Por Marcela Turati, Thelma Gómez Durán y Eliezer Budasoff / Quinto Elemento Lab*I. BAR. Los aparecidosEl hombre tomó la decisión cuando llegaron los más chicos. Eran dos adolescentes; el más grande parecía de unos 15 años como mucho. Los escuchaba llorar por las noches. Si me voy a morir acá—pensó—, mejor me muero tratando de sacar a estos chavos. Esperó días. Semanas. Meses. Una tarde, después de acarrear agua de un arroyo cercano desde el amanecer, le ordenaron que se llevara a uno de los muchachos para que lo ayudara y sintió que era el momento. De camino, mientras nadie los vigilaba, le propuso escaparse. Siguieron el cauce aguas abajo y caminaron por el bosque hasta que se hizo de noche. Se refugiaron en una cueva; desde ahí vieron las luces de las lámparas. Los estaban buscando. Al día siguiente no se movieron. Esperaron a que oscureciera de nuevo para salir, porque el camino era una especie de trampa: del otro lado del arroyo se levantaba una montaña enorme, con laderas de piedra tan empinadas como un muro, que solo les dejaba una dirección posible para seguir. Dos días caminaron sin agua, sin comida, entre los pinos, hasta que dieron con la carretera. Le pidieron ayuda a una pareja que iba en camioneta, se subieron atrás y consiguieron llegar a Pedernales, un pueblito maderero donde el hombre tenía familiares. Ellos llamaron a su mamá. Llevaba tres años sin tener noticias de él. Había salido de la casa donde vivía con ella y con su hermana, en la ciudad de Chihuahua, una mañana de agosto de 2015. Iba al centro a tramitar su Seguro Popular y desapareció. Nadie volvió a saber de él hasta ese momento: era junio de 2018.BAR, las iniciales con las que registraron su declaración en la Fiscalía General de Chihuahua, denunció que todo ese tiempo había estado cautivo de un grupo criminal, forzado a cultivar amapola y marihuana desde el amanecer hasta la caída del sol en un campamento con decenas de hombres más, muy adentro de la Sierra Tarahumara. La situación que describió entonces parecía una escena de explotación de indígenas en las haciendas de América Latina hace más de dos siglos; una de esas imágenes que la cultura popular nos ha legado sobre la esclavitud pero en el presente, sin cadenas, con la brutalidad y las armas del narco mexicano. Los hacían dormir en el suelo, en cuevas de piedra donde cabían hasta 30 personas, declaró BAR. Les daban dos comidas al día: algo de frijol y sopa, a veces un poco de harina de maíz con agua y azúcar para que aguantaran. Los obligaban a drogarse, dijo. Si no trabajaban como ellos querían, los golpeaban con varas de encino, los amarraban a los árboles durante días o los dejaban sin comida.También me tocó castigo: me agarraban de los pies y me ponían boca abajo, me metían en el río hasta casi ahogarmeA veces, declaró, los vigilantes les ordenaban que se violaran entre ellos como castigo. “Me tocó ver que mataban a algunos de mis compañeros”, dijo. Uno de ellos murió ahogado. “A otro lo golpearon con el arma, con los puños, hasta que lo mataron”. A otro lo empujaron de un barranco. Pensó que nunca iba a salir de ahí.En los casi tres años que pasó como esclavo del narco, les dijo BAR a los agentes de la fiscalía, él había llegado a conocer al menos seis campamentos de trabajo forzado como el suyo. Su testimonio quedó archivado en un expediente judicial. Pero a mediados de 2019, se destapó una red de trata que abarcó distintas ciudades de Chihuahua y que operaba de la misma manera desde al menos 2015. Buscaban a hombres desesperados por algo de dinero en colonias periféricas en las faldas de los cerros, en asentamientos de indígenas desplazados de la sierra, en las vías de tren donde esperaban que les cayera alguna chamba, en centrales camioneras o en módulos para tramitar programas sociales. Les ofrecían trabajos como levantar cercos, colocar postes, limpiar terrenos o cuidar ganado, pero, en realidad, los llevaban a rincones aislados de la Sierra Tarahumara y los metían en campos de concentración a cielo abierto, vigilados por hombres armados. Eran forzados a trabajar como mano de obra esclava del narco, explotados hasta el límite de sus fuerzas. Podían pasar años así. Vivos a medias, muertos a medias.El chico que había conseguido escaparse con BAR, un adolescente rarámuri, contó que a él lo fueron a buscar al rancho donde vivía con sus abuelos para invitarlo a trabajar. Tenía 17 años cuando se lo llevaron. Durante su cautiverio había sido violado repetidamente. “Yo no hacía nada porque tenía miedo y lloraba. Me dolía mucho cuando hacían eso. Fueron muchas veces”, les dijo a las autoridades. También declaró que le había tocado ver como mataban a una persona. “Estaba parada y le disparó en la frente. Yo no la conocía. Era la que nos hacía la comida”. No sabía cómo se llamaba el hombre que le propuso fugarse, pero tenía claro lo que les esperaba si llegaban a encontrarlos. “Caminamos mucho cuando nos escapamos”, dijo, casi al final.Los testimonios de BAR y de su acompañante no fueron los primeros en denunciar que el narco tenía campos de trabajo forzado en la Sierra Tarahumara. En diciembre de 2015 —unos meses después de la desaparición de BAR en Chihuahua—, migrantes centroamericanos y mexicanos que viajaban a la frontera alertaron sobre grupos que los bajaban de los trenes para llevarlos a campos de cultivo, donde eran esclavizados. Sus denuncias también se perdieron en los registros burocráticos. Pasaron tres años hasta que aparecieron BAR y el muchacho rarámuri.Un año después, aparecieron tres hombres más.