La República Democrática del Congo (RDC) vuelve a mirar al este, una región que nunca terminó de salir de la guerra. En Kivu Norte, Kivu Sur e Ituri, la violencia armada ha dejado de ser una crisis intermitente para convertirse en una forma de gobierno de facto. Allí, el Estado congoleño ya no controla partes de su propio territorio, sino que el Movimiento 23 de Marzo (conocido popularmente como M23), un grupo rebelde militar, ha consolidado administraciones paralelas y millones de personas viven entre desplazamientos y servicios básicos al borde del colapso.

El nuevo brote de ébola, que ya supera los 900 casos sospechosos y ronda las 240 muertes, ha golpeado esa misma zona. En este enclave del continente africano, la epidemia no puede entenderse como un fenómeno separado de la guerra. El virus avanza donde la inseguridad impide rastrear contagios, los hospitales no siempre son seguros y la desconfianza hacia las autoridades sanitarias se alimenta tras años de abandono.

Una guerra que no se explica solo por hutus y tutsis

El actual conflicto en el este de la RDC no empezó con el último brote ni se explica solo por la rivalidad entre hutus y tutsis. El genocidio de Ruanda de 1994 es una pieza imprescindible para entender el conflicto, pero no es la única.