EDITORIALLas jornadas de “afiliación” con todo y mítines disfrazados pueden crear cierta sensación de fuerza.

Es una verdadera pena, por no decir vergüenza, que —a pesar de las duras lecciones de la historia reciente— las viejas y nuevas organizaciones políticas prosigan en los devaneos triviales del clientelismo preelectorero. Es francamente lamentable que, a pesar de los lacerantes rezagos nacionales en el desarrollo humano y de los evidentes peligros de infiltración criminal en estamentos del Estado, la clase política siga jugando en las arenas movedizas de la demagogia y en los reciclajes maquiavélicos de cacicazgos locales sin ideología coherente, pero sí con antecedentes de indolencia e irrespeto a la ciudadanía.

Es temporada abierta de tránsfugas. No hace falta que le pinten letras de otro color a la curul de la cual se creen propietarios o a la alcaldía que ahora usan como moneda de cambio para atraer un nuevo vehículo electoral con el cual planean correr en seis meses, incluidos quienes arrastran un pesado cascarón oficialista o exoficialista, que solo se levanta a base de levitaciones dinerarias o negaciones farisaicas.

A seis meses de la convocatoria a las elecciones generales de 2027, hay todo un remate de playeras partidarias —así como las del Mundial fenecido—, y hay algunos jugadores que ya nadie quiere. Diputados abandonan bancadas, alcaldes exploran nuevas siglas y dirigentes que hasta hace poco defendían un proyecto aparecen hoy negociando otro, con aires de impostada indignación o hasta discursos de transparencia que solo dejan entrever mercadologías de algoritmo e influencer. La décima legislatura comenzó con 17 bloques parlamentarios y hoy existen más de 25 posibles fichas, incluidos partidos que aún no existen y que intentarán venderse como novedosa oferta sin garantía.