Sentado frente a su refugio improvisado en el campamento de desplazados de Kigonze, a las afueras de Bunia, un hombre observa el paso de los equipos sanitarios que han llegado a la capital de la provincia de Ituri, en República Democrática del Congo (RDC), para tratar de contener el brote de ébola que azota al país desde hace casi dos meses. “Hemos huido de las balas para salvar a nuestros hijos. Hoy los vemos morir de una enfermedad que no entendemos”, dice el hombre, que prefiere no dar su nombre. Vive allí, junto a otras 15.000 personas que han huido de sus hogares por un conflicto armado que sigue activo en el este del país. “Cada mañana nos preguntamos quién será el siguiente. Tenemos miedo de volver a nuestro pueblo por culpa de los grupos armados, pero también nos aterra quedarnos aquí” por la expansión del ébola.RDC se enfrenta a dos crisis simultáneas. Desde principios de 2025, el este del país sufre el recrudecimiento de la guerra que libra el Estado contra el grupo rebelde Movimiento 23 de marzo (M23) y que ha dejado miles de muertos y 5,77 millones de desplazados internos, la mayoría en las provincias de Ituri, Kivu del Norte y Kivu del Sur, según el informe más reciente de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). En estas mismas provincias se concentra el brote de ébola que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró emergencia global a mediados de mayo. Hasta la fecha, la crisis sanitaria ha dejado 1.561 casos confirmados, 354 casos sospechosos y 506 muertes en RDC, además de otros 20 casos en Uganda y al menos dos muertes, según la OMS. El pasado 2 de julio, Stéphane Dujarric, portavoz del secretario general de la ONU, aseguró que las autoridades sanitarias habían confirmado dos muertes por ébola en el campo de refugiados de Kigonze. Sin embargo, responsables del asentamiento sostienen que el impacto es mucho mayor. Grâce Mave, vicepresidenta del centro de Kigonze, asegura que, desde mayo, han muerto al menos 30 personas. Por eso, ahora muchas familias huyen de este campo de desplazados ante el temor de convertirse en las próximas víctimas de la enfermedad.Tenemos miedo de volver a nuestro pueblo por culpa de los grupos armados, pero también nos aterra quedarnos aquíDesplazado en el campo de Kigonze, en la RDCEn la mañana del 22 de junio, recuerda Mave, una persona murió antes de que pudiera ser trasladada al centro de atención de Lopa. El día anterior habían fallecido otros tres desplazados. Pero aunque no puede confirmar que la causa de estas muertes sea el ébola, sí subraya que varios de los fallecidos “presentaban vómitos, diarrea y otros síntomas” compatibles con la enfermedad. “Los equipos de respuesta continúan efectuando análisis para confirmar o descartar otros casos”, agrega. La ONU, por su parte, ha anunciado que se está habilitando un centro de tratamiento en el campamento. Sin embargo, como advirtió el portavoz de la ONU en su intervención, la falta de confianza de la comunidad también está obstaculizando las intervenciones de los equipos sanitarios.Cuando el miedo alimenta la desconfianzaLa expansión del virus no depende únicamente de la capacidad sanitaria, sino también de la relación entre las comunidades y los equipos de respuesta. En una región marcada por años de violencia, el miedo ha alimentado rumores y una profunda desconfianza hacia las autoridades sanitarias.Algunos residentes con los que ha hablado este diario sostienen que circulan rumores sobre un posible “conflicto biológico” dirigido contra su población. Aunque no hay pruebas que respalden estas afirmaciones, esta percepción influye profundamente en el comportamiento de muchas familias. “Algunos piensan que quieren eliminarnos. Cuando la gente empieza a creer eso, se niega a colaborar con los equipos sanitarios, esconde a los enfermos y prefiere mantener a sus seres queridos en casa”, afirma Kwany Fréderic, líder de la localidad de Mungbwalu, en Ituri.Ajanesse Longri, madre y residente de Mungbwalu, está preocupada. “Cuando alguien enferma, algunos vecinos dicen que bajo