27/05/2026 06:00 Actualizado a 27/05/2026 08:57 Recuerdo que fue Cristina Jolonch, mi jefa, quien me lo anunció. Estábamos cenando en Franca con Alatz Bilbao de Bakea. Como tantas otras veces mencioné L’Horta al hilo de algún asunto de la conversación, y como tantas otras veces insistí en las ganas que tenía de volver a Tavertet. Cristina me miró con lástima: “Ha cerrado, Toni… ¿No lo sabías?”. No lo sabía.Y aunque sí sé que Jordi Coromina sigue cocinando más cerca de su casa, en el Thymus de Manlleu, haