La República Democrática del Congo (RDC) arrastra desde mediados de los noventa un conflicto armado por el control de sus provincias orientales, ricas en recursos naturales, contra milicias apoyadas por Gobiernos vecinos y ahora, un nuevo brote de ébola después del sufrido en 2018 y que fue uno de los mayores de la historia del país. Este nuevo episodio, el 17º que padece la RDC y que está causado por la variante del virus Bundibugyo, bate récords de contagios, con más de 1.000 casos confirmados solo 40 días después de activarse la alerta médica, según el informe que este jueves publicaba la organización estadounidense de Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). En comparación, el brote de 2018 tardó más de 100 días en alcanzar cifras similares. Los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) sobre el terreno anunciaban este miércoles en un comunicado, dos meses después de que se descubriera el brote, más de 2.000 casos y 750 fallecidos, convirtiéndose en "el tercero más grande" que registra la enfermedad y con una propagación con "un ritmo sin precedentes". En este contexto, una de las principales guerrillas rebeldes emplazadas en las provincias orientales de Kivu del Norte y Kivu del Sur, el Movimiento 23 de Marzo (M23), ha lanzado una campaña de propaganda en redes sociales y a través de comunicados centrada en su capacidad para gestionar la enfermedad. El grupo armado desplegó una respuesta sanitaria con centros que operan "24 horas al día y con capacidad para procesar muestras" incluso de provincias vecinas, tal y como Lawrence Kanyuka, portavoz del M23, explicó a una comitiva de la Organización Mundial de Salud en la ciudad de Nyiragongo en mayo frente a cámaras de Associated Press. TE PUEDE INTERESAR El M23 lleva desde el año 2012 intentando suplantar al Gobierno central en la zona con exitosas campañas militares que llevaron a la captura definitiva de Goma, la capital de Kivu del Norte, en 2025. Pero los rebeldes se han visto presionados por la comunidad internacional y han llegado a abandonar parte del territorio ganado, retirándose el pasado mayo de la recién conquistada ciudad de Uvira, en Kivu del Sur, tras una petición explícita de Washington, que media entre el Gobierno central, la guerrilla y Ruanda, país acusado de apoyar al M23. Viendo que los éxitos militares no eran suficientes para consolidar sus ganancias territoriales, el M23 ha aprovechado el ébola para probar una nueva estrategia y legitimar sus conquistas: mostrarse como el mejor gestor de una tragedia que amenaza no sólo a la RDC, sino incluso a los países vecinos. Cuando se detectaron los primeros casos en los territorios bajo su control, la guerrilla actuó con rapidez armando una respuesta médica con altos representantes visitando los centros de cuarentena y de tratamiento locales. “El M23 tiene la ventaja de ser una potencia ocupante que utiliza el miedo como estrategia para controlar la crisis con el apoyo de Ruanda”, explica el analista de conflictos Reagan Miviri, de Ebuteli, instituto congoleño de estudios sobre política, gobernanza y violencia Ebuteli hermanado con el Centro de Cooperación Internacional de Nueva York (CIC). Maviri resalta que estas fuerzas rebeldes “han restringido los desplazamientos desde zonas bajo control gubernamental” y han registrado un bajo número de personas infectadas gracias a que su territorio “se encuentra lejos del epicentro de la pandemia, donde la realidad es muy distinta”. Por comparar: unos 200 casos se han confirmado hasta la fecha entre las dos provincias de Kivu, frente a los más de 1.900 en la región de Ituri, más al norte, según las cifras mostradas este miércoles por el Instituto Nacional de Sanidad Pública del Gobierno. Esto no impide a la guerrilla sacar rédito económico, según Ladd Serwat, analista de ACLED, quien explica que ahora “profesionales sanitarios, nacionales e internacionales, deberán coordinarse con las autoridades de facto del M23 y con los centros de salud que operan bajo su administración”. TE PUEDE INTERESAR El experto concreta que "si bien esta colaboración práctica no equivale a un reconocimiento político formal, puede normalizar la interacción con las instituciones paralelas del M23 y permitir que el grupo se presente como una autoridad gubernamental capaz". De esta manera, el M23 “puede buscar legitimarse entre la población local demostrando su poder para proporcionar bienes y servicios” mientras coordina "la vigilancia epidemiológica, el tratamiento y otras necesidades sanitarias esenciales". Por si fuera poco, las regiones afectadas padecen un incremento de la violencia y la inseguridad en los últimos días "que desgasta la respuesta médica y la confianza en las autoridades públicas", según destaca el analista Miviri, a pesar del supuesto alto el fuego entre la guerrilla y el Gobierno firmado en Doha el año pasado "que no ha sido respetado por ninguno de los beligerantes". La guerra está complicando las labores de diagnóstico, que han formado "el mayor cuello de botella para combatir el brote", según explica Esperanza Santos, coordinadora de emergencias de MSF. Santos advierte que "la inseguridad, el cambio en los frentes y la presencia de distintas guerrillas" ha restringido severamente el acceso de sus equipos a las zonas afectadas. TE PUEDE INTERESAR A esto se suma el "pequeño número de laboratorios en las regiones orientales con equipo, suministros y personal preparado para hacer los diagnósticos" requeridos para la "rápida detección de casos y su aislamiento", algo "esencial para romper la cadena de propagación" del virus Bundibugyo, que no cuenta con una vacuna aprobada o tratamientos específicos. Además del ébola, el yihadismo también se extiende en la zona El M23 no es la única guerrilla que opera en el área afectada por el virus. La provincia de Haut-Uele, que ha registrado 14 casos de ébola, ha vivido desde mayo un incremento de la actividad de las Fuerzas Aliadas Democráticas (ADF, según sus siglas en inglés), una organización originaria en la vecina Uganda y vinculada al Estado Islámico que ya había protagonizado incursiones en las provincias de Kivu e Ituri, denunciadas por Amnistía Internacional por su violencia contra la población civil. "ACLED registró 250 fallecimientos en eventos relacionados con esa guerrilla sólo en mayo", la cual protagonizó "numerosos ataques y choques con fuerzas gubernamentales", afirma Serwat, quien observa una "reciente expansión de sus operaciones en Haut-Uele" a través de la frontera ugandesa. Hasta la fecha, la mayoría de los casos de violencia contra personal sanitario que se enfrenta al brote de ébola en el país se habían manifestado en protestas por el descontento que generaban los estrictos métodos para atender a pacientes y fallecidos, según reseñaba ACLED en una nota de julio. En cambio, las ADF han destacado en el pasado por poner en el punto de mira a los sanitarios, como el caso de noviembre de 2025, cuando los yihadistas atacaron un centro de salud en Biambe, situada en Kivu del Sur, mataron a 17 pacientes, robaron medicamentos y prendieron fuego al edificio. Con el peligro yihadista, una violencia creciente, un virus en expansión y las ambiciones de los grupos armados que se disputan el control de una de las zonas más ricas en recursos naturales del país congoleño, la gestión del ébola se enfrenta a unas limitaciones que desbordan las que ya tuvo que superar en 2018.