Tal vez una de las secuelas más graves que esté dejando tanto el escándalo alrededor de la figura de Zapatero como el denominado caso Leire sea la evidencia de que no existe en la izquierda un planteamiento político alternativo o de recambio al que venía siguiendo hasta ahora para enfrentarse a la derecha, y que bien podría quedar ejemplificado en una anécdota (solo a medias) imaginaria. En efecto, todos hemos participado en (o asistido a) conversaciones entre amigos de izquierdas en las que alguno expresaba reticencias hacia la gestión del gobierno central y, en consecuencia, dudas en relación con el sentido de su voto en el momento en el que tocara acudir a las urnas en las próximas elecciones generales. Este tipo de conversaciones acababa siempre, indefectiblemente, con una pregunta que alguno de los defensores del Ejecutivo espetaba al que se había atrevido a expresar sus reticencias. La pregunta sin duda tenía una fuerte carga retórica: “¿O sea que tú prefieres que gobierne Vox?”. Y por si el interpelado no se había dado cuenta de la gravedad de su disidencia, el interpelante solía añadir —y así, de paso, acreditaba una lealtad casi mineral a los postulados de izquierda— la siguiente apostilla: “Pues a mí me da mucho miedo lo que podría hacer esta gente en el caso de que llegara al gobierno”.Pues bien, quizá ahora, cuando hasta quién tenía el copyright de la “alerta antifascista” (Pablo Iglesias) ha pasado a compararla con el “que viene el lobo” de la fábula, sea un buen momento para intentar valorar los motivos por los que la izquierda parece haberse quedado con una escasa capacidad de reacción ante la tormenta política provocada por la imputación del expresidente del Gobierno o por la noticia de que la Kitchen podía haber tenido su réplica (a escala) en Ferraz. Porque sería un error visualizar un eventual mal resultado electoral en unas próximas elecciones generales utilizando la metáfora de los meteoritos inesperados que arrasan con toda forma de vida sobre la superficie del planeta. Cuando la metáfora que probablemente mejor dibuje cómo hemos podido llegar hasta aquí sea la de los últimos clavos en el ataúd.A efectos clarificadores fijemos la atención en la peculiar mezcla de éxito y fracaso con la que parecía estarse saldando la estrategia del miedo a Vox en la que tanto confiaba el PSOE para poder sacar de la abstención a buena parte de sus votantes desencantados. El saldo podría quedar resumido así: se habría conseguido movilizar a un sector de estos, como indicaban con claridad los índices de participación en las recientes elecciones autonómicas, pero sus votos no fueron a parar a dónde se pretendía. Sin embargo, quienes no estaban consiguiendo recuperar a dichos votantes, antaño fieles, nunca parecieron estar por la labor de preguntarse por los motivos de tan persistente renuencia.Pero si el objetivo declarado del oficialismo era el de intentar recuperar el voto de la mayor parte de tales exiliados, el de atraerles de nuevo para que respaldaran a la que siempre habían considerado su opción política, ¿no habría sido lo adecuado que se intentara corregir todas aquellas cosas que provocaron su alejamiento? No da la impresión, ciertamente, de que se haya querido ir en esa dirección, al menos si atendemos a las ideas-fuerza que se transmitían desde el poder, y que más parecían apuntar a perseverar en la misma línea que hasta el presente, que a introducir ningún tipo de rectificación del rumbo. Porque eso es lo que sugerían expresiones tan reiteradas como “profundicemos en…”, “avancemos en...” y similares, que sin duda eran recibidas por muchos destinatarios como equivalentes a “continuemos con...”. De resultar correcta esta descripción, la pregunta, tan pertinente como ineludible, que se desprende es: a la vista de que las conquistas anteriores no parecían estar consiguiendo recuperar para la antigua causa a un sector importante de votantes, ¿resultaba razonable entonces pensar que el mensaje de perseverar en lo mismo serviría para que los exiliados regresen a la casa del padre?A tales exvotantes, en cambio, nunca les han faltado motivos para una perplejidad atravesada de escepticismo ante los que habían sido siempre los suyos. Así, por poner lo que es únicamente un ejemplo, pero sin duda ilustrativo, con frecuencia escuchan a los líderes socialistas enfatizar la importancia de la “Europa federal” (y bien está que así lo hagan) pero constatan su completo silencio sobre si albergan el propósito de intentar culminar el proyecto federal para España que ya se encuentra en germen en el Estado de las Autonomías. Incluso llegan a sospechar si ese espeso silencio no esconderá el propósito de aproximarse a otros modelos territoriales (de signo más bien confederal) que en el presente momento no les conviene, por razones electorales, explicitar.Y así, en lugar de mostrar las cartas que estarían dispuestos a jugar, los mencionados líderes se han dedicado a repetir un mantra vacío, el de “la España plural y diversa”, cuyo único contenido identificable es el rechazo al neocentralismo de Vox, pero que no avanza ni un paso en proponer las formas de articulación de toda esa diversidad en una unidad mayor (en definitiva, eso que llamamos España). En idéntica, por vaporosa, línea se sitúan presuntas propuestas que, en realidad, no pasan de ser meras consignas y, por añadidura, de un tipo que, a buen seguro, Juan Marsé habría denominado consignas-sonajero, como “Impidamos que el pasado avance” y similares. Mero ruido biensonante, susceptible de ser interpretado de la manera que a cada cual se le antoje según cual sea el momento.Acaso sea esta la más rotunda lección que quepa extraer del resultado de las diversas elecciones autonómicas celebradas en los últimos meses (los penúltimos clavos antes de los definitivos, por recuperar la metáfora anterior). El antiguo votante socialista que ha emigrado a otras opciones ha sido, desde luego, sensible a la campaña del miedo a Vox, pero ello no le ha impedido formular una severa enmienda a toda una manera de hacer política. En concreto, a esa que gusta de acogerse al viejo principio general según el cual “hay que hacer de la necesidad, virtud” para ocultar que, en realidad, la consigna que está siguiendo es la de que todo vale para alcanzar o mantenerse en el poder (incluyendo en este último capítulo inverosímiles teorías conspiratorias).Se comprende que a nuestro imaginario abstencionista no le parezca que esta sea la forma de hacer política que hoy necesitamos, sobre todo a la vista de la situación en que hemos desembocado por practicarla. Es más, en los últimos tiempos, y a la vista de la que está cayendo, le da por barruntar si no será más bien que no han sido pocos los que han interpretado completamente al revés el conocido orden de prioridades que en su momento fijara Ramón Rubial (seguro que lo recuerdan: “primero España, luego el partido y al final el individuo”).Quizá el abstencionista acierte con su recelo y uno de los mayores problemas que tiene en el presente momento la izquierda mayoritaria sea que en su seno parece haber demasiada gente incapaz de plantearse, ni tan siquiera en abstracto, la posibilidad de que lo que pueda ser bueno para su partido o para la dirigencia del mismo (por ejemplo, retrasar al máximo la convocatoria de elecciones generales a la vista de la magnitud de la actual tormenta política) no lo sea para la sociedad española en su conjunto. Quien padezca semejante incapacidad para jerarquizar lo que más importa tiene, sin duda, un severo problema, también de coherencia. Tal vez todo se pueda resumir diciendo que solo se desnortan aquellos que nunca tuvieron norte.