ningún concepto hay que llamar a los equipos de respuesta. Creen que, una vez que lo lleven al centro de tratamiento, nunca volverá”, relata. Las consecuencias de esta desconfianza ya se han traducido en episodios de violencia. El 30 de junio, en Bafwabango, en el territorio de Mambasa, un grupo de manifestantes le prendió fuego a un centro sanitario tras una disputa en torno al cadáver de una víctima del ébola. Una persona falleció y otra resultó herida de bala. Según varias fuentes locales, el enfrentamiento comenzó porque una familia quería recuperar el cuerpo de un ser querido para enterrarlo en su pueblo. “Al principio solo fue una discusión”, relata a EL PAÍS un vecino que fue testigo de los enfrentamientos en este pueblo de Ituri, “pero luego la gente empezó a correr en todas direcciones. Oímos disparos. Incendiaron el centro de salud. Aquella noche comprendimos que el miedo al ébola podía llegar a ser tan peligroso como la propia enfermedad”. El jefe de la comunidad de Ngayo, Alexis Mongaki Banasonwa, confirma los hechos. “La tensión se intensificó muy rápidamente. Las familias querían seguir sus costumbres y recuperar el cadáver. Los equipos sanitarios aplicaban los protocolos de prevención. Por desgracia, nadie logró calmar la situación antes de que estallara la violencia”. Zonas inaccesiblesAdemás de la resistencia de las comunidades, la guerra dificulta el acceso de los equipos de intervención a numerosos territorios. Algunas carreteras están controladas por grupos armados; otras se consideran demasiado peligrosas para el personal médico. Las investigaciones sanitarias a veces se retrasan varios días. Un integrante de un equipo de vigilancia epidemiológica, que pidió que no se revelara su identidad, describe estas dificultades: “A veces recibimos una alerta, pero nos vemos obligados a esperar varias horas, o incluso días, antes de llegar a un pueblo. Mientras tanto, los contactos siguen desplazándose y el riesgo de transmisión aumenta”. Un conductor que trabaja para una organización humanitaria, y que también pide preservar su anonimato, asegura que hay carreteras por las que no circulan sin autorización o escolta. “Algunas comunidades permanecen aisladas. Cuando por fin llegamos, varias personas ya han fallecido o han abandonado la aldea”, cuenta. Algunas comunidades permanecen aisladas. Cuando por fin llegamos, varias personas ya han fallecido o han abandonado la aldeaConductor de una organización humanitariaLos enfermos que superan el miedo y sortean los bloqueos para llegar a los centros sanitarios de Ituri se encuentran con servicios sanitarios desbordados. Los centros de aislamiento están llenos y falta personal y equipos de protección. El doctor Jean-Bosco (nombre ficticio), médico en un centro de atención, admite que trabajan bajo una enorme presión. “A veces recibimos más pacientes de los que podemos atender. Tenemos que tomar decisiones difíciles. Algunos llegan muy tarde, otros se marchan porque tienen miedo de quedarse o porque sus familias quieren llevárselos a otro lugar”, relata. Este diario, por ejemplo, conoció el caso de un hombre que abandonó el tratamiento. “Volví a casa porque mis familiares pensaban que las plantas medicinales me salvarían. Teníamos miedo de quedarnos en el centro. Hoy entiendo que corrimos un riesgo, pero en aquel momento el miedo era más fuerte que nada”, asegura. Algunos profesionales sanitarios consultados por EL PAÍS reclaman mayores garantías de seguridad para facilitar la atención. La doctora Sarah K., que participa en la respuesta a la epidemia, considera que esto generaría mayor confianza entre los pacientes. “Podemos disponer de los mejores tratamientos, los mejores laboratorios y los mejores equipos. Pero si las aldeas siguen siendo inaccesibles, si las comunidades viven con miedo y si se atacan las estructuras sanitarias, será extremadamente difícil romper la cadena de transmisión”, afirma. Porque cada día de inseguridad, recuerda la médica, supone una oportunidad más para que el virus circule silenciosamente por las comunidades.