***A principios de julio de 2019, el policía de investigación asignado al puesto de control de Las Estrellas —una intersección de carreteras que funciona como puerta de entrada a la Sierra Tarahumara, muy transitada por turistas que visitan la cascada de Basaseachi o las cabañas que están en la zona— vio bajarse de la parte trasera de una pick-up a tres hombres en los huesos, con la ropa raída, sucios y desorientados. En la sierra solo los locos, los pordioseros o los ancianos rarámuris que viven en cuevas tienen ese aspecto.Cuando el comandante Julio César Andrade se acercó y los interrogó, le dijeron que venían de trabajar en la cosecha de manzana, que el viaje les había sentado mal. Nadie se engañaba demasiado. “Él sabía de dónde veníamos”, recordó unos días después Martin*, uno de los tres aparecidos, en una nota publicada en Raíchali, un medio independiente que cubre a las comunidades indígenas de esa zona. El comandante los llevó a comer y los presionó para que dijeran la verdad. Entonces le confesaron que venían caminando desde hacía nueve horas y consiguieron un aventón hasta el entronque Las Estrellas porque estaban escapando de un campo al que habían sido trasladados con engaños. Ahí —le dijeron—, bajo la vigilancia de hombres armados, los habían forzado a trabajar en el cultivo de amapola junto con decenas de personas más.La Policía transportó a los tres hombres a Ciudad Cuauhtémoc, a las oficinas de la Fiscalía Estatal de Distrito Zona Occidente. Les ofrecieron ropa, comida y calzado, los pasaron a revisión médica y tomaron sus declaraciones. Lo que contaron parecía calcado de los testimonios que habían tomado sus colegas de la fiscalía de la capital, Chihuahua, hacía poco más de un año. Sus experiencias describían un mismo método de reclutamiento, una misma zona cavernosa en la Sierra Tarahumara, y una misma forma de explotación y de presión psicológica. “Los golpeaban, los amarraban, los amenazaban, los amedrentaban, les apuntaban, los volvían a golpear… de manera de ir haciéndolos esclavos”, resumiría después uno de los funcionarios de la fiscalía que intervino en el caso.Los tres aparecidos dieron pie a un operativo que se hizo una semana después, el 11 de julio de 2019, en el que fueron rescatadas 21 personas cautivas en el mismo sitio. Un desenlace inusual en un país donde la cifra oficial de desapariciones supera las 130.000 personas, el 95 por ciento ocurridas en las últimas dos décadas. Los testimonios de BAR, del joven rarámuri y de esas dos decenas de hombres que se abalanzaron sobre las latas de atún cuando fueron rescatados, ofrecían pistas para pensar en una posibilidad siempre esquiva y latente respecto de los desaparecidos: la de que algunos, o muchos, puedan estar vivos. Pero ofrecían además un relato directo sobre una faceta poco conocida del universo económico de los cárteles: el uso de un modelo productivo pensado para reducir al máximo los costos, que se aprovecha de una cultura de trabajo temporal que existe desde hace décadas en distintos rincones del estado, y la quiebra.Desde los años 70, cuando México se convirtió en productor a gran escala de amapola y marihuana, se sabe de la existencia de campamentos que albergan a jornaleros, la mano de obra agrícola del narco. En muchos municipios rurales, el trato con los cárteles que controlan el territorio está mediado por las opciones de supervivencia: el pago de extorsiones, el suministro de mercancías, la producción de materias primas, el trabajo temporal. Por lo general, siempre existe algún tipo de acuerdo de intercambio que permite a los grupos criminales convivir con las comunidades de las que dependen. Los protagonistas de esta historia muestran una ruptura de códigos en la búsqueda por maximizar las ganancias: una operación logística enfocada en el reclutamiento forzado de las personas más marginales y vulnerables de las comunidades, para sacar rédito de lo que puedan dar sus cuerpos.El tamaño y la continuidad de la operación, al mismo tiempo, revela algo peor: para funcionar, el sistema necesita de la colusión o la indiferencia del Estado. En 2017, dos años antes del rescate, una pareja rarámuri de la periferia de Chihuahua denunció la desaparición de sus dos hijos con el mismo método de enganche que describen todos los sobrevivientes. Cuando el hijo mayor consiguió escapar, después de pasar un año esclavizado en la sierra, denunció ante el Ministerio Público el mismo esquema de engaño y explotación. En 2018, tras la aparición de BAR, la fiscalía hizo un operativo en el mismo sitio del rescate de 2019. Esa vez encontraron las cuevas y parte de la infraestructura que utilizaban, pero no hallaron a ninguna persona. Se volvieron. Durante un año no hicieron nada, aunque ya tenían al menos dos testimonios formales que aseguraban que decenas de hombres seguían cautivos en la sierra. Después del operativo exitoso de 2019, incluso, la red de trata siguió funcionando: en 2022, 15 personas de