La semana que había arrancado en la punta de la bota, la Italia que se pringa los dedos frente al mar con vísceras de ternera, salsas y pimientos fritos, termina en los bosques y verdes pastos de los Apeninos boloñeses, zona de caza, trufa blanca y castañas en la que Jonas Vingegaard, inalterable favorito a la general del Giro, besa por segunda vez la instantánea familiar de su manillar antes de cruzar la meta de Corno alle Scale como vencedor de la etapa.Coge poco a poco la carrera el tono que estimula al danés del Visma, triunfador parcial ya en las tres grandes rondas ciclistas que, en la jornada más Vuelta de este Giro, toda la pólvora para el final, festival unipuerto, se agazapa a rueda de Felix Gall hasta que la lógica cae por su propio peso en los últimos metros de la ascensión, cuando, todo de azul, maillot de líder de la montaña, deja atrás al valeroso austriaco del Decathlon y coloca otra piedra más sobre las aguas que le separan de la maglia rosa.En el verdor absoluto de Corno alle Scale, asfalto irregular y rampas con porcentajes de doble dígito, Vingegaard se mueve como pez en el agua. Le basta al danés con seguir el ataque de Gall a dos kilómetros de la conclusión, y ambos engullen a Einer Rubio primero y Giulio Ciccone después, los dos últimos supervivientes de la fuga del día. Aparta el italiano del Lidl a los tifosi a codazos, frustrado por ver el intento de escapada diluido cuando más fuerte bombea la sangre, y caen a plomo por detrás Enric Mas y otro Giulio, Pellizzari, abatidos antes incluso de comenzar la parte dura de la ascensión.Defiende el rosa como gato panza arriba el todavía líder, Afonso Eulálio, que acabará perdiendo la codiciada maglia, pero es listo, y sabe que su batalla no es esa, sino la de abordar en Roma uno de los tres cajones del podio, y en las rampas finales toma un puñado de valiosos segundos respecto a sus verdaderos rivales por tal empresa: Jai Hindley, Ben O’Connor, Michael Storer, Mathys Rondel o el propio Pellizzari.No se coronaba la estación de esquí boloñesa desde el Giro de 2004, cuando Gilberto Simoni, triunfador en dos de las tres ediciones anteriores, tomó el liderato en la tercera etapa tras ganar por delante de su entonces gregario Damiano Cunego, quien, con 23 años y solo dos en el profesionalismo, terminaría alzándose como vencedor de la carrera frente al Duomo de Milán. No parece que más de dos décadas después Jonas Vingegaard vaya a verse sorprendido con un desenlace similar, pero el joven Eulálio, 24 primaveras, hace todo por, al menos, disfrutar del trayecto.“No queríamos ir a por la etapa, pero hemos visto que Decathlon se ha puesto a trabajar y siempre está bien ganar en el Giro”, admite Vingegaard, serio y con la mente a caballo entre la propia ronda italiana y el Tour de Francia. “Llegados a este punto, estamos donde queríamos estar en la general”, añade el danés antes de la segunda jornada de descanso, preludio de la contrarreloj del próximo martes, 42 kilómetros de vatios con el plato grande a orillas del Mediterráneo.