En un reciente artículo, Cristina Monge analiza con lucidez las dificultades de la izquierda para entender el malestar social y las causas del auge de las extremas derechas.

Comparto su diagnóstico, pero sugiero dar un paso más en la búsqueda de las causas profundas de esta incapacidad. No niego el desconcierto y la subalternidad ideológica de las izquierdas. Durante décadas se ha ignorado la desigualdad creciente de renta y de riqueza, justificándola con el placebo de la meritocracia. La socialdemocracia asumió el dogma del mercantilismo, que ha convertido al mercado en el gran regulador de la sociedad, haciendo de los ciudadanos meros clientes, también de la política.

Ahí pueden estar algunas claves de la crisis de confianza que sufre la política. Pero que afecte no solo a los partidos sino a todos los órganos de intermediación social y en todo el mundo me hace sospechar que hay algo más que torpeza o indistinción política.

Sugiero explorar una hipótesis basada en las lecciones de la historia. Asistimos a uno de esos cambios de época en el que confluyen e interactúan tres grandes disrupciones. Una revolución tecnológica (digitalización) actúa como desencadenante del resto de procesos, entre ellos la obsolescencia de las estructuras socioeconómicas conocidas y la aparición de un nuevo orden (globalización). Todo, avalado por una ideología (neoliberalismo) que legitima el (des)orden emergente.