29/05/2026 05:00 Actualizado a 29/05/2026 06:53 Los tribunales marcan el destino penal de aquellos que están sometidos a instrucción judicial, pero es la calle la que juzga la coherencia y la credibilidad. Para el PSOE, una marca que se sostiene sobre el relato de la justicia social y la honradez en conductas y formas, el verdadero problema actual no es la amenaza de la toga: es estético. Y la estética, en la izquierda, funciona como un termómetro moral. Por eso, más allá de lo que acabe dictaminando la justicia sobre el caso Zapatero, o de las derivadas del caso Ábalos, lo que está asfixiando al partido es la amenaza de desconexión absoluta de aquellos que se ven sorprendidos por una escenografía inesperada e incómoda.El expresidente español, Rodríguez Zapatero ULISES RUIZ / AFPLa izquierda ha construido históricamente buena parte de su legitimidad sobre una supuesta superioridad moral. No bastaba con gobernar; había que representar una manera de estar en el mundo. Una contención. Una sensibilidad verídica hacia la cohesión social y la austeridad moral. La justicia social. Por eso el daño no nace únicamente de los indicios judiciales o de la posible existencia de conductas impropias, sino de las imágenes que proyectan determinados comportamientos, aderezado con joyas, dinero y viajes. Hay escenas que erosionan más que una imputación.Ya ocurrió con aquellas conversaciones obscenas entre José Luis Ábalos y Koldo García, hablando de mujeres como quien elige platos en un menú de restaurante de carretera. No era sólo vulgaridad: era la demolición simbólica de un discurso político que había hecho del feminismo una de sus grandes banderas. Aquello no se discutía en los tribunales, sino en la conciencia de muchos votantes progresistas que observaron, entre el estupor y la decepción, cómo algunos de los suyos reproducían las peores inercias del machismo más rancio.Ahora emerge otra estética igualmente devastadora. La del expresidente convertido presuntamente en intermediario privilegiado; la de las agendas, los contactos y las influencias orbitando alrededor de intereses privados; la de unas hijas que habrían recibido grandes cantidades de dinero empaquetando informes mientras miles de jóvenes sobreviven en pisos compartidos, encadenando contratos precarios y salarios mileuristas. Quizá todo tenga explicación jurídica. Quizá incluso acabe no existiendo reproche penal alguno. Pero el problema para el PSOE ya no es exclusivamente judicial: es narrativo y moral.No es la primera vez que políticos del PSOE se asocian a privilegios, favores y estilos de vida alejados de la realidad cotidiana de sus votantes, pero ahora el riesgo es acelerar un cambio de ciclo, hacia la derecha y la derecha extrema. La fractura emocional resulta inevitable. La estética deja de ser superficial para convertirse en un juicio político de enorme profundidad. El PSOE teme hoy algo peor que una condena: que una parte de la sociedad deje de reconocerse moralmente en sus referentes. El caso Zapatero abre una puerta al abismo bajo el peso de una estética que, a diferencia de las sentencias, no admite recursos.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991
El peso de la estética, por Salvador Enguix
Los tribunales marcan el destino penal de aquellos que están sometidos a instrucción judicial, pero es la calle la que juzga la coherencia y la credibilidad. Para el PSOE, una marca que se sostiene sobre el relato de la justicia social y la honradez en conductas y formas, el...
