Guachochi, una población de la Sierra Tarahumara, fueron levantadas y esclavizadas en los mismos campos. “Deben de existir todavía”, nos dijo en 2024 el agente que llevaba el caso.A los sobrevivientes, la experiencia acabó por quebrarles los escasos vínculos que los mantenían dentro de la sociedad. Sus vidas ya eran precarias antes de ser esclavizados, pero la mayoría no pudo recuperar ni siquiera eso: quedaron marcados por la paranoia y el miedo, presos de las adicciones o trastornados mentalmente; algunos fueron abandonados por sus parejas y familias. Otros murieron a los pocos años de haber sido rescatados. Los grupos criminales aceleraron un proceso de marginación y abandono que ya había empezado el Estado. Estas son sus historias.II. Javier. El rescateEn su día número 987 como trabajador esclavo en la sierra, después de haber pasado toda la semana rezándole a San Judas para que lo ayudara a salir de ese lugar, Javier no supo cómo reaccionar cuando vio a todos esos hombres uniformados que salían de entre los árboles. Primero pensó que venían a matarlos. Muchas veces les habían dicho que iban a llegar los contras: gente de otro grupo criminal que iba a venir por ellos.—¡Policías!Solo atinó a correr unos metros y ahí se quedó, paralizado, junto a otros cautivos. Algunos consiguieron esconderse, pero ellos no podían seguir porque había un precipicio. Cuando los policías los alcanzaron y les dijeron que venían a rescatarlos, lo segundo que Javier pensó es que lo iban a meter a la cárcel. “Nos decían: ‘Los vamos a llevar a un hotel’. Y yo pensaba: ‘El hotel va a ser una prisión’”. Todo le daba miedo y desconfianza. No solo a él: a todos. Estaban aterrorizados y muertos de hambre.El operativo era enorme; entre policías de la Agencia Estatal de Investigación y funcionarios judiciales sumaban más de 50 personas. Habían salido esa misma madrugada. Algunas horas antes del rescate, la caravana de camionetas en las que viajaban había entrado a un camino de terracería en una zona de la sierra que pertenece al municipio de Ocampo, en Chihuahua, y avanzó hasta que ya no fue posible seguir con los vehículos. Ahí se bajaron, dejaron a un grupo de guardia, y unos 40 efectivos avanzaron a pie hacia el bosque, guiados por uno de los cautivos que se habían escapado la semana anterior. En el camino se dividieron: un grupo siguió el sendero que conducía a la parte alta de la montaña y los otros fueron hacia el fondo del cañón, ahí donde corre el arroyo Huevachi, una referencia para todos los que terminaban esclavizados en esa zona, y el lugar donde les aplicaban los castigos más temidos.Los policías que siguieron hacia el fondo del cañón tardaron en total unas cuatro horas de caminata entre pinos, madroños y encinos —los árboles típicos del bosque templado de la Sierra Tarahumara— hasta que llegaron adonde estaban Javier y los demás limpiando la ladera de un cerro. En el trayecto se toparon con algunos claros en medio del bosque: áreas donde los árboles habían sido talados y quemados para sembrar amapola y marihuana. El otro grupo encontró la cueva que hacía las veces de campamento base. Era profunda. Más que cueva, era una especie de gruta: una hendidura que se metía en la montaña, formada por el espacio que quedaba entre rocas gigantes. Era lo suficientemente ancha en su interior como para que pudieran caber decenas de hombres amontonados en el suelo, y se hacía más angosta en la entrada, lo bastante como para que pudiera ser vigilada por un par de personas armadas. Mientras algunos agentes trataban de reunir a los hombres que se habían escapado, otros empezaron a documentar lo que veían.Las fotografías de aquel momento registran varios detalles. Una geografía extrema, escarpada; un cañón rodeado por barrancas de piedra tan altas y rectas que forman una especie de muralla natural. El cielo de un azul vibrante. Un campo rectangular entre los pinos, en la base de un cerro, con varas secas de amapola. Una caverna en la montaña, y, en su interior, ropa tirada, bolsas de fertilizante, cobijas en el piso, un cucharón, ollas, una parrilla a ras del suelo, paquetes de harina de maíz apilados, una escoba negra de hollín, galones vacíos, costales, una radio. De día funcionaba como comedor, de noche como dormitorio.“Las condiciones en las que los tenían eran infrahumanas”, resumirá después uno de los agentes de la fiscalía que participó de aquel operativo. Eso podía adivinarse en los restos inmundos de la cueva y en el relato de los que habían escapado, pero ellos pudieron corroborarlo cuando reunieron a un grupo de 21 hombres que “estaban físicamente destrozados”. Los condujeron al lugar donde habían dejado las camionetas, sacaron las provisiones que llevaban para ellos y empezaron a compartirlas con los rescatados. “Nunca pensamos que iba a ser tan exitoso el operativo”, reconoció un agente. “Nosotros llevábamos latas, digamos, de atún, y nos las pedían ellos con hambre, se las entregábamos, y nos preguntaban: ‘¿Me lo das todo?’ ” .Hay una imagen del grupo de rescatados aquel día, el jueves 11 de julio de 2019, tomada por personal de la Fiscalía General de Chihuahua unas horas después del operativo. Están en el entronque Las Estrellas, el mismo sitio donde seis días antes habían aparecido los tres hombres que lograron escapar. Alguien, tal vez subido a la batea de una camioneta, tomó la fotografía. Los sobrevivientes están de pie, algunos con los ojos clavados en el suelo, como si estuvieran avergonzados o fueran a recibir un regaño. Unos pocos miran hacia la cámara; otros a ningún lado. Los de la esquina derecha parecen atentos a alguien afuera del cuadro. No se distingue mucho en sus facciones: a la mayoría los tapa la sombra que proyectan sus gorras. No sonríen. Sus cuerpos se parecen, porque han sido moldeados por la misma experiencia: las mejillas hundidas, las barbas de varias semanas; la ropa tomada por una mugre negra, acumulada, que recuerda a las imágenes de los trabajadores de minas de carbón. Todos se ven tan maltratados que es difícil calcularles la edad. Dos de ellos tienen mochilas. El resto no tiene nada: todo lo que poseen lo llevan puesto.Los 21 hombres rescatados por elementos de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua, en julio de 2019. La imagen fue captada afuera del destacamento que tiene la fiscalía en el entronque de Las Estrellas, municipio de Ocampo. / Foto: EspecialEl defensor de derechos humanos Gabino Gómez, que desde hace dos décadas se dedica a buscar personas desaparecidas en todo el Estado de Chihuahua, llegó a Ciudad Cuauhtémoc apenas se enteró de la noticia. Era un caso inusual: más de 20 hombres que habían sido engañados, llevados a la sierra y retenidos a la fuerza; que habían desaparecido por meses, incluso por años, y perdido todo contacto con sus familias, acababan de ser rescatados con vida en medio de una crisis regional de desapariciones.Para entonces, mediados de 2019, hacía doce años que los reportes de desapariciones en el estado de Chihuahua venían subiendo año tras año de forma casi continua. En ese lapso —poco más de una década— se reportaron 2841 personas —2494 hombres y 347 mujeres— como desaparecidas o no localizadas, de acuerdo con los datos públicos del registro nacional. La crisis ya era evidente desde entonces, pero había crecido hasta hacerse inocultable un par de años antes del rescate, en 2017, cuando se dio un pico de casos en el Estado de Chihuahua: 372 personas reportadas en un año (la gran mayoría, 333, eran hombres). Ya para 2016, el mismo año que Javier fue capturado y llevado a la sierra, Amnistía Internacional había tomado a Ciudad Cuauhtémoc como un caso emblemático de la crisis, “la nueva capital de las desapariciones en México”.Esta ciudad con aire rural, rodeada de campos menonitas, es territorio codiciado. Como puerta de ingreso a la sierra, era escenario de batallas entre facciones del grupo local de sicarios —La Línea, brazo armado del Cártel de Juárez— y a la vez un sitio disputado por el Cártel de Sinaloa. Cualquier persona podía ser castigada y desaparecida por un ajuste de cuentas, por una sospecha, por sus relaciones personales, por azar e impunidad. A lo largo de 2017, al menos cinco jefes policiales de distintos municipios de Chihuahua fueron detenidos por dar protección a criminales o por delitos de desaparición forzada. Algunos actuaban como halcones para La Línea. Otros fueron acusados por la desaparición de jóvenes. Les encontraron armas largas sin licencia, droga, vehículos robados. Uno de ellos fue detenido por homicidio. Eran las autoridades de Seguridad Pública de sus municipios.Dos años después, en la fiscalía de Ciudad Cuauhtémoc, 21 hombres recién aparecidos esperaban terminar con los trámites para recuperar lo que quedaba de sus vidas. El activista Gabino Gómez, que algunos años antes había acompañado el primer caso de desaparición masiva registrada en ese municipio —ocho miembros de una misma familia—, y que seguía recibiendo llamadas con pedidos de ayuda, asesorando a parientes de las víctimas y presionando a las autoridades, llegó conmocionado a donde estaban esos sobrevivientes. Cuando los vio, los saludó y abrazó a algunos de ellos, que no entendían por qué aquel hombre que no los conocía estaba tan emocionado. En esa extrañeza anidaba la tragedia de los rescatados, aquello que los separaba del mundo al que pertenecían desde que fueron llevados a la sierra y esclavizados. Porque ellos no se veían a sí mismos como los veía Gabino en ese momento.Fichas de personas desaparecidas colocadas en las puertas de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua. Foto: Marcela TuratiDe los 21 hombres —el menor tenía 18 años; el mayor, 52—, solo cuatro habían sido reportados como desaparecidos por sus familias. Solo cuatro eran buscados oficialmente. La mayoría no se consideraba víctima de secuestro, o de trata de personas, o de explotación; algunos ni siquiera imaginaban que lo que habían vivido era considerado un delito. Sus vidas eran tan duras y precarias antes de caer en manos del narco que podían llegar a normalizar la brutalidad del trabajo y la violencia cotidiana. Pero habían sido estafados. Los habían engañado para que fueran a la sierra y los engañaban para mantenerlos en los campos, aunque los retuvieran allí a punta de pistola. Además de los golpes, el hambre, el frío, las torturas, la humillación, también les aseguraban que ya iban a salir y les prometían que iban a pagarles. Esa promesa, por vacía que fuera, era a veces lo único que