Ayer, a la hora de más calor de un día tórrido, pillé de milagro un taxi en una desierta calle madrileña a trasmano de todo y dije de carrerilla: “Buenas tardes, vamos a EL PAÍS, calle Miguel Yuste, 40, perpendicular a Julián Camarillo”. Al oírlo, el conductor, un tipo más o menos de mi quinta que me había hecho la autopsia en vida por el retrovisor mientras me subía a bordo, se giró cual íncubo y me espetó a la jeta como si le hubiera mentado a sus muertos: “Qué, ¿se ha fugado ya a Dubai vuestro amigo Zapatero?“. Impresionante, el nota. En un microsegundo, me había identificado, hecho la ficha, colgado el correspondiente sambenito y creído con derecho a imputarme el delito de pensar al dictado de parte. Nada del otro jueves. A los periodistas nos va en el sueldo, y en la firma, defender nuestra honestidad profesional con nuestro trabajo. El problema es que esa desfachatez y ese desahogo de meter a todas las manzanas en el mismo saco donde puede haber una podrida está ahora mismo envenenando a muchas familias, amigos y trabajos. Así, estos días, personas honradas, socialistas de buena fe con o sin carné que tenían al expresidente como referente ético y que, a la vista del sumario del juez Calama y los joyones de Sonsoles expuestos al escarnio público, se debaten entre la prudencia, la vergüenza, el desánimo, la decepción y la desconfianza, tienen además que justificarse como si los presuntos delincuentes fueran ellos. Y no. Entre poner la mano en el fuego y dictar sentencia sin juicio caben todos esos sentimientos. Y, por el momento, todos son legítimos. Por terminar la historia del taxi, que sé que están en vilo, solo diré que, cualquier otro día, hubiera aprovechado los 40 minutos del trayecto para defenderme a mí y a todos mis compañeros, a mí la primera, de las insidias del taxista. Pero, ayer, entre la calorina propia del cambio climático y los sofocos de mi propia debacle de estrógenos, aproveché que llevaba abanico para ponerme flamenca. Le dije que a mí, por opinar, me pagan. Le ordené parar. Le pagué los tres pavos del taxímetro. Le exigí el tique oficial para que perdiera más tiempo y, solo entonces, nos bajamos mi orgullo y yo a esperar a que pasara otro taxi bajo la solanera. Veinte minutos tardó el condenado. Casi me derrito, pero me quedé más ancha que larga. Al final voy a tener que darle la razón a mi amigo Rafa, un militar retirado cuyo padre, oficial republicano, fue salvado de la cárcel por su propio hermano fascista tras perder la guerra. “No creo ni en las personas ni en las siglas, sino en los valores y las ideas”, contesta, estos días, a quien le importuna con el zapaterismo. Pues eso. Y Zapatero, a sus zapatos.