El resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, celebrada este domingo, fue sorprendente y abrió una nueva etapa en la política del país, especialmente en la derecha. Sus consecuencias son tan profundas que cuesta saber por dónde empezar, o cómo abarcarlas todas sin dejar fuera algo importante. Arranquemos entonces por lo más evidente: el análisis de los números.En el preconteo —la primera fase del proceso— el independiente de extrema derecha Abelardo de la Espriella obtuvo 10.361.499 votos, el 43,74% del total. Con ellos superó con holgura al aspirante de la izquierda gobernante, Iván Cepeda, que reunió 9.688.361 votos, el 40.9%. La ventaja fue de más de 673,000 sufragios. La participación rozó el 57% del censo electoral: la más alta de la historia en una primera vuelta desde que la Constitución de 1991 instauró el sistema de doble vuelta.Ambos candidatos hicieron historia. El Tigre De la Espriella logró la votación más alta jamás registrada en una primera vuelta, tanto en cifras absolutas como en porcentaje. Pero también Cepeda, pese a quedar segundo, superó en votos y en porcentaje a los dos últimos presidentes, Gustavo Petro e Iván Duque, que en su día sí encabezaron sus respectivas primeras vueltas.Mucho más atrás quedó el resto de aspirantes. Paloma Valencia, impulsada por el expresidente Álvaro Uribe y su partido, el Centro Democrático, fue tercera a gran distancia, con 1,64 millones de votos, cerca del 7%. Sergio Fajardo sumó alrededor de un millón, en torno al 4.3%. Los demás candidatos obtuvieron resultados marginales, aunque su suma, unos 580,000 votos, no es despreciable en una elección tan ajustada.La altísima participación y la enorme distancia frente al tercero, el cuarto y el resto reflejan dos cosas a la vez: la importancia que los colombianos conceden a esta elección y la profunda polarización que atraviesa el país. Aterrizar en un gobierno de Iván Cepeda es para los seguidores de de la Espriella la conversión de Colombia en la Venezuela de Chávez y Maduro, aliados históricos de la izquierda colombiana, mientras que la izquierda califica el triunfo de de la Espriella como el ascenso de lo que llaman el fascismo. Los primeros sorprendidos fueron los propios protagonistas. De la Espriella, porque, aunque las encuestas lo daban como seguro en el balotaje, lo situaban siempre en segundo lugar; fue, sin duda, el gran ganador de la jornada. Y Cepeda, porque pasó a la segunda vuelta, sí, pero como segundo y muy por debajo del vencedor. Las reacciones no se hicieron esperar. De la Espriella celebró en su ciudad, Barranquilla, con un ambiente de festival de música electrónica y un discurso cargado de ataques a Cepeda, a quien acusó de tener vínculos con grupos armados ilegales y terroristas y de haber participado en la fracasada “paz total” de Petro. Cepeda, ante sus seguidores en Bogotá, respondió con la misma dureza: lo tachó de estafador, fascista y mafioso, y le atribuyó supuestos lazos con el narcotráfico y el paramilitarismo. Ese será el tono de las tres semanas que quedan hasta la segunda vuelta, el 21 de junio. De hecho, Iván Cepeda amaneció este lunes “emplazando” a de la Espriella al debate al que él mismo se había negado, lo que en política es clara señal de desespero en las filas. El triunfo de de la Espriella lo pasó de la dinámica ganadora a la perdedora.Gustavo Petro, como se esperaba, desconoció el resultado y alegó un fraude que no va a poder probar, y Cepeda lo secundó de inmediato alegando “episodios sospechosos de irregularidades”. Ambos —Petro, pese a tener prohibido intervenir en política, algo que poco parece importarle— anunciaron que no reconocerán el resultado hasta que la segunda fase del proceso, el escrutinio de los jueces, se realice a su satisfacción. Con la recogida de las acusaciones de Petro por Cepeda, quedó claro que el que manda es el presidente actual. Cepeda perdió una gran oportunidad de mostrar algo de independencia. El rechazo de los resultados por el Gobierno y su candidato en caso de derrota era algo que muchos anticipaban, así que, a diferencia del resultado mismo, esto no sorprendió a nadie. Y conviene recordar un dato: aunque la información