Imaginaba seguro la organización del Giro de Italia otra realidad cuando diseñó meses atrás la etapa reina de esta edición. Aún quedaba tiempo para recibir el nuevo año, pero la presencia de Jonas Vingegaard ya se daba por hecha en RCS, el conglomerado editorial que organiza la corsa rosa. Corría incluso el rumor de que, alejado una vez más de la Vuelta por la compresión de fechas entre la ronda española y el Mundial, Tadej Pogacar valoraba un regreso a los Alpes en mayo. Duró poco, eso sí. Floreció la primavera y solo uno de los dos grandes vueltómanos de la década se presentó en Bulgaria, grande partenza del Giro. Y con ello, la incógnita por el triunfo final se desvaneció como un castillo de naipes.Hizo todo por prolongar el misterio el portugués Afonso Eulálio, líder durante nueve jornadas consecutivas tras una larga fuga en la lengüeta de la bota junto a Igor Arrieta, quien resultó triunfador en el desenlace más cinematográfico de todo el Giro.Superada la aventura del inesperado outsider, como ya sucediera con el australiano Ben O’Connor en la Vuelta de 2024, cuando portó el rojo de líder durante dos semanas hasta morir en la orilla ante el favorito Primoz Roglic, Vingegaard aporreó la puerta en el valle de Aosta y se vistió de rosa para aplanar a cada pedalada el camino hacia la gloria final en Roma.Solo queda espacio en Alleghe, paisaje desmpampanante en los soleados Dolomitas, estampa cuasi onírica, para que Sepp Kuss triunfe este viernes en el alto Piani di Pezzè y, con el beneplácito de su colega Vingegaard, esta vez Rey justo, escriba su nombre en el libro dorado del ciclismo como el 116º hombre capaz de alzar los brazos en las tres grandes vueltas por etapas.Se lamenta por detrás Giulio Ciccone, que continúa enfadado con el mundo pese a liderar la fuga del día y pasar antes que nadie por la cima Coppi, la cota de mayor altitud de cada Giro, ubicada esta vez en el Passo Giau (2.236 metros sobre el nivel del mar), condición que le permite superar a Vingegaard, ahora sí, como líder de la montaña. Tampoco sonríen los escaladores que, uno a uno, cruzan la meta tras Kuss. Solo tiene motivos para ello Jai Hindley, que con la maglia rosa vista para sentencia, se ancla a la rueda de Felix Gall y le birla el tercer cajón del podio a Thymen Arensman, ahora 30s por detrás, pero tampoco logra el australiano del Red Bull transmitir alegría, tal vez el cansancio, tal vez la cautela. El deseo por llegar a Roma, horno húmedo antes incluso de inaugurar el verano, domina el sentir del pelotón. No llega bajo el sol a Piani di Pezzè el ecuatoriano Jhonatan Narváez, que camino al autocar del UAE tras la etapa del jueves sufre un percance y se daña las cervicales hasta el punto de verse obligado a abandonar. Vía libre para que Paul Magnier vista el púrpura ciclamino, tensa pelea hasta hace unas horas, también evaporada ahora. Solo un zafarrancho este sábado rumbo a Piancavallo podrá animar el asunto, con el podio como telón de fondo, quizá la lucha por el maillot blanco —Eulálio es el mejor joven, con Davide Piganzoli, del Visma, a 1m03s del luso—. Una cierre de carrera, en esencia, lejos del frenesí que tanto ansía RCS.