Una madre y sus dos hijos comparten habitación en un piso en Barcelona. Más de la mitad de sus ingresos, 466 euros, van para pagar el alquiler del cuarto. Ella, Marbely Zepeda, tiene 30 años y trabaja como limpiadora. Sus niños, cuatro y 11. “Vivir en una casa sola con mis hijos ahora mismo sería imposible”, cuenta por teléfono. Su cabeza se pasa el día haciendo números: el transporte, la comida, el dinero que envía a su madre en Honduras, las necesidades básicas de los críos. Todos los gastos están calculados y, cuando alguno aparece de forma imprevista, no hay forma de cuadrar el círculo. Hace dos años llegó a cortar los pantalones largos de sus hijos para que no pasaran calor en verano. Ahora están mejor, dice. Pero no es fácil soportar semejante nivel de estrés. “Yo intento que los niños no se enteren de las cosas, pero el grande ya entiende más. Sabe que le doy lo que está a mi alcance, pero hay cosas que no le puedo dar”. Dos informes que se publican este miércoles desglosan cifras que describen la realidad de Marbely y de otras tantas familias en España. Uno, de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN) —plataforma que aglutina a más de 8.000 ONG en todo el país—, traza una radiografía de la vulnerabilidad social en España. Más de un cuarto de la población vive en riesgo de pobreza o exclusión social, son 12,6 millones de personas. “Una cifra que aún no ha recuperado los niveles anteriores a la Gran Recesión”, explica Alejandro Sanz, investigador principal del estudio, quien apunta a que las políticas públicas funcionan para contener la pobreza, pero parecen “haber alcanzado un límite” y no están consiguiendo nuevas reducciones significativas. Indica, por ejemplo, que España carece de una prestación universal por crianza, como tienen muchos países europeos, y que es preciso mejorar el ingreso mínimo vital o el sistema impositivo.El otro análisis, de la ONG Educo, pone el foco en la infancia: en verano se acaban las becas comedor, que reciben unos 980.000 alumnos, y muchos de los beneficiarios no reciben una alternativa, por lo que peligra su buena alimentación durante los 80 días en los que no habrá clase. De hecho, según una encuesta de esta organización a más de 1.500 familias con hijos de seis a 10 años, ocho de cada 10 hijos de hogares con bajos ingresos no participan durante estos meses en actividades como campamentos que garanticen comida, principalmente porque no se lo pueden permitir. Y 120.000 pequeños podrían quedarse solos en casa en verano porque sus padres tienen que trabajar y no tienen con quién dejarlos. Es lo que le ocurriría a Marbely si sus niños no hubieran recibido la beca de verano en un casal de la asociación educativa Itaca, con la que colabora Educo. Y si durante el curso no hubiera sido beneficiaria de una beca para el comedor de esta ONG, que permite a sus hijos quedarse en el centro educativo durante las horas de la comida, además de acceder a un menú equilibrado. “Es que estoy yo sola, sí o sí soy yo, siempre yo. Sin esto, no podría ir a trabajar”, apunta. Ella limpia en casas y tiene que desplazarse de domicilio en domicilio. “Una mujer soltera con dos hijos, a media jornada. Imagínate el estrés”, resume la hondureña, que lleva tres años ya en España. Ahora su máxima preocupación es qué va a pasar cuando el próximo marzo expire el contrato del piso en el que vive junto a una amiga y su marido: “Ya nos subieron el alquiler. Ahora pago 60 euros más. Suena poquito, pero para mí es mucho. Marzo se nos viene encima y tengo que ir solucionando para dónde me voy a ir. Con los dos niños no me puedo meter en cualquier sitio, y no me aceptan en cualquier sitio con ellos”. Pero con su salario y sin un colchón económico, lo tiene difícil. Así están las cosas. La vivienda, y en concreto el alquiler, empobrece. “Se da un efecto perverso y un círculo vicioso: la población que no puede acceder a una casa en propiedad tiene que recurrir al mercado del alquiler, que encima es más caro, y hace que sus ingresos se vean más mermados por una partida ineludible, como el pago de la vivienda y los suministros”, señala Sanz, el investigador de EAPN. Más pobreza para quienes viven de alquilerSegún el informe, que analiza datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, la tasa de riesgo de pobreza o exclusión (tasa AROPE) es del 43,6% para quienes viven en alquiler a precio de mercado, frente al 19,5% de quienes tienen vivienda en propiedad. Quienes están bajo el umbral de la pobreza —una cifra que se calcula en función del tamaño del hogar; para una persona sola en 2025 fue de 1.018 euros al mes— y viven de alquiler a precio de mercado destinan más de la mitad de su sueldo a la vivienda, frente al 27% que dedica el resto de la población. Exactamente lo que le ocurre a Marbely, y eso que ella ni siquiera puede permitirse una casa para ella sola y sus hijos. La tasa AROPE está estandarizada a nivel internacional y consta de tres indicadores: la población en riesgo de pobreza (que vive bajo el umbral de pobreza, que se fija en el 60% de la mediana de renta del país), la carencia material y social severa, que mide la capacidad de cubrir necesidades básicas, como comer adecuadamente o no tener retrasos en los pagos, y la baja intensidad de empleo. En 2025 se situó en el 25,7%, apenas una décima menos que el año anterior. La población en riesgo de pobreza alcanzó el 19,5%, el valor más bajo de la serie, que arranca en 2008; y la carencia material y social severa, en el 8,1%, dos décimas menos que en 2024. Es decir, las cifras mejoran algo, pero levemente, y no se corresponden con las que debiera tener la cuarta economía de la zona euro, según EAPN. El informe apunta, no obstante, que se reduce la intensidad de la pobreza, dado que lo que denominan pobreza severa (vivir por debajo del 40% de la mediana de renta, lo cual supone ingresar menos de 680 euros al mes para un hogar unipersonal) cayó en cuatro décimas respecto a 2024, hasta el 8%. Es decir, hay 3,9 millones de personas en esta situación. Marbely y sus hijos, por ejemplo. En su casa, además, confluyen otros factores que intensifican la vulnerabilidad social: es un hogar monoparental, están de alquiler a precio de mercado, proceden de fuera de la Unión Europea. Más de la mitad de las personas de origen extracomunitario que viven en España y forman una familia monoparental están en riesgo de pobreza severa. Los hogares con hijos salen siempre peor parados en las cifras. El informe sobre la infancia vulnerable elaborado por Educo recalca que un 5,6% de los niños y niñas no pueden comer carne, pollo, pescado o proteína vegetal cada dos días y que uno de cada tres no puede permitirse al menos una semana de vacaciones al año, algo que perjudica su bienestar y su desarrollo. Pilar Orenes, directora general de esta organización, defiende que las familias de rentas bajas “tengan asegurada la participación en actividades de ocio educativo en las que se incluya al menos una comida durante 15 días”. Algo que, ni mucho menos, está garantizado en todo el país, y que “complica el hecho de asegurar la correcta alimentación” de estos niños. Marbely no podría pagar las actividades a las que van sus hijos. Aunque ahora su situación ya no es “catastrófica”, como hace dos años, vive absolutamente al día. Cruzando dedos para que no se presente algún gasto con el que no contaba. Y buscando ya opciones para marzo del año que viene: “Necesito un techo donde vivir con mis hijos”.