“Un escocés en Calatayud” bien podría ser la entradilla de un chiste, pero lo cierto es que Norrel Robertson (Dundee, 1969) vive con su familia en este pueblo aragonés desde 2003. Pelirrojo, corpulento y sarcástico, Norrel fue una mente inquieta desde pequeño. Se graduó con honores en la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, que costeaba trabajando en el sector del vino. Lo que no sabía es que haría “de la necesidad virtud”, y aquello que comenzó como una compensación para sus estudios acabó por convertirse en su pasión y modo de vida.A mediados de los noventa, el Escocés Volante, como se le bautizó tras salir despedido de su coche en un accidente de tráfico durante una vendimia en Francia, decidió profesionalizar su afición en la prestigiosa academia británica de Master of Wine, recibiendo el premio al mejor rendimiento global en la parte teórica. Tras dar varias vueltas por todo el globo haciendo vendimias, las casualidades le llevaron a Calatayud, región de la que se enamoró por la “belleza áspera” del paisaje y por su “potencial, no visto en muchas otras zonas del mundo”. Decidió que era, literalmente, el lugar donde quería echar raíces; desde entonces, él y su mujer Sharon interpretan con sus vinos el maravilloso paisaje hostil de la zona.En 2020, por si su currículum no era ya lo suficientemente largo, fue investido en la Gran Orden de Caballeros del Vino del Reino Unido, en reconocimiento a su trayectoria de trabajo e investigación con el objetivo de poner en valor el vino español.¿Quién es el Escocés Volante?Soy escocés, criado en un pequeño pueblo llamado Forfar, en el condado de Angus. Crecí rodeado de agricultura, campos de frambuesas, patatas y vacas, y soñaba con salir de esa vida de agricultura tan sencilla. Ahora, irónicamente, he dado un giro completo para vivir en lo más profundo de Aragón, llevando una vida de agricultor, y he de decir que me encanta. Lo de volante viene de un accidente de tráfico que sufrí cuando estuve trabajando en una vendimia en Francia: como había salido volando de la carretera, el de la grúa que vino a sacar mi coche de una zanja me nombró ‘l'écossais volant’. Por aquel entonces, el apodo casaba a la perfección con mi papel de flying winemaker —algo muy de moda en ese momento—.Durante sus estudios de ciencias políticas, trabajó en una tienda de vinos. ¿Recuerda algún momento especial que le hiciera plantearse un cambio laboral radical?Trabajé a tiempo parcial para Oddbins (la vanguardia del comercio de vinos en el Reino Unido durante los años 80 y 90). Después de graduarme en la Universidad de Aberdeen, donde estudié Política y Relaciones Internacionales, tomé un trabajo a tiempo completo en sus tiendas, donde comenzó mi inmersión en el mundo del vino. En 1991 estábamos en medio de una recesión y me encontré rodeado de personas con ideas afines, casi como un cementerio de graduados, con buena música en las tiendas, una excelente selección de vinos y un tipo de anarquía en la que podías empaparte de la atmósfera y aprender sobre vino sin pretensiones. Aquella energía era contagiosa.El escocés volante con su familia.Cedida¿Qué vinos consumía en aquella época?Bebíamos todo lo que podíamos conseguir. No quiero sonar a “viejo nostálgico”, pero creo que la década de los 90 fue la verdadera edad dorada del consumo de vino, el descubrimiento, la accesibilidad y la relación precio/calidad. Tuve la suerte de dirigir tiendas en Edimburgo donde vendíamos desde los primeros crus de Burdeos hasta litros de “vin de table” en botellas de plástico. Hay un par de vinos que resultaron ser inspiradores para mí: Giuseppe Quintarelli Cabernet Franc Alzero 1988, un amarone en estilo, pero con un giro loco, y Sean Thackrey Orion Old Vine Rossi Vineyard de 1990, el cual se asimila bastante a lo que hacemos ahora.¿Qué le atraía de la industria del vino?El comercio del vino es tremendamente social, donde la gastronomía y los sentidos se fusionan. Es un mundo en constante renovación; jamás resulta aburrido.Lee tambiénMás tarde decidió convertirse en Master of Wine. ¿Qué aspectos positivos destacaría de este tipo de enseñanza?Mientras trabajaba en ventas, me resultaba fácil preparar los exámenes de WSET y conseguí las mejores calificaciones de Escocia en aquel momento. El siguiente desafío natural era sacarme el título de Master of Wine. Eso puede ofrecerte la oportunidad de avanzar tanto personal como profesionalmente. Es una calificación profesional muy rigurosa. Por eso, cuando mi camino se orientó hacia la elaboración de vino a finales de los 90, me pareció lógico también estudiar un posgrado en Viticultura y Enología en Nueva Zelanda. Ahí fue cuando me sentí académicamente preparado para dedicarme totalmente al cultivo de uvas y la elaboración de vino.¿Cree que la sociedad y el mundo laboral valoran igual a la gente del vino con talento, tenga títulos o no?Creo que realmente no depende del título o los estudios. Todo debe tener sentido y conducir a algo. Algunas de las personas más exitosas y válidas que conozco dejaron los estudios sin obtener logros académicos.El mundo del vino no depende de títulos. Algunas de las personas más válidas y exitosas que conozco dejaron sus estudiosNorrel RobertsonViticultor¿Cómo acaba un escocés en Calatayud?Llegamos a Calatayud en 2003 tras ser contratado por la compañía International Wine Services para dirigir sus proyectos de vinificación en Francia y España. Teníamos colaboraciones y proyectos en Burdeos, Montpellier, Calatayud, Campo de Borja, Rioja, Navarra, Valencia y Murcia, entre otros. Tras consultar un mapa, mi mujer, Sharon, y yo decidimos que Calatayud era el punto más céntrico.