Al fin vestido de rosa, prenda para los grandes elegidos, Jonas Vingegaard besa por cuarta vez la instantánea familiar que luce en su manillar, esta vez en lo alto de Carì, verdes praderas en las laderas de los Alpes suizos, y celebra a placer, sabedor de que solo el infortunio, la caída o la enfermedad le podrán privar ya de su primer Giro de Italia, vencedor en ciernes, tras el Tour y la Vuelta, de las tres grandes vueltas por etapas.No vendrá el cambio de guion desde dentro del pelotón, donde un buen puñado de aspirantes decide abrazar la regularidad, sempiterna promesa de éxito en el Giro, una carrera marcada por la dureza y las inclemencias meteorológicas, y rechazar sin reparo cualquier sentido del espectáculo. El resultado, un líder muy destacado, destacadísimo, lenta espera la suya hasta besar el trofeo Senza Fine junto al Coliseo romano, y una larga ristra de vueltómanos de renombre, todos ellos lejos del primer escalafón mundial, midiendo esfuerzos por detrás, calculadora en mano, en la fría pugna por el podio.El día en el que se cumplen nueve años del último triunfo en el Giro del ausente Mikel Landa —gloria en Piancavallo, allí donde alzó los brazos Pantani en el 98 y donde el misterioso Geoghegan Hart enfiló su triunfo en el curso de la pandemia—, la mañana arranca con dificultades para formar la fuga, más si cabe en un recorrido corto, solo 113 kilómetros hasta alcanzar la meta.Triunfa el telefónico Einer Rubio, ganador de etapa en el Giro de 2023, también en Suiza, en la estación de Crans-Montana, que se escapa en cabeza junto a Chris Harper, el ciclamino Jhonny Narváez y un Giulio Ciccone enfadado con el mundo. Resiste el cuarteto hasta poco antes del esprint bonificado, a 13 de la conclusión, cuando primero Narváez y luego Ciccone se sientan por voluntad propia, dimitiendo de una fuga condenada al fracaso.Por detrás endurece el equipo Decathlon, algo que si bien levanta alguna ceja en la cunetas, donde ven una alfombra roja para el Visma de Vingegaard, tiene explicación, acertada o no: Gall, tercero en la general, quiere alejar de su rueda a quienes considera sus verdaderos rivales por el podio, Arensman y Hindley.Devora el grupo a los fugados y todo explota a seis de la cima, ya en plena ascensión, cuando el italiano Piganzoli, compañero de Vingegaard en el Visma, regala su último esfuerzo y propulsa al danés hacia el triunfo en solitario, incapaces Gall, Arensman, Hindley o Bernal de seguir al portador del rosa. Tampoco lo buscan, todo sea dicho. Su batalla es otra. Y eso sí se empeñan en demostrarlo. El acelerón, eso sí, se lleva por delante a Pellizzari, irreconocible en lo que va de carrera, y al soñador Afonso Eulálio, que pierde el podio pero se aferra al poso que su aventura dejará en la memoria de los aficionados.Gana Vingegaard tras azuzar con más fuerza que nadie el plato grande —el único con el que asciende estos días las exigentes rampas del Giro— y más de un minuto después Gall acelera ya en el tramo vallado, para arañar tiempo a sus iguales. Lo consigue, 2s a Hindley y 5s a Arensman, adrenalina con red de seguridad. El podio les aguarda en Roma. La gloria, de momento, debe esperar.