EDITORIALLos tentáculos del jovielismo se extendieron también, durante demasiado tiempo, sobre sucesivos Ejecutivos y Congresos.
Hace un año tenía lugar un berrinche colectivo de 50 días: seguidores jovieleros se apostaron en champas en la plaza de la Constitución para protestar a favor de un pacto lesivo que pretendían revalidar a espaldas de la ciudadanía, con múltiples concesiones para un pequeño círculo de adláteres. Tal despropósito incluía peroratas con megáfono en las cuales se invocaban supuestos valores tradicionales y también caducas consignas izquierdistas, pañuelos rojos y hasta el patético ícono de un caudillo derrotado y muerto al que nada le importaba la democracia. También declaraban protestar en nombre de la niñez: sí, aquella misma a la que dejaron sin clases dos meses para obedecer las órdenes de un jefe pendenciero.
El primer gran revés llegó el 15 de julio del 2025, cuando se produjo el desalojo de las champas de manifestantes, aunque solo después de que la propia Corte de Constitucionalidad refrendó un amparo solicitado por la Procuraduría General de la Nación en contra de las medidas de presión asumidas por el Sindicato de Trabajadores de la Educación. Comenzaron los procesos de sanción y destitución contra maestros faltistas que tuvieron como respuesta emplazamientos otorgados por dudosos juzgados laborales cuyos titulares deberían ser objeto de una revisión de nexos para monitorear tanta aquiescencia.