detallada no siempre está disponible ni es fácil de comparar entre comicios, jamás una diferencia entre el preconteo del primer día y el escrutinio final ha llegado a cambiar el resultado de una elección. Solo en 2022, cuando ganó Petro y aún así cuestionó la transparencia, fue del 0.1%. Lo que viene ahora es una batalla campal de acusaciones y, probablemente, de demandas judiciales, sobre todo por parte del Gobierno y de su candidato, con las que tratarán de instalar en su electorado la idea de que no perdieron, sino que fueron víctimas de un fraude.Vistos los números, queda la pregunta de fondo: ¿cuáles son las repercusiones del triunfo de de la Espriella y de la derrota de Cepeda?La primera es que la derecha colombiana se ha reconfigurado por completo. Aunque tanto Paloma Valencia como el expresidente Uribe respaldaron a De la Espriella apenas se conocieron los resultados, el bajo desempeño de Valencia y del Centro Democrático convierte a de la Espriella en el nuevo dueño de la derecha colombiana. Lo ha conseguido con cifras sin precedentes, apoyado en su habilidad, su carisma, las redes sociales y el miedo de muchos colombianos a un gobierno autodenominado comunista de Cepeda, en medio además de una profunda crisis fiscal y un deterioro de la seguridad del país que los mayores creían superada y los jóvenes no habían vivido. Su apoyo político corrió por cuenta de apenas dos partidos de peso electoral más bien marginal: el Partido Conservador y Salvación Nacional. No quiere decir que Uribe vaya a desaparecer de la escena política, pero su papel y su influencia serán, a partir de ahora, mucho menores. Y aunque Abelardo no está en deuda con él, le dará relevancia y lo apoyará en los líos judiciales en que se encuentra gracias en buena parte a las acusaciones de Iván Cepeda. Hoy, es probable que de la Espriella gane la presidencia, aunque en materia electoral nada está escrito hasta que se vota. Con una participación históricamente alta del del 57%, no es fácil que el número de votantes crezca mucho más. La incógnita está, entonces, en qué pasará con los votos de quienes quedaron detrás de los dos primeros. En ese escenario, es probable que buena parte de los palomistas se desplace hacia de la Espriella; la proporción de “fajardistas” que lo haga será menor. Fajardo dice que seguirá siendo un factor en el proceso, lo que sugiere que está abierto a conversar su apoyo, aunque no es claro que sus electores, en general progresistas moderados, educados e independientes, lo sigan. En las filas cepedistas el siguiente paso tampoco es evidente. Todo apunta a que ya movilizaron la mayor parte de su voto. Para la segunda vuelta, Cepeda arranca 673.000 votos por debajo de De la Espriella, así que tendrá que remontar esa distancia y superarla, y todo ello suponiendo que su rival no crezca, algo prácticamente imposible con las adhesiones obtenidas. Anunció que intentará sumar al electorado joven, pero no lo tiene fácil; aunque, de nuevo, en las elecciones nada está garantizado hasta el último voto. Cuenta, eso sí, con el presupuesto nacional, que el Gobierno viene usando sin pudor alguno, y con un presidente en ejercicio dispuesto a lo que sea para mantener a su partido en el poder.Paradójicamente, si De la Espriella triunfa, un ganador a nivel personal sería Gustavo Petro, quien se convertirá en el gran líder político de los próximos años: el nuevo Álvaro Uribe, por así decirlo, aunque desde la izquierda. Petro se nutre políticamente de la confrontación, y será el gran opositor del nuevo gobierno, aupado por quienes ganaron visibilidad bajo su mandato y se beneficiaron de sus políticas —de forma genuina en algunos casos, y en otros gracias a los contratos y subsidios que ha repartido a diestra y siniestra—. Tendría además a su favor al Pacto Histórico que, sin contar con mayoría absoluta, es la primera fuerza política tanto en el Senado como en la Cámara. No cabe duda de que tiene con qué hacerle la vida imposible a un gobierno de derecha, con ataques permanentes, paros, bloqueos de vías y otras formas de presión a las que suele recurrir. La amenaza de Abelardo de extraditarlo si Estados Unidos lo pide, convierte esta