Hace poco, en un grupo de amigos, uno de nosotros planteó un dilema. Hace un tiempo decidió dejar de comprar en Mercadona por diversas cuestiones éticas, pero al empezar a ir a los locales de su barrio, se encontró con otros problemas no menos importantes, como que el carnicero más cercano a su casa trata con desprecio, delante de todos los clientes, al inmigrante que tiene contratado. El dilema era si de verdad conseguía algo comprando en establecimientos más pequeños, considerando que las condiciones laborales tampoco son la panacea allí. La discusión trajo todo tipo de enfoques, desde los que íbamos a Mercadona sin más, a los que no lo pisaban nunca por principios.

Este tipo de debates no son nuevos entre nosotros: hemos hablado de temas como si seguir o no en Twitter, si boicotear productos relacionados con Israel o seguir usando Airbnb, conociendo el efecto que el turismo tiene en nuestros barrios. En un mundo globalizado, actuar con coherencia se ha vuelto un reto cotidiano, y cada vez se hace más difícil consumir sin sentir que estamos fallando en algo.

Este tipo de debates, a pesar de estar cargados de buena voluntad, a menudo acaban generando una especie de presión moral que hace sentir culpable al que no se alinea del todo con las causas de la mayoría. Para algunos comer carne es casi como una traición ideológica imperdonable, pero coger el coche a diario no parece ser tan terrible. Para otros, vestir a tu hija de rosa puede convertirse en motivo de juicio, pero volar a Tailandia por ocio no es tan reprochable. En fin, hablo de la famosa superioridad moral de la izquierda, que puede resultar agobiante tanto en política como entre amigos de toda la vida.