tenían para tolerar la crudeza de la vida en los campos del narco. Habían pasado todo por nada. Habían vuelto con menos que nada.Con 39 años, Javier era uno de los mayores del grupo de rescatados, y era el que más tiempo llevaba esclavizado: dos años y diez meses. Había trabajado desde el amanecer hasta el anochecer durante 987 días. Según sus cálculos —restando las cosas que los vigilantes a veces le daban “fiado”, como cigarrillos o galletas de soda— le debían exactamente 248,055 pesos. Doscientos cuarenta y ocho mil con cincuenta y cinco pesos mexicanos por mil días de vida. Ahora sabía que nadie se los iba a pagar.La historia de Javier empieza, como muchas otras, con una necesidad agobiante de dinero. Y una pelea con su esposa, una escena que iba a volver a su cabeza una y otra vez los próximos meses. El lunes 26 de septiembre de 2016, cerca del mediodía, su mujer salió de trabajar, hizo el mandado y, cuando llegó a la casa, él todavía no había conseguido nada para aportar a la mesa. Discutieron. Tenían tres hijos. Si no traes leche ni pañales, mejor ni te molestes en volver, le dijo ella, antes de que Javier saliera a la calle. A veces conseguía trabajo para impermeabilizar techos, pero igual no le alcanzaba para mantener a su familia. Se fue furioso a las vías del tren, donde cada tanto caía algún jale, y ahí apareció “la troca de una tonelada”, como Javier la describe. Una camioneta gris de trabajo, con la caja adaptada para aumentar su capacidad de carga. “Yo les llegué desesperado”, dice. Le ofrecieron 300 pesos por día, tres comidas diarias, un lugar para vivir. Se tenía que ir un mes con ellos. Era para un rancho ganadero en la sierra, le dijo el hombre de la camioneta. Tenían que salir ya. No había tiempo para avisarle a su esposa, pero se le hizo fácil decidir. Seguía enojado con ella. Pensó que después la iba a poder llamar, y que iba a volver con dinero.En la caja de la camioneta viajaban siete hombres más, que también habían sido reclutados ese día. Javier dice que él fue el último que recogieron. Durante algunas horas todo pareció normal. En el camino fueron tomando cerveza y les dieron comida. A partir de ahí, es difícil saber en qué momento cada uno se dio cuenta de que había sido engañado. Cuándo comprendieron que algo estaba mal, o que ya era demasiado tarde. Un agente nos contará después que, en algunas ocasiones, las víctimas se percataban de la situación antes de llegar a los campos y trataban de salir de la camioneta. Y que, en esos casos, el hombre que estaba a cargo se bajaba, sacaba el arma y les apuntaba: acá no se baja nadie. Javier recuerda que llegaron a un poblado en la sierra y se detuvieron. Ahí les pusieron capuchas en la cabeza y los hicieron caminar por horas hasta que llegaron a un campamento rústico, donde durmieron en el suelo.Al otro día los levantaron al amanecer. “Nos siguieron diciendo que íbamos a cuidar vacas”, dice Javier en su declaración. Eso duró los 15 minutos que tardaron en llegar a un campo de amapolas, donde les explicaron en qué consistía su nuevo trabajo: rayar las plantas para extraer goma de opio. La chutama. Era lo que tocaba en esa época del año. Después, lo que hacían variaba según la temporada de cultivo, y se dividía en tres procesos principales: limpiar o preparar la tierra, sembrar, cosechar. Eso y una serie interminable de tareas físicas: talar árboles, cortar leña, cargar provisiones y fertilizantes, lavar, hacer escalones en la montaña, cavar pozos, buscar agua, llevar gente a otro campo. El objetivo era mantenerlos siempre trabajando, “hasta que no sirvieran”, cómo lo explicó otro de los rescatados.En su declaración testimonial, Javier calcula que en ese primer campamento había “como 80 trabajadores y seis vigilantes. Siempre andaban armados”. El número de personas y de guardias podía variar según la temporada y el tamaño del campo. Después de la cosecha, la cantidad llegaba a reducirse a la mitad o menos. Lo que no variaba para ellos era el hambre. Todos hablan del hambre. De la comida mezquina que les daban. En la mañana recibían un plato de sopa o de frijoles, lo mismo en la noche. A mediodía no podían almorzar. Para que no desfallecieran, les mandaban al “loquero”: un hombre que llegaba con una olla adonde estaban y les repartía un vaso con una mezcla de harina de maíz, agua y azúcar, a veces sal. A eso le llamaban “loco”, el engrudo que les daban para que pudieran aguantar trabajando hasta la noche. El hambre, con el tiempo, también vencía sus resistencias. Javier dice que muchos terminaban aceptando órdenes como esta: Dale unos tres garrotazos a este y ahí te va una soda o unas galletas. Y el que comía eso, haga de cuenta, se sentía como si estuviera aquí en la ciudad: se la tomaba delante de uno, las galletas ahí las masticaba, tomaba la soda”.