elección en un asunto de supervivencia personal para Petro, al igual que para Uribe con las acusaciones judiciales de Cepeda si este llega al poder. El gobierno de De la Espriella, cabe esperar, sería una combinación de tecnócratas —sobre todo si su vicepresidente, José Manuel Restrepo, tiene capacidad de influencia— y de halcones que le permitan responder a su electorado por sus promesas de recuperar la seguridad y reducir a los grupos armados ilegales, que hoy tienen presencia en más del 70% de los municipios.Si por el contrario gana Cepeda, no está claro qué papel jugaría De la Espriella en la oposición: hasta esta campaña no había sido un actor político, y todas sus actuaciones han estado guiadas por un único objetivo, llegar a la presidencia. Con Uribe disminuído, “El Tigre” no puede dejar a sus electores y a la derecha en general “colgados de la brocha”. Petro, por su parte, tendría que ser más prudente como líder, porque al atacar a Cepeda ataca su propio proyecto. Aun así, no sorprendería que las fricciones entre ambos empezaran muy pronto. Cepeda, a diferencia de Petro, es —según quienes lo conocen— un radical de izquierda mucho mejor formado intelectualmente, coherente con su visión del mundo y el país, disciplinado y trabajador, sin los vicios ni las inclinaciones de diverso tipo que se le atribuyen a Petro. Es de esperar que su gobierno estuviera guiado por dirigentes de su misma línea ideológica, pero más preparados, más competentes y, presumiblemente, con menos escándalos de corrupción que los que ha acumulado el gobierno Petro.El plano internacional ha sido relevante como nunca antes en una elección. La relación con Estados Unidos —el socio por excelencia de Colombia— sería fluida con De la Espriella, al menos en el arranque. Pero ahí lo espera una trampa de tiempos. Si se entrega por completo a la Casa Blanca, a los republicanos más radicales de Florida y al propio Donald Trump, corre un riesgo evidente: ese bloque podría perder el control de la Cámara de Representantes en las elecciones de noviembre, y quizá también el del Senado. Una cosa es sentarse a hablar con María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart en Miami, y otra muy distinta tener que negociar con Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders en la Cámara y el Senado. Si no se rodea de gente experimentada, de la Espriella podría terminar atrapado en el fuego cruzado entre los partidos estadounidenses, sin sacar adelante ninguna de sus iniciativas, especialmente el apoyo a la seguridad, un Plan Colombia 2.0, si se quiere. De ahí que su primera tarea, y con urgencia, sea reorganizar el servicio diplomático: cada activista radical de hoy en el servicio exterior, sin conocimiento de los temas, es un enemigo o al menos un lastre.La relación de Washington con Cepeda será menos fluída que con El Tigre, pero seguramente mejor que con Petro. Cepeda entiende la importancia de la relación y asegura que espera sea cordial y basada en la soberanía y seguramente será más profesional que Petro en su manejo. La relación con Europa, por su parte, debería ser prioritaria en cualquier escenario, y aquí el tablero es diferente. Si De la Espriella encontraría en Washington un terreno inicialmente amable, es Cepeda quien contaría con la simpatía de varios gobiernos europeos de centro o izquierda. Pero el reparto no es tan limpio como parece, porque ambos candidatos tienen anclajes propios en el continente. De la Espriella mantiene una clara afinidad ideológica con la nueva derecha europea y es, además, ciudadano europeo —posee la nacionalidad italiana, heredada de sus abuelos—, lo que le da un pie dentro de la Unión. Cepeda, por su parte, se educó en Bulgaria y en Francia y cultivó durante sus años de exilio y de trabajo en derechos humanos vínculos sólidos con la izquierda europea. El caso más claro de esa simpatía es el de España, donde hoy viven cientos de miles de colombianos y donde un proyecto como el de Cepeda despierta afinidad con el Gobierno de Pedro Sánchez. Para uno y otro, cultivar y equilibrar esos vínculos será una de las pruebas tempranas de su política exterior.En cuanto a China, el equilibrio no será sencillo: