Sólo hay que echarle un poco de creatividad judicial para imaginarse a Begoña Gómez huyendo de la justicia, convirtiéndose en una fugitiva por todo el mundo y dedicada a una vida consagrada al crimen. Abandonaría a su marido e hijas y se lanzaría al lado salvaje de la vida, quizá dirigiendo un cártel de narcos en Latinoamérica o una organización en el sureste asiático centrada en la exportación de heroína. Se cortaría el pelo para que no la identificaran y se haría unos tatuajes para dar imagen peligrosa. De vez en cuando, enviaría un mensaje al juez Peinado para burlarse de él. De esposa del presidente a la nueva Lara Croft.
El juez Antonio Viejo creía estar en un escenario de esas características al tener que decidir sobre si Gómez podía viajar a Turquía para asistir a una cumbre de la OTAN acompañando a Pedro Sánchez y a Londres para presenciar la graduación de su hija. Todo porque Juan Carlos Peinado cree que existe riesgo de fuga, por lo que ordenó retirarle el pasaporte. Viejo se ocupó de resaltar las diferencias entre Reino Unido y Turquía para terminar decretando que la colaboración judicial con el país que abandonó la Unión Europea es mucho mayor. No debió de haberse enterado de los años que pasaron desde que EEUU pidió a los británicos la extradición de Julian Assange. Por no hablar de que Bélgica y Alemania forman parte de la UE y no por eso concedieron a España la entrega de Carles Puigdemont.









