No llegaba el Giro de Italia a Andalo desde 2016, hace ya diez años, cuando Alejandro Valverde comenzó a relamerse entre la pared humana agolpada en el último kilómetro de la etapa, ruido ensordecedor contra las vallas, antes de evaporar a Ilnur Zakarin y anclarse a la rueda del líder, Steven Kruijswijk, a quien arrancaría las pegatinas para conquistar, brazos en alto, uno de esos finales de inmejorable diseño para sus piernas, tan únicas, tan ganadoras.Una década después, la suerte no sonríe de igual manera a los ciclistas españoles en las verdes laderas de los Dolomitas.Tras una mañana de perros, decenas de corredores ajenos a la lucha por la general buscándose el pan bajo un clima cambiante —chaparrón, sol, fuerte tormenta, de nuevo sol—, cerca de una treintena de hombres forman la fuga del día. Entre ellos, cuatro españoles: Igor Arrieta, vencedor hace dos semanas en Potenza, los telefónicos Juanpe López y Enric Mas, y el veterano David de la Cruz, que a sus 37 años, tercero ya en el Q36.5, es el mejor español en la general, decimocuarto, a un cuarto de hora de Vingegaard y a más de cinco minutos del top-10.Fructifica la escapada gracias al beneplácito de Jonas Vingegaard, que en el albor de la jornada alza la mano, soberano, y ordena aminorar el ritmo del grupo. El pelotón obedece al danés, como le obedeció la organización el pasado domingo, cuando Vingegaard se acercó a uno de los coches de dirección de carrera lamentando el estado del asfalto en el circuito de Milán, suficiente para que los tiempos de la general quedaran neutralizados en la capital lombarda.No hace falta en los Dolomitas neutralizar los registros, pues ninguno de los hombres de la general hace acto de presencia. En el autocar del Visma sonríen encantados. Un día más es un día menos para descorchar el champán de rosa junto al Coliseo.Entre tanto, la fuga se aproxima con suficiente ventaja a Andalo, allí donde, como Valverde, ganó antes Eddy Merckx, 21 días de rosa sin interrupciones en la primavera de 1973. A 15 de la conclusión se dibujan, pues, dos realidades: delante, una batalla sin cuartel, decenas de fugados luchando por un mismo objetivo, como en la mejor de las clásicas otoñales; detrás, un lento transcurrir hasta meta, pacto de caballeros sobre el sillín, ruina para el espectador al otro lado de la pantalla.El valeroso Einer Rubio, del Movistar, lo prueba por segunda tarde consecutiva. Le sigue Michael Valgren, perro viejo, clasicómano de enjundia, pero sin victorias en las grandes vueltas. Ambos ganan margen, pedaleo agresivo, pero a dos del final reciben compañía. Vlasov, Leknessund, Caruso y de nuevo Arrieta ingresan en el selecto grupo del que, ahora sí, saldrá el ganador. Se suceden los ataques, prueba y error, ajetreo incesante, y cuando la igualdad parece conducir a una llegada grupal, salta la sorpresa.A 1200 metros de la llegada, justo cuando más se disparan las dudas y los miedos a regalar esfuerzos, Valgren, a quien parecen faltarle las fuerzas para un hipotético esprint, ve el parón general y se lanza. El veterano del EF se agarra de abajo, como Valverde, como Merckx, y no mira atrás hasta las calles de Andalo. Sus compañeros de aventura no reaccionan, mentes aún pergeñando posibles soluciones tras 200 kilómetros en las piernas. Y lo ven en meta. Gloria para el danés, que al fin sonríe en una grande y besa un amuleto sacado del bolsillo. “Es una bola Pokémon que hizo mi hijo para un trabajo del colegio”, aclara. “Me lo regaló y siempre lo llevo conmigo”.