Él nunca hizo eso, dice, por más hambre que tuviera. Eso de pegarle a otros.Yo qué me gano, pensaba. Los golpes eran el primer método de disciplinamiento. Cuando tenía que talar árboles con la motosierra, quemar partes del bosque, cargar costales o arar la tierra con un pico, el ritmo lo marcaba el garrote. “Cuando me rendía o algo llegaban y pinche garrotazo.Te estás quedando atrás.Un garrotazo”. También funcionaban las amenazas: si no hacía lo que le ordenaban, le decían que le iban a ‘dar agua’. “O sea, que me iban a sumergir en un charco de agua y me iban a tener dos, tres minutos ahí. Yo oí personas que así las tenían. Llegaban y ¿no haces caso?y lo bajaban ahí a un pozo y lo sumergían hasta que se ponía morado. Ya cuando se ponía morado entonces lo sacaban, con la culata del rifle le pegaban en el estómago y sacaban el agua y otra vez así”.A lo largo de la entrevista, Javier describe una vida marcada principalmente por el miedo y por el hambre, que se completaba con miserias cotidianas. Humillaciones. No los dejaban asearse a diario. Una vez al mes les repartían una pastilla de jabón blanco para 15 personas, los bajaban al arroyo y les daban una hora para bañarse, mientras eran vigilados por hombres armados. No les permitían hacer fuego para secarse, aunque el arroyo estuviese casi congelado. Vivían en harapos, con la ropa con la que habían llegado. Solo podían usar otra cosa cuando se la robaban a alguien del campamento o cuando otros dejaban algo tirado. A veces, cuenta Javier, si estaba desesperado por cambiarse, podía llegar a canjear una caja de cigarrillos por un pantalón destrozado.Con el paso del tiempo, algunos de su grupo se empezaron a escapar. En su declaración testimonial, Javier cuenta que lo intentó una vez, cuatro meses y medio después de llegar. “Por tantos abusos que sufrí, y aparte que nunca nos pagaron un peso, decidí escape el día 15 de enero de 2017, junto con otro compañero al que le decían el Témoris. Fue un día en la mañana”. La fuga duró poco: caminaron dos horas, llegaron a otro campamento y fueron recibidos por una persona “encapuchada, con cachucha de soldado. Él traía rifle”. Esa noche durmieron ahí. “Al otro día, ellos mismos nos levantaron temprano y nos llevaron a las tierras a rayar amapola”. Fue su primer y último intento. Después ya no se animó a hacerlo. Le daban miedo los animales salvajes, caerse de un precipicio en la noche, perderse en la sierra y morir de hambre, toparse en el camino con los ‘contras’… o que lo atraparan, lo devolvieran y lo castigaran. Javier cuenta la historia de otro hombre que le propuso escaparse y que logró llegar hasta el poblado más cercano, a unas tres horas a pie, donde los patrones compraban o recibían gran parte de sus provisiones. Yoquivo, se llama. Una localidad que, para 2020, según el censo más reciente de México, tenía 135 habitantes y 71 casas. El recién fugado entró en la tienda del pueblo con un celular en la mano y les dijo que se los daba a cambio de comida. Traigo mucha hambre. La historia termina con moraleja: el señor de la tienda le dice que espere —te voy a traer algo—, se mete para adentro y llama por teléfono a los patrones para que vayan a buscar a su esclavo descarriado. Javier recuerda que, como castigo, el hombre fue sumergido varias veces en el arroyo y después lo dejaron desnudo, amarrado a un árbol, hasta el otro día.Cuando no se animaba a escapar y el miedo no le alcanzaba para justificarse, Javier hacía cálculos del dinero que le debían. Porque incluso en esas condiciones creía que un día iban a pagarle. Era una ficción que sostenían todo el tiempo. Les ofrecían drogas, por ejemplo, y les decían que se las iban a “descontar” de los días trabajados.Un paquete de maseca lleno de marihuana eran 500 pesos, un gramo de coca… no, dos gramos de coca más o menos, y una caja de cigarros, eran mil pesosLa forma en que reconstruye su experiencia sirve para entender uno de los motores del reclutamiento forzado: por un lado, explotaban los problemas de adicción y de salud, la marginalidad y el desamparo de sus víctimas para engancharlas; por otro, la promesa de pago era verosímil y se mantenía siempre latente, porque así funcionaban los grupos que respondían a los cárteles en distintas partes del territorio, e incluso en los mismos campos donde ellos eran retenidos y maltratados.Javier estuvo el tiempo suficiente como para entender que las distintas tierras en las que trabajaban por esa zona — ocho, según recuerda— pertenecían a una misma familia, o que al menos existían lazos entre ellos, pero había jerarquías. Todos le rendían cuentas a una familia, que era la más poderosa. También había niveles dentro de la gente que traían a trabajar. Varios rescatados mencionan a grupos de personas —hombres y mujeres— que llegaban en tandas para la época de la cosecha, que eran tratados sin violencia, que se iban a sus casas después de un tiempo y les pagaban los días trabajados. Gente —en su mayoría de Sinaloa— que recibía el trato que les habían prometido a ellos.Cada vez que veía llegar y partir a gente nueva, Javier les pedía por favor que lo dejaran irse, que lo llevaran de vuelta. “Ellos me decían: no, te vamos a llevar, ya vas a salir”. Y le hacían cuentas. “Decían: no, tú ya tienes un buen billete, te vamos a pagar, ¿no quieres? O si quieres agarra tierras”. Y él decía que no, que quería irse, que extrañaba a su familia.