convencional, pero este modelo es capaz de montar una ojiva nuclear. El presidente ruso, Vladímir Putin, admitió el pasado jueves desde San Petersburgo que el proyectil que extravió el tiro era “experimental”.

Una prueba, según la versión del Kremlin, de un misil con un gran potencial de destrucción y que el ejército ruso ya ha usado en cuatro ocasiones, siempre como arma convencional, contra la vecina Ucrania. El Oréshnik es uno de los ejemplos incluidos en el informe presentado este lunes sobre arsenales nucleares del Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (Sipri).