En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, la izquierda acaba de obtener un mayor porcentaje de votos que en 2022, y la derecha obtuvo uno menor. Si hace las cosas bien, la izquierda puede volver a ganar la presidencia de Colombia en 2026. Hace cuatro años, Gustavo Petro obtuvo el 40,34% de los votos, mientras que en la primera vuelta de estas elecciones presidenciales Iván Cepeda obtuvo el 40,9%. En cuanto al voto de derecha, hace cuatro años Rodolfo Hernández y Federico Gutiérrez obtuvieron entre los dos el 52,11% de los votos, mientras que, este domingo 31 de mayo, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia sumaron el 50,66%. En 2022, aunque la victoria de la derecha era una posibilidad inminente, ganó la izquierda. En estas elecciones, los votos del uribismo migraron de la candidata oficial de ese movimiento, Valencia, hacia el candidato de la derecha anti-establecimiento, De la Espriella, mucho más rápido que en 2022. Una parte importante de los 1,6 millones de votos de Valencia se deben a su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, quien genera amplia simpatía por fuera de la derecha y traía 1,2 millones de votos de la “Gran consulta por Colombia”. Los votos de la fórmula Valencia-Oviedo representan a un grupo de votantes que no quiere votar por De la Espriella, y en las condiciones adecuadas pueden volcarse hacia una propuesta de izquierda. Para que la izquierda gane, entonces, tiene que atraer a la mayoría de un bloque conformado por los votantes de Paloma Valencia, Sergio Fajardo y Claudia López (12,13%), otros candidatos (1,46%) y los votos adicionales que se movilicen en segunda vuelta. En 2022, por ejemplo, la votación en segunda vuelta aumentó en 5,8% frente a la de primera vuelta. Mucho se ha hablado de cómo los magos del clientelismo, Armando Benedetti y Roy Barreras, fueron los artífices de la victoria presidencial del Pacto Histórico en 2022, y hay voces – empezando por las de Roy y Benedetti– que piden a gritos que se les incorpore a la campaña de Cepeda. Pero la principal habilidad de estos personajes es mercadearse a sí mismos, tratar de pegarse a los ganadores, y luego cobrar en puestos y otros favores por victorias que no son suyas. No hay que caer en su juego. En el caso de la estruendosa derrota de Germán Vargas en 2018, esta dupla ni siquiera logró pegarse al ganador. Las “maquinarias” combinadas de Vargas, Roy y Benedetti obtuvieron un modesto 7,3% del voto de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de ese año, es decir, 1,4 millones de votos. Y hay razones para pensar que la mayor parte de ese 7,3% del voto que obtuvo Vargas fue más un logro propio que de sus aliados. En las elecciones del domingo se dio un interesante experimento natural: la candidatura presidencial de Roy nos permitió saber cuántos votos por presidente de la República pone sin Petro y sin la izquierda este personaje, hoy investigado por tráfico de influencias en la Corte Suprema y con un proceso de pérdida de investidura por la misma razón en el Consejo de Estado. Inicialmente, Roy afirmó que, en la consulta presidencial que él organizó, iba a obtener tres millones de votos (más del doble que los que obtuvo Vargas Lleras). Pero terminó obteniendo 257.000. Y, a la hora de la verdad, en primera vuelta, Roy Barreras obtuvo 14.108 votos, o sea, 0,05% del voto presidencial. El voto por presidente de la República es voto de opinión, no voto clientelista. Pero, digamos, en gracia de discusión, que electoralmente Benedetti con todas sus artes pudiera obtener diez veces más votos que Roy y endosárselos a Iván Cepeda. De ser así, entre los dos podrían poner el 0,55% de los votos —una vigésima parte de lo que necesita Cepeda aumentar su votación en segunda vuelta para ganar—. ¿Qué, más allá de un profundo instinto de autodestrucción, hace suponer a algunos en la izquierda que Roy y Benedetti son la clave de la victoria? No la fueron para Vargas, ni para Petro, ni la serán para Cepeda.Después de cuatro años en los cuales los logros del primer gobierno de izquierda han sido opacados por graves escándalos de corrupción, la mejor apuesta que puede hacer el Pacto Histórico es relegar el roy-benedettismo a la historia y repetir, hasta el cansancio, lo que ha dicho Iván Cepeda: que a la corrupción “le llegó su vida feliz y plácida hasta el 7 de agosto”. Todos los esfuerzos de la izquierda tienen que volcarse hacia persuadir a los votantes de Oviedo, Fajardo y López de que Iván Cepeda puede representarlos mejor que Abelardo de la Espriella. Eso es completamente lograble, ya que aunque ese bloque electoral tiene prioridades distintas a las de las bases del Pacto Histórico, estas no contradicen los principios de las bases. Por el contrario, los complementan, y el ejercicio político que conducirá a la victoria consiste en responderles a los unos y a los otros. Durante este gobierno, las bases de izquierda han priorizado y visto resultados inmediatos en términos de bienestar económico: menor desempleo, menor informalidad y mayor salario mínimo. Pero los votantes que decidirán la segunda vuelta quieren mayores garantías que las actuales de que esos resultados se mantendrán en el largo plazo. Esto requiere recuperar la inversión, que hoy en día ronda el 17% del PIB pese a haber estado en años anteriores por encima del 20%, e implica proponer soluciones a la crisis fiscal que no generen una conmoción social. También implica garantizar que la inflación no se dispare.Las bases de izquierda han sido pacientes con el deterioro del sistema de salud, poniendo su esperanza en que las cosas mejorarán una vez aprobada la reforma al sistema (esa que, por cierto, el ministro del interior Armando Benedetti no logró pasar ni con buenas ni con malas artes). Los votantes que hay que atraer en segunda vuelta están impacientes y además temen que una reforma aprobada con métodos clientelistas nos lleve de un sistema de salud corrupto y centrado en las EPS privadas a un sistema corrupto manejado por el Estado. Para ganar, hay que plantearles una visión detallada y creíble de lo que propone la izquierda, que vaya más allá de lo que se intentó y fracasó en este cuatrienio. Y si bien hay muchos votantes dispuestos a apoyar a la izquierda en segunda vuelta por su convencimiento de que toda estrategia de seguridad tiene que partir del respeto por los derechos humanos, es perfectamente congruente que también se pregunten qué plantea el Pacto Histórico para mejorar la situación de seguridad. Respetar los derechos humanos es innegociable, pero el derecho constitucional a la paz también está siendo vulnerado por el fracaso de la política de “paz total” del actual gobierno. ¿Qué va a hacer el gobierno de Cepeda para poner fin a la violencia que ejercen las insurgencias y la delincuencia común contra la ciudadanía indefensa? El futuro no está escrito, pero el camino que tomará el país durante los próximos cuatro años está a punto de determinarse. Quienes creen en la paz con seguridad, en la igualdad con crecimiento económico, y en el respeto a los derechos humanos y constitucionales están a la espera de que el candidato de la izquierda les hable con claridad y se comprometa a ser el presidente de todos los colombianos.