“No quiero tierra, yo quiero que me saquen, quiero dar una vuelta por la casa, que me saquen de aquí ya. Yo les rogaba mucho. Mucho les rogaba”.Y entonces se deprimía, y soñaba que volvía a su casa y ya no estaba su esposa. Un par de veces consiguió que los vigilantes le prestaran el teléfono para llamar a su mujer a cambio de cigarrillos o de favores. Entonces la llamaba y le explicaba por qué no podía salir, pero le juraba que la próxima temporada le iban a pagar y él iba a volver a la casa con mucho dinero. Ella no le creía. Le preguntaba si tenía otra mujer. Lo amenazaba con buscarse a otro.Para sobrellevar el dolor, Javier hacía cuentas. “Mejor me ponía a pensar cosas, cuando salga de aquí con este dinero voy a hacer esto, con este dinero voy a poner esto, voy a comprar esto”. Esa idea, algunos días, conseguía incluso hacerlo trabajar con más ganas.“Yo soñaba con una casa, un mueble, pensaba yo. Soñaba todo este dinero para una casita, para comprarle ropa a los niños, para comida”.Por eso no supo qué sentir cuando lo rescataron. Estaba vivo, iba a ver a su esposa y a sus hijos, pero ya no tenía a nadie a quién cobrarle. La fantasía que le había dado sentido a su vida todo ese tiempo se desvaneció de golpe.“Fueron tres años que no vi a mi familia, tres años que no supe cómo vivieron”, dice ahora, encorvado sobre la silla, más de un año después de su rescate. “Fue mucho tiempo con tal de yo traer algo para ellos”. Volvió a su casa con las manos vacías. Con el orgullo más roto que aquel día en que se fue a las vías del tren desesperado por dinero. Dice que sus hijos mayores ya no le hacen caso, que le reprochan su ausencia. Que su esposa registró a su hijo más pequeño como madre soltera, y que ella también le echa en cara haberse ido. No sabe cómo hacerles entender lo que ya les ha contado: que lo retuvieron a la fuerza, contra su voluntad, que nunca quiso abandonarlos. Cada vez que su mujer toma, dice, vuelve a culparlo por lo que les pasó. Y él le repite que ya, que ya está, que no vuelva a empezar. “Para mí sería mejor no recordar nada”, dice Javier, casi al final de la entrevista, cuando le preguntamos qué quiere hacer ahora.El día que se difundió la noticia del rescate, en la fiscalía de Cuauhtémoc, los recién liberados esperaban su turno para cortarse el pelo, para llamar a sus casas o para que les tomaran sus declaraciones mientras llegaban funcionarios de comunicación y un par de periodistas de la capital del Estado que se habían enterado y consiguieron presenciar lo que estaba pasando.La dependencia preparó un comunicado que fue distribuido y retomado por la prensa de todo el país. “Rescatan a 21 hombres esclavizados por narcos en la Tarahumara”, publicó el diario La Jornada el sábado 13 de julio. El subtítulo: “Los tenían en cuevas en Ocampo y los obligaban a plantar amapola y mariguana”. Los sobrevivientes permanecieron al menos dos días en un hotel de la ciudad. Después quedaron en libertad para irse. Uno, que era jornalero en la recolección de nuez o de manzana, pidió apoyo para viajar al estado de Oaxaca; otro a Coahuila, donde estaba su hogar. Había dos más de otros estados: Guanajuato y Zacatecas. El resto venía de localidades de Chihuahua: de Meoqui, de Bachíniva, de Guerrero, de Guadalupe y Calvo, de Guachochi, de Delicias, de Madera y de la capital.“No somos un edificio que cuente con las instalaciones para albergar un grupo de personas de este tamaño”, nos dirá después el entonces fiscal a cargo de la zona serrana, Jesús Manuel Carrasco Chacón, cuando lo entrevistamos para esta investigación. “Sin embargo, todo el personal, conmovido por la situación, apoyó. Hubo empresarios de la localidad que apoyaron también”. Apenas se conoció la noticia, “empezaron a llegar incluso alimentos donados por gente de aquí de Ciudad Cuauhtémoc para apoyar a estas personas”. Carrasco contó que habían armado el operativo de rescate tras la aparición de los tres hombres en el entronque Las Estrellas seis días antes. Dijo que llevaba unos ocho meses tratando de ubicar aquel sitio, que “se conocían denuncias que se habían puesto en la capital del Estado por una supuesta retención de personas” que eran forzadas a trabajar en esa zona. Pero que no pudieron hallar el lugar hasta que se escapó alguien capaz de orientarlos con mayor precisión. “Nos costaba trabajo admitir, o asimilar, mejor dicho, que estuviera sucediendo esto en alguna parte del Estado”. Es decir: sabían de la existencia de aquel lugar, pero no terminaron de creérselo hasta que aparecieron nuevos escapados, que contaban lo mismo que los anteriores. “En las primeras intervenciones no se tuvo éxito”, dijo el fiscal Carrasco.“Primeras intervenciones” es una forma extraña de reconocer que, por más que les costara asimilarlo, las denuncias y testimonios sobre la esclavización de personas en la sierra existían desde hacía bastante tiempo. Incluso había personal que conocía aquel sitio donde acababan de encontrar a 21 hombres. Uno de los policías que participó en el operativo, por ejemplo, recordó que ya había estado en aquel lugar por un grafiti: una calavera rudimentaria con huesos cruzados y una advertencia —“No te arriesgues por tu bien. Abisa”— pintadas con aerosol rojo sobre una piedra, en lo que parecía ser la entrada principal al campamento base. Hasta allí llegó también una caravana con decenas de vehículos en 2018, en otro operativo de la fiscalía, pero esa vez se volvieron con las manos vacías.Roca donde alguien escribió la advertencia de no pasar a la zona donde estaban los campos de cultivo de