¿Qué le enamoró de la zona?Tiene una belleza áspera, ubicada en el corazón del Sistema Ibérico, un clima extremo que se presta para hacer un gran vino y viñedos antiguos. Aislada y desconocida para el exterior, pero con una materia prima y un potencial no visto en muchas otras zonas del mundo. Es realmente excepcional.Uno de los viñedos del escocés volante, en invierno. Cedida¿Cómo fue el proceso de adaptación?Alquilamos un piso durante los primeros años; luego, en 2007, decidimos comprar una casa en ruinas en el casco antiguo de Calatayud, a las afueras del barrio judío. Fueron tiempos difíciles, especialmente para mi esposa, a quien dejaba sola durante largos periodos, dado que me sumergí al 100% en el trabajo. Pero hoy día somos muy felices y nuestros hijos se consideran más españoles que británicos; además, todos estamos en proceso de conseguir la nacionalidad española.¿En Escocia qué pensaban del cambio?A mi familia le encanta España; vienen a visitarnos desde el principio. Cuando eran los niños pequeños, solíamos ir de vacaciones a Vic, Ripoll y Olot. Mi mellizo vive en los EE.UU. y tenemos primos en Australia, así que tener a la familia lejos de Escocia es algo normal. Hay que recordar que entre 1998 y 2003 no habíamos pasado mucho tiempo en el Reino Unido, sino viajando por el mundo aprendiendo a hacer vino. Llegar a España nos dio la oportunidad de echar raíces después de un largo período de existencia nómada.¿Qué aspectos de la sociedad escocesa echa en falta en España?Los escoceses tienen algo particular llamado “banter” (bromas entre amigos). Supongo que a veces echo de menos el “banter”. Los escoceses no se toman demasiado en serio la vida y les gusta bromear, sobre todo.¿Qué vinos se elaboraban cuando llegó a la zona y de qué manera han ido evolucionando?Calatayud siempre ha tenido la tradición de hacer vinos con cuerpo, denominados “fuertes”, que históricamente se vendían para reforzar vinos de las zonas más ligeras o “débiles” de España. Recuerdo leer un artículo escrito en 1888 sobre la cosecha en Calatayud; el autor señalaba que, debido a una mala cosecha, les había costado lograr el 15% de alcohol en muchos pueblos. Esto significa que, antes del cambio climático, hace más de 100 años, el enfoque estaba en la concentración y el cuerpo. ¿Y ahora?Desde hace unos 15 años, está habiendo un movimiento hacia la producción de vinos más frescos, menos extraídos y con un mayor sentido del lugar y del terroir. Este fenómeno no es exclusivo de aquí, sino que viene sucediendo a nivel nacional.Háblenos brevemente del paisaje, sus viñas y sus vinos.Hoy, El Escocés Volante es una empresa familiar con cuarenta hectáreas distribuidas en cinco pueblos entre los valles de Ribota y Manubles, en el noroeste de la comarca de Calatayud. Cuando empezamos a hacer vino, comprábamos uvas y vinos; luego, poco a poco, comenzamos a adquirir viñedos antiguos. Cultivamos principalmente garnacha de viña vieja, mazuelo, provechón, macabeo, pero también estamos revitalizando nuestra finca con chenin blanc, garnacha gris y moristel. Más del 65% de nuestros viñedos están catalogados como viñedos viejos. Practicamos la viticultura orgánica desde 2014 y nos enfocamos en técnicas regenerativas cuando podemos. Nuestros vinos realmente reflejan el clima: concentración innata, pero siempre con frescura debido a la altitud; los viñedos se sitúan entre los 650m y los 1.000m sobre el nivel del mar.¿De qué manera su familia se implica en el proyecto?Sharon ha estado muy involucrada desde el principio (ambos somos propietarios al 50%) y, una vez los niños crecieron, ella me ayudó a delegar y compartir información, ya que yo había construido todo sin una organización clara. Nuestros hijos siempre han ayudado, tanto en viñedo como en oficina, ahora James está trabajando al 100% con nosotros en administración y ventas (estudió ADE en Edimburgo). A Will le interesa más la enología, estudió Viticultura y Enología en Lardero, La Rioja y los últimos años los ha pasado haciendo vendimias en diferentes bodegas para adquirir experiencia.Lee también¿Cómo se lleva eso de trabajar con la familia?A veces el trabajo domina las conversaciones durante las comidas y cenas; tenemos que aprender a desconectar. Pero el vino y la comida son, de igual modo, pasiones que compartimos, así que no resulta un problema.¿Cree que la viticultura en Calatayud y alrededores está viviendo un momento dulce?Calatayud, como el resto de España y Europa, está bajo la amenaza del descenso del consumo de vino, por lo que se vuelve al abandono de viñedos, como sucedía hasta 2008. Sin embargo, los productores hoy tienen un enfoque más claro, centrándose en el lugar, haciendo vinos de paisaje, etc., lo que mejora la calidad. Pero como en la mayor parte de España, necesitamos convencer a la gente de que consuma productos de la región y tenga confianza. El cambio climático genera la necesidad de movernos hacia el consumo local en todos los sectores agrícolas, y es ahí donde debemos enfocar nuestro negocio en el futuro.Nombre un proyecto vinícola de la zona que le entusiasme.En términos de proyectos recientes, Jorge Temprado, un joven viticultor de La Vilueña, está haciendo cosas emocionantes, poniendo el enfoque en la recuperación de variedades antiguas.