Al mismo tiempo que la Redacción de EL PAÍS anda enfrascada en completar varios cursos relacionados con el código ético del grupo PRISA, me ha llegado una carta que expone un verdadero ejercicio práctico de esta formación interna. La lectora Teresa Astudillo Bravo reprocha en su nota que la autora del reportaje La servilleta de papel de los bares como guardiana de la historia de las ciudades, publicado en El País Semanal, también ha escrito el prólogo del libro sobre el que se basa el artículo. Se trata de un álbum que recoge 600 imágenes de servilletas tomadas durante años por el fotógrafo Felipe Hernández, en el que el único texto largo es dicha introducción. “Puede suponer un evidente conflicto de intereses, en la medida en que la autora del artículo no es una observadora independiente respecto a la obra que analiza, sino que participa directamente de su promoción”, señala la lectora, quien añade que habría sido deseable, para preservar la confianza de los lectores, “una advertencia clara sobre dicha vinculación o, en su caso, evitar que la misma persona realice la reseña”. Por ello, reclama una aclaración sobre la política del periódico para estas situaciones. No resulta extraño que un periodista realice otros trabajos fuera de su puesto en EL PAÍS y, para esos casos, el Libro de Estilo establece que los periodistas deben “abstenerse de realizar cualquier información o trabajo periodístico que entre en conflicto con sus intereses personales”. Por ejemplo, un redactor que haya participado en el guion de una película no podría después redactar ninguna información relacionada con ella: ni la crítica, ni un reportaje, ni tampoco una entrevista con cualquier otra persona vinculada a la cinta, porque se convierte en una persona interesada en su promoción. Como la casuística es amplia y hay una gran variedad de puestos y tareas en el periódico, el manual fija que este tipo de dilemas deben resolverse con transparencia interna, que el periódico “se compromete a mantener”. Los cursos de formación precisan mejor el procedimiento: “Es fundamental que los empleados comuniquemos cualquier conflicto de interés potencial o real a nuestro jefe directo y evitemos participar en situaciones que comprometan nuestra imparcialidad”. Este enfoque obedece a que estos casos no solo afectan al periodista, sino que repercuten en la reputación de la cabecera. Por eso, lo ideal es que sea el redactor quien rehúse el trabajo e informe de las razones a su jefe. En las situaciones dudosas, será este quien decida el camino a seguir y, si se admite una excepción a la regla general, debe informarse de ello al lector. La exposición que hace la lectora de lo ocurrido es impecable, porque en el reportaje cuestionado no se impuso ninguna de las cautelas posibles: no se sustituyó a la redactora, ni se aclaró al lector la existencia de un conflicto de intereses por su vínculo personal con el libro. Ella sí informó a sus superiores, pero no se tomó ninguna medida. “La lectora tiene toda la razón”, admite la redactora jefa del suplemento, Belinda Saile. “Teníamos que haber mencionado que la autora de nuestro texto, Almudena Ávalos, que sigue este proyecto desde hace mucho tiempo por su originalidad y no tiene ningún interés en él más allá de dar visibilidad a proyectos originales en el ámbito gastronómico, también es la autora del prólogo. En el cierre nos olvidamos de incluir esa información. Nuestras más sinceras disculpas”. Aunque no siempre trascienden al lector, los dilemas éticos se presentan con cierta frecuencia en la Redacción. Un redactor de política explica que le han ofrecido varias veces presentar actos del partido que cubre habitualmente, pero siempre lo ha rechazado porque afectaría a su credibilidad. La semana pasada, la dirección descartó una propuesta de entrevista a un escritor, porque el redactor publica en la misma editorial. También un periodista de Cultura ha rehusado recientemente informar de un libro, al descubrir que la faja que la editorial ha puesto a los ejemplares lleva inscrita con su firma una frase suya. Los nombres de estos redactores quedan en el anonimato porque no se trata de señalar quién actúa mejor, sino las buenas prácticas. Sería conveniente definirlas con mayor claridad, porque hay secciones que tienen más interiorizada que otras la obligación de recusarse cuando existe un conflicto de intereses, y se da cierta disparidad. También ocurre que los redactores ni siquiera sean conscientes de que están ante un dilema solucionado con anterioridad. Por ejemplo, la sección de Economía incluye en todas las noticias del grupo PRISA una referencia a que se trata del editor de EL PAÍS, una apostilla casi instintiva, que está incluida como una obligación en el Libro de Estilo. Otro caso que surge ocasionalmente es el regreso a la Redacción de periodistas que se han tomado una excedencia para trabajar en otros medios o en cargos públicos. Aunque el periódico se beneficiaría del conocimiento adquirido en ellos, lo habitual es destinarlos a puestos que nada tengan que ver con el trabajo que han desempeñado fuera. Todas estas medidas aspiran a que el interés del lector prime sobre cualquier otro. Es un compromiso ético del periódico, aunque, como se ha visto, no siempre se aplique correctamente. Por eso, es fundamental ser muy cuidadosos, porque cualquier fallo, por pequeño que sea, no solo puede hacer que el lector pierda la confianza, sino que da argumentos a quienes buscan desacreditar a la cabecera. Para contactar con la defensora puede escribir un correo electrónico a defensora@elpais.es o enviar por WhatsApp un audio de hasta un minuto de duración al número +34 649 362 138 (este teléfono no atiende llamadas).