El primer tratamiento cosmético no quirúrgico de Mary Munson no fue el resultado de un plan ni de una decisión concreta. Ella lo describe como una forma de saciar su curiosidad. Munson, de 41 años, estaba en una clínica para alargarse las pestañas cuando una empleada le habló de un procedimiento al que se refería como “baby bótox” —que, de hecho, era bótox—. Desde que decidió probarlo, no ha mirado atrás.

“Solo fue una prueba para ver cómo era, y me di cuenta de que me gustaba. Y, para ser sincera, no noto un gran cambio”, dice Munson, que tenía 37 años cuando comenzó con los tratamientos. Aunque cree que sus genes filipinos y escoceses “me dan buena piel”, Munson empezó a someterse a otros tratamientos además de las inyecciones regulares de Botox, como la terapia con plasma rico en plaquetas (PRP) (a veces conocida como “facial de vampiro”, en la que se extraen plaquetas de la propia sangre del paciente), así como la fibrina rica en plaquetas (PRF), un tratamiento similar que estimula el colágeno.

Munson es profesora y madre de dos hijos. Por teléfono se muestra alegre y simpática, y se describe a sí misma, según dice, como “una persona muy corriente y normalita”. Según cuenta, de su grupo de once amigas, todas de unos cuarenta años, tres se someten habitualmente a estos tratamientos. Ella forma parte de un cambio en el que los tratamientos cosméticos no quirúrgicos —o las más discretas “intervenciones estéticas”—, antes asociados a la riqueza y a las celebridades, se están volviendo más comunes, redefiniendo las percepciones de la belleza para las mujeres de a pie. La papada y las arrugas, los signos cotidianos del envejecimiento, se están convirtiendo en algo opcional para un número cada vez mayor de mujeres.