De la Espriella intentará apoyarse en Washington y alinearse con la Casa Blanca, mientras que Cepeda, más distante de Estados Unidos, podría acercarse a Pekín. Pero ninguno podrá ignorarla. En 2025 el comercio chino con América Latina alcanzó un récord de unos 565.000 millones de dólares —segundo año seguido por encima del medio billón—, con Pekín como gran motor de las exportaciones regionales de cobre, soya y carne. Colombia no es ajena: en mayo de 2025 se adhirió, bajo Petro, a la Nueva Ruta de la Seda, y su símbolo más visible es el metro de Bogotá, que construye un consorcio chino por más de 26 billones de pesos. Pero la presencia china es anterior y más profunda: la Autopista al Mar 2, que une Medellín con el golfo de Urabá, fue levantada por un consorcio liderado por China Harbour Engineering y financiada con créditos chinos, prueba de que esa penetración venía consolidándose mucho antes del giro de Petro. Para el próximo gobierno, China será un factor ineludible, y el reto no será elegir entre Washington y Pekín, sino administrar la tensión entre ambos sin frenar inversiones de las que el país ya depende. Y finalmente en la región, la división es nítida. Cepeda buscará refugio en los grandes gobiernos de izquierda, sobre todo en el Brasil de Lula y el México de Claudia Sheinbaum, pero el mapa ideológico que tan cómodo le resultaba hace apenas unos años se le ha ido desmoronando: con con la caída de Nicolás Maduro y el ocaso anunciado del régimen cubano desaparecen sus aliados más incondicionales, mientras el giro a la derecha de países como Honduras y Ecuador estrecha aún más su círculo. En la práctica, un eventual gobierno suyo llegaría a una Latinoamérica mucho menos hospitalaria para su proyecto de la que imaginó la izquierda continental en su mejor momento. De la Espriella, en cambio, encontraría sus canales naturalmente abiertos con los gobiernos afines de la nueva derecha —la Argentina de Milei, el Ecuador de Noboa, la Venezuela de Trump y El Salvador de Bukele—, en sintonía con su propio discurso de seguridad y mano dura. Pero ni uno ni otro podrán darse el lujo de los desplantes ideológicos: Brasil y México, las dos mayores economías de la región y socios comerciales de primer orden, son demasiado importantes para gobernarlos a punta de afinidad o de rechazo. En el vecindario, la geografía y el comercio acaban pesando más que la ideología. Por encima de las cuentas, las alianzas y los mapas de poder, esta elección dejó al desnudo que -por primera vez en muchos años —más, incluso, que cuando Gustavo Petro llegó al poder— Colombia no está eligiendo solo un presidente, sino el modelo de país que será durante las próximas décadas. Y lo hace en el peor de los escenarios: en medio de una crisis fiscal y de salud sin precedentes, con tensiones raciales, sociales y de inclusión a flor de piel, con una situación de seguridad tremendamente deteriorada —que ha devuelto a los grupos armados ilegales a una presencia territorial aterradora para la memoria de los mayores y desconcertante y nueva para los jóvenes— y con una corrupción galopante que salpica a la propia familia presidencial y a muchos de los aliados más cercanos del mandatario. De esos escándalos Cepeda tendrá que distanciarse para sobrevivir, aun a costa de Petro, en una incómoda contradicción con el jefe del proyecto político que lo sostiene. Lo que está en juego el 21 de junio son dos visiones difícilmente reconciliables de la nación, su economía, su seguridad y su lugar en el mundo. Y conviene no engañarse con la fecha: la sucesión de ataques, acusaciones y tensiones que ya domina la campaña no terminará con el conteo de votos ni con la posesión del nuevo gobierno. Gane quien gane, la mitad del país sentirá que perdió algo más que una elección, y el vencedor heredará una nación dividida, un Congreso adverso, unas finanzas exhaustas y una oposición decidida a no concederle tregua. Colombia entra así en una etapa larga y áspera, en la que la política se jugará menos en las urnas que en las calles, los tribunales y las instituciones. El 21 de junio no cerrará esta historia: apenas marcará el comienzo del verdadero pulso por el alma del país.