La ciencia de la longevidad lleva años buscando relojes capaces de medir la edad biológica de los organismos: no la que marca la fecha de nacimiento, sino las huellas moleculares que deja el deterioro celular con el paso del tiempo, con la aspiración de entender esos procesos para frenarlos o revertirlos. Un potente estudio publicado este miércoles en Nature ha dado un paso relevante en este camino al analizar más de 11.000 perfiles de actividad genética de tejidos de cuatro especies de mamíferos, incluidos los humanos, y concluir que comparten firmas moleculares del envejecimiento y la mortalidad.Además de construir un nuevo reloj biológico, los autores lo han vinculado a algo más ambicioso: han desarrollado modelos capaces de leer en la actividad de los genes una señal asociada a la edad cronológica, la mortalidad esperada y los efectos de intervenciones que en animales acortan o prolongan la vida. En otras palabras: cuanto más envejecido está un tejido biológicamente —lo que no siempre se corresponde con la edad cronológica— más cerca está de la muerte. Y este nuevo reloj es capaz de predecir con bastante exactitud esta mortalidad: no en una persona concreta, pero sí en cuanto a riesgos y tendencias desde un punto de vista estadístico.El trabajo propone una herramienta para medir cómo envejecen distintos tejidos y qué procesos celulares —inflamación, función mitocondrial, organización de la matriz extracelular— pesan más en ese deterioro.No existe un “gen del envejecimiento”. Hay una constelación de señales que se han identificado como marcadores del deterioro a través de 11.000 transcriptomas: la lectura de todas las instrucciones que se están ejecutando en una célula en un momento concreto. Mencionan varios genes en los cuales los autores identifican una actividad que aparece asociada a envejecimiento, mortalidad y enfermedades crónicas en distintos tejidos y especies. En humanos, sus proteínas se relacionan con mayor mortalidad y multimorbilidad. ¿Para qué sirve este descubrimiento? A muy corto plazo nada cambiará, pero abre la puerta para medir en la rutina clínica estos marcadores de envejecimiento y actuar sobre ellos a través de hábitos de vida, terapias génicas (algo más complicado) o con fármacos que puedan frenar el deterioro. Algunas de estas intervenciones ya han sido probadas en roedores. Fármacos como la rapamicina o estrategias como la restricción calórica, que en modelos animales se han asociado con una mayor longevidad, también dejan una huella detectable en los relojes desarrollados por los autores. Ninguna de las dos aproximaciones ha mostrado efectividad, por el momento, en humanos.Mario Fernández Fraga, que trabaja en líneas parecidas de investigación en el CSIC, apunta que, aunque había muchas investigaciones y trabajos relacionados con los relojes de envejecimiento biológico, nunca se había hecho de forma sistemática con tantas muestras y en varias especies distintas: ratón, rata, macaco y humano.La aportación más relevante, en opinión de este científico, es conceptual: “Lo que más impacto tiene es que identifica módulos moleculares de envejecimiento. Si hablas de envejecimiento de forma muy general, seguramente no sea correcto. Hay uno inmunológico, otro metabólico, y esos procesos no ocurren igual en todos los tejidos. Y estos procesos son influidos por estilos de vida, como dieta o restricción calórica”.Esa arquitectura modular ayuda a interpretar por qué no todas las intervenciones actúan igual. La restricción calórica, por ejemplo, se refleja sobre todo en módulos metabólicos. Otros factores pueden pesar más sobre los inflamatorios. “Casi ninguna de las intervenciones es universal para ralentizar todos los módulos”, apunta Manuel Collado, investigador del CNB-CSIC en el Centro Singular de Investigación en Medicina Molecular y Enfermedades Crónicas (CIMUS) de la Universidad de Santiago de Compostela. A su juicio, esa es una de las ideas más útiles del trabajo: el envejecimiento no avanza como un bloque compacto, sino como un conjunto de procesos que pueden deteriorarse, frenarse o acelerarse parcialmente. “Es como una especie de conjunto de módulos distintos que, de manera más o menos simultánea, van progresando hacia el deterioro”, explica.Collado destaca otro avance que apunta la publicación: “No estaba tan claro que fuese posible revertir, es decir, pasar de un estado de envejecimiento molecular avanzado a uno más temprano”, señala. El trabajo encuentra señales de esa reversión en modelos muy concretos, como la embriogénesis temprana —el proceso por el que un nuevo organismo empieza con el marcador biológico prácticamente a cero— y la reprogramación celular. Esto es solo una puerta abierta a intervenciones, que hoy por hoy quedan muy lejos de la clínica. No parece posible interferir directamente en los genes que cambian en los procesos de envejecimiento. Como recuerda Ana O’Loghlen, del CIB Margarita Salas-CSIC, tocar uno de ellos provocaría “directamente cáncer”, por lo que “no tiene sentido” pensar en intervenciones genéticas a partir de la publicación.Su utilidad, en opinión de Salvador Macip, catedrático de Medicina Molecular en la Universitat Oberta de Catalunya y en la Universidad de Leicester, es que a medio plazo contribuye “de forma sustancial” a diseñar un panel de marcadores que se puedan medir para predecir envejecimiento, si se está acelerando, o si las intervenciones lo frenan. “Es un paso para tener un análisis de sangre que nos diga cómo estamos de viejos, si el deterioro es mayor en el hígado, en los músculos, en el cerebro, y aplicar lo que se sepa y los nuevos fármacos que puedan llegar”, resume.El estudio no es una revolución aislada, sino una capa más para entender los procesos que dan lugar al envejecimiento celular. Las técnicas más extendidas hasta ahora eran los relojes epigenéticos, un biomarcador que permite estimar la edad biológica analizando los niveles de metilación del ADN (una marca química que puede cambiar la actividad de los genes sin alterar la secuencia genética).Una encuesta entre asistentes a un congreso de biología del envejecimiento mostraba hace apenas dos meses que no hay consenso entre los expertos a la hora de definir qué es, si se trata de una enfermedad, cuándo comienza o si es posible ralentizarlo solo o revertirlo. Para Collado, “este estudio deja bien claro que hay una base biológica universal que se puede describir, acotar y medir”.