Hay quien llega a los bolos buscando pasar una tarde distinta y quien termina encontrando una forma de vida. A María José Ballestín y Eliseo Rubio les ocurrió hace más de dos décadas, casi por casualidad, cuando un mal fin de semana de esquí les llevó a entrar en una bolera recién inaugurada en Zaragoza y, desde entonces, no se han marchado.
“Empezamos en forma de diversión, sin conocer a nadie, solamente con mi marido, y ahí empezamos a conocer a gente, nos gustó el ambiente y nos enseñaron a jugar”, recuerda María José. Era 1999 y aquella primera partida terminó convirtiéndose en una pasión compartida, en un club y en una rutina que todavía hoy estructura gran parte de su vida.
Ahora, mientras el 'bowling' vive un pequeño resurgir en Aragón, ambos contemplan cómo el deporte que llevan décadas defendiendo vuelve a ganar jugadores, recupera equipos y llena torneos. Sin embargo, también denuncian las dificultades estructurales que siguen arrastrando como la falta de ayudas, los elevados costes económicos y la creación de una federación aragonesa propia.
Tal y como remarcan, detrás de la imagen popular de los bolos como simple ocio de fin de semana existe una disciplina competitiva, técnica y exigente. “La gente piensa que es tirar fuerte y con puntería, pero detrás hay muchísimo más”, explica Eliseo Rubio, delegado de 'bowling' en Aragón y uno de los impulsores del Club Zaragoza.









