Mediado abril publiqué en estas páginas un artículo que llevaba por título “Peinado, el obstinado”. Se refería al juez que durante dos años ha instruido con singular celo la causa contra Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno. Hoy vuelvo sobre este asunto, pero ya no para hablar de obstinación sino de lo que cabría definir, visto el curso del caso, como un aparente afán de humillar a la investigada.Ya es notable que Peinado haya dedicado sus dos últimos años como juez –se jubila en septiembre– a esta instrucción que, dada la dimensión de los supuestos delitos perseguidos, quizás se la hubiera ahorrado a una ciudadana que no estuviera casada con el presidente del Gobierno. Pero la reciente decisión de retirarle el pasaporte, impedirle salir del país y obligarla a personarse cada quince días en comisaría tiene algo de lo que podría apreciarse como ensañamiento, como humillación pública y sostenida. Gómez ha acatado estas medidas, y ha tenido que pedir autorización para atender compromisos oficiales o familiares. Pero de momento, Peinado prefiere mantenerla en vilo.Peinado se irá, pero el CGPJ no, y haría bien en mostrar firmeza ante los funcionarios erráticosNo es propio de un juez que actúa sin apriorismos temer que la esposa del presidente del Gobierno vaya a huir del país aprovechando un descuido de los policías que la escoltan. Todavía lo es menos sugerir, como hizo Peinado en su auto, que esos mismos policías quizás la ayudarían a escapar. Tan retorcida sugerencia ha caído muy mal en los sindicatos policiales, cuya rectitud se ha puesto en duda, quizás con el propósito de reforzar la percepción del juez, más bien delirante, de la maldad de Gómez.Dar a Begoña Gómez un trato reservado a delincuentes temibles, como ha hecho Peinado, acusándola de malversación, tráfico de influencias, corrupción en los negocios y apropiación indebida de marca, pero siendo a la vez incapaz de precisar el beneficio monetario que habría obtenido de ello –“cero”, según Pedro Sánchez–, parecerá a algunos un abuso de poder y un exceso. Violeta Santos Moura / ReutersHay más. Peinado ha tratado de hacer pasar a Begoña Gómez por sedes judiciales a menudo, incluso para diligencias menores, acaso buscando oportunidades fotográficas para ir sedimentando en la opinión pública su aparente condición de delincuente. Otra forma de humillación personal, que se inscribe en la ofensiva contra personas próximas al presidente del Gobierno, alentada por formaciones ultraderechistas y sostenida por elementos de la judicatura. Es bien cierto que algunos de los encausados dieron motivos sobrados para ser juzgados y condenados por sus fechorías. Pero todo indica que otros, perte­necientes al círculo familiar de Sánchez, dieron muy pocos, y acaso ninguno de peso. Da igual. Antes de ser condenados –si es que al fin lo son– ya se las trata de un modo humillante.Estos procedimientos erosionan la imagen de la justicia en su conjunto. No debiera ser así, porque el colectivo judicial trata mayoritariamente de cumplir su función con profesionalidad. Pero alguno de sus miembros, y Peinado sería un ejemplo, resulta merecedor de reproche. Su instrucción, que ha avanzado jaleada por denunciantes extremistas y sin el apoyo de la Fiscalía, ha sido puesta en cuestión por instancias superiores.Y tras la divulgación del auto en que se incluían las mencionadas sospechas contra policías, ha sido el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) el que ha debatido, en una tormentosa sesión que reflejó el eco judicial de la polarización política parlamentaria, si procedía abrirle expediente sancionador.Ningún funcionario público debería actuar de modo inadecuado. Según el Eurobarómetro, el 54% de los españoles creen ya que la independencia de los jueces es muy o bastante mala, 20 puntos por encima de la media europea (34%). Peinado se irá en septiembre, y no precisamente nimbado con un aura de imparcialidad. Pero el CGPJ seguirá como órgano rector de la judicatura, y haría muy bien en mostrar firmeza ante la conducta de funcionarios erráticos, prospectivos y dados a rebajar la dignidad de sus reos.