Puede que la etapa tuviera 160 kilómetros, pero era llana hasta la ascensión a la estación de Limone Piemonte, Alpes italianos, verde por doquier, tropecientos aficionados en las cunetas con jersey y paraguas porque la lluvia hizo acto de presencia, 10 kilómetros con una pendiente media de 5,1%, pero rompedores los dos últimos, ya con rampas del 10%. Era la prueba del algodón de la Vuelta, la primera criba que definiría quién quiere el cetro, quién puede hacerle sombra al gran favorito, a Jonas Vingegaard, quién tiene piernas y ambición. Se postularon Ciccone, Bernal, Gaudu, Almeida, Pidcock, Ayuso, Gall, Hindley... Pero nadie pudo con el danés, que sacó aire de donde no lo había, que encontró la fuerza que pareció no tener, que se marcó un sprint tremendo, bamboleo de la bici y del cuerpo, menos de medio tubular sobre un Ciccone que se quedó con las ganas de festejar en su tierra. Pero la ley y los mandamientos, como se suponía, es cosa de Vingegaard.
Todo comenzó en Alba, localidad coqueta en los albores de Turín, que se colapsó de buena mañana, toda vez que fueron miles los aficionados que se acercaron al punto de partida de la segunda etapa, donde los ciclistas repartían autógrafos y en bastantes ocasiones se vieron obligados a bajar de los autocares ante los cánticos persistentes de los niños, sobre todo a los italianos, pero también a los buenos de verdad, a los que aspiran a dejar su nombre en esta carrera. Familias enteras, jóvenes, perros, bebés, todos unidos alrededor de las bicicletas por un día, pues Alba es más bien reconocida por su producción de trufas blancas, oro gastronómico, además de por su vino Barolo y la fábrica de Ferrero, tan próxima que, cuentan los lugareños con ironía, cuando la bruma se apodera del lugar y se respira menos aire puro, el olor de la Nutella impregna tanto la ciudad que basta con colocar las tostadas en la ventana para degustar el famoso chocolate. El triunfo de etapa, en cualquier caso, se lo llevó Vingegaard con un último bocado delicioso.














