Cuando se escribe acerca de una personalidad con una reconocida trayectoria suele caerse en el lugar común de afirmar que “no requiere presentación” para pasar, inmediata y paradójicamente, a presentarla. El protagonismo que Tomás Abraham tiene, desde hace décadas, en la cultura argentina nos exime de hacer un recorrido exhaustivo por su producción. Baste con mencionar que ha protagonizado innumerables polémicas concernientes a las diversas actualidades –si cabe la expresión– por las que ha transitado nuestro país, que ha sido docente universitario y formador de docentes, y que alentó el pensamiento desde espacios no convencionales como su célebre “Seminario de los Jueves” (del que surgieron varios libros, entre los que se destaca Platón en el callejón). La referencia en pasado da la idea de un trabajo notable, pero concluido. El propio Abraham confiesa haber experimentado esa sensación de tarea cumplida: “Mis últimos libros parecían una despedida”. Su paso por terapia intensiva luego de una intervención quirúrgica a corazón abierto operó como la situación límite que lo arrojó de nuevo al mundo de los libros, del subrayado; al anhelo de volver a exponerse en un texto. Fruto de ese renovado impulso es Pensar de nuevo, que indudablemente se encuentra entre lo mejor de su vasta producción.Durante las dos décadas en las que organizó el ‘Seminario de los Jueves’, Abraham insistió en señalar a sus participantes que al leer un texto no fueran en busca de ‘temas’, sino de ‘problemas’El texto se compone de cuatro capítulos que bien podrían ser libros independientes ya que, en principio, los temas abordados no parecen tener mucho que ver entre sí. Lo que los une es la voz del autor. De hecho, el libro entero puede ser tomado como una invitación a compartir la mesa de trabajo con el filósofo, el profesor, el escritor.Durante las dos décadas en las que organizó el “Seminario de los Jueves”, Abraham insistió en señalar a sus participantes que al leer un texto no fueran en busca de “temas”, sino de “problemas”. Aquí propone, además, “recortar circuitos filosóficos, agrupamientos que se sustentan en una problemática común”.El filósofo Tomás AbrahamIgnacio ColóEn el primer capítulo, ese agrupamiento se da en un territorio: Boston y aledaños. Los protagonistas que conforman el circuito son Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, Henry David Thoreau y Elizabeth Peabody; los problemas: la democracia, la espiritualidad, la libertad, la educación. En el segundo capítulo, el circuito filosófico es más previsible, tratándose de Abraham. Los nombres de Jean-Paul Sartre, Louis Althusser, Michel Foucault y Gilles Deleuze están indisolublemente ligados él. El problema abordado es el límite de la razón, la locura: “La racionalidad filosófica –sostiene Abraham– nada tiene que ver con la cordura ni con las buenas costumbres académicas. Estos cuatro filósofos contemporáneos llevaron su aventura intelectual al límite”. El tercer capítulo se ubica en Auschwitz. Los problemas: vivir y sobrevivir. Primo Levi, Imre Kertész y Jean Améry son tres sobrevivientes de los campos de concentración. “Lo que asombra en ellos no es lo que vivieron, sino cómo lo contaron”, afirma Abraham. El último capítulo está dedicado a la “década infame”. La inquietud guía está expuesta ya en esa categorización. ¿Puede toda una década ser, sin más, calificada de infame? El autor insiste en destacar la producción intelectual y artística desplegada en ese lapso de tiempo: “La sociedad vive y genera una enorme energía creativa concomitante con ese gran invento político que fue el fraude patriótico y la ley trampa”. Entre los protagonistas de la época destaca a Roberto Arlt, Scalabrini Ortiz, Xul Solar; Emilio Pettoruti, sin dejar de dedicar unas líneas a Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges.Foucault sostenía, refiriéndose a algunos filósofos de la Antigüedad como Sócrates, que lo relevante para ellos no era tanto decir la verdad, sino vivir <i>en</i> la verdadEn diversas ocasiones Abraham se ha referido a la tartamudez que lo acompañó en su juventud: “La Tartamudez, la musa de mi pensamiento” enfatiza aquí, justificando por su relevancia el hecho de otorgarle una mayúscula. Entre los atributos que le debe encuentra el de ser un pensador reactivo, que luego de años de retener la palabra sintió la necesidad de responder, de reaccionar. Tal vez le deba algo más: el poder de condensación en la expresión de su pensamiento. El silencio que antecede a la frase en un tartamudo puede verse como el impulso que requiere para lanzarse a la palabra con la necesidad de llegar en un solo tramo al final de la frase. Esto hace de Abraham el entrevistado ideal para un periodista: es una máquina de producir títulos. Y ese poder de condensación se traslada a la escritura, generando una sentencia tras otra. Algunos de los innumerables ejemplos en este libro: “La filosofía no promete felicidad ni serenidad, ni siquiera sabiduría. ¿Para qué, entonces? Para pensar, para provocar pensamientos, inventar ideas y trasgredir los límites de lo impuesto como verdadero”; “leer un texto de filosofía es descifrar un pentagrama o una partitura, en la que los elementos que la componen no se entienden de forma aislada, sino en relación con el conjunto”; “la locura no es más misteriosa que la cordura (…) Es tan difícil comprender que alguien enloquezca de vez en cuando como que esté cuerdo de a ratos”; “Hay una característica diferencial que distingue a la historia argentina. El pasado siempre es actual. Nada de lo que sucedió deja de suceder (…) el tiempo cronológico está subsumido a un tiempo problemático siempre inconcluso”. Frases como estas irrumpen permanentemente en el texto, y sacuden, despiertan al lector. El tábano mantiene afilado su aguijón.Foucault sostenía, refiriéndose a algunos filósofos de la Antigüedad como Sócrates, que lo relevante para ellos no era tanto decir la verdad, sino vivir en la verdad. Quien emite su palabra desde ese vivir en la verdad resulta creíble no por recurrir a la persuasión, sino porque su modo de vida respalda su palabra. En un sentido semejante, cabría decir que Tomás Abraham no habla de filosofía, sino que vive en la filosofía. No importa tanto acerca de qué hable o escriba; no interesa si su interlocutor va a estar o no de acuerdo con lo que diga. Lo que el lector tiene garantizado es que al abrir uno de sus libros –y Pensar de nuevo es muestra cabal de esto– va a encontrarse con palabras respaldadas por una inquietud genuina, por un anhelo de ir más allá con el pensamiento; es decir, por una vida filosófica.Pensar de nuevoPor Tomás AbrahamEl Ateneo216 páginas, $ 26.900