amapola./ Foto: Especial“Es una de las sensaciones más frustrantes que he tenido en mi vida, porque fue una cosa súper cansada, y llegas y encuentras… encontramos un comal que todavía estaba caliente; brasas que se acaban de apagar. Entonces dijimos: nos vieron y se fueron. Pero, ¿por dónde? Era la incógnita”, nos dirá, tres años después de ese momento, la exfiscal Erika Jasso Carrasco. Hasta julio de 2018, Jasso estuvo en funciones como fiscal especializada en Control, Análisis y Evaluación en la Fiscalía General de Chihuahua. A veces le daban casos delicados, y tenía dos carpetas abiertas sobre desapariciones forzadas, entonces le pasaron a ella la denuncia de BAR. “Me avisaron que había una persona que había escapado de un campamento en la sierra”, explicó. “Él nos comentó que tenía aproximadamente tres años cautivo en ese lugar”.La exfiscal dijo que consiguieron convencer al hombre recién fugado para que los guiara hasta el lugar, y después describió un operativo similar al de 2019, pero un año antes: un convoy de unos 40 vehículos que salieron de madrugada, su paso por Yoquivo, un camino larguísimo de terracería y, allí donde ya no podían avanzar con las camionetas, una calavera y una advertencia pintadas en rojo sobre una piedra. En esa ocasión también se separaron en grupos, contó Jasso, y los dos equipos encontraron parte de la infraestructura que usaban para los esclavos. Un grupo caminó cerca de tres horas y llegó a un campamento. “Lo encontraron vacío, sin gente, pero con alimentos; había costales de maíz, costales de harina y cobijas, pero no había gente”, recordó. El otro grupo encontró el lugar donde dormían. “Otro campamento, pero dentro de una cueva. Una cueva muy, muy grande”. También estaba vacía. La pregunta era dónde se habían metido esos 30 hombres que, según BAR, se habían quedado allí cuando él escapó.Imagen del operativo realizado por personal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua en el año de 2018 y en donde no encontraron a ninguna persona./ Foto: EspecialUna hipótesis, dijo Jasso, era que se habían escondido en otras cuevas o túneles que existían en la zona. Otra, que alguien dentro de la propia fiscalía o de las fuerzas que participaron les habían avisado sobre el operativo. De todos modos, según la exfiscal, tampoco hacía falta una filtración, porque una caravana con decenas de vehículos era difícil de esconder y ellos no conocían la zona. “Desde que entramos a Yoquivo, los halcones avisaron que íbamos para allá. En cuanto vieron que llegamos, porque tuvieron que haber visto que llegamos, alguien avisó que ya estábamos ahí”. En cualquier caso, el resultado fue el mismo: no encontraron a nadie y empezaba a atardecer, así que se volvieron. Después, Jasso fue asignada a otras tareas y más adelante le quitaron sus funciones como fiscal. Al parecer, nadie volvió a pensar en los campamentos de trabajo forzado —ni en los esclavos— hasta que aparecieron otros tres hombres en Entronque Las Estrellas.Antes del operativo exitoso de 2019, e incluso antes del operativo fallido de 2018, ya existían denuncias sobre el enganche y la esclavización de personas en el mismo sitio de la sierra, con la misma forma de operar, ante la fiscalía. Además de los métodos de sometimiento y explotación física, los casos tenían algo en común cuando llegaban hasta las autoridades: aunque parezca insólito, ninguno era relacionado con el otro.A finales de 2017, una pareja rarámuri acudió a la fiscalía de la ciudad de Chihuahua para denunciar que sus dos hijos adolescentes estaban desaparecidos. Unos hombres los habían ido a buscar en camioneta al asentamiento urbano donde vivían; decían que los habían contratado para un trabajo en la sierra y desde entonces no sabían nada de ellos.Pasaron un par de meses hasta que la pareja tuvo algo de información, y fue gracias a otra víctima: un joven de 16 años que se había ido a la sierra con ellos consiguió escapar y les avisó que los dos hermanos habían sido detenidos durante la fuga. Les explicó que los tenían a todos cautivos sembrando droga. Ocho meses más tarde, el hijo menor —que tenía 18 años recién cumplidos—, consiguió fugarse. El mayor pasó un año esclavizado hasta que lo logró. Fue cuando lo “prestaron” como trabajador a otro campo. “Me pusieron de encargado, pues nadie me cuidaba a mí y ahí fue cuando nos escapamos yo y otros dos compañeros”, nos contó en agosto de 2021, cuando lo entrevistamos para este reportaje, en un asentamiento en la periferia de Chihuahua.Durante el año que estuvo cautivo en la sierra, nos dijo, llegó a conocer a chicos rarámuris de 14 y 16 años que estaban siendo explotados. Vio a gente perder la cabeza: eran los que más recibían golpes, o los que terminaban sumergidos en el arroyo con las manos esposadas.Había gente que se volvían locas, ya no sabían ni qué. Se los llevaban y ya no se sabía nada de ellos”.
Esclavos en la Sierra Tarahumara | Investigación Especial
Una investigación de Marcela Turati, Thelma Gómez Durán y Eliezer Budasoff, respaldada por 'Quinto Elemento Lab' y 'A Dónde Van los Desaparecidos', documenta redes de trata y trabajo forzado del narco en la Sierra Tarahumara, donde decenas de hombres fueron esclavizados en campos de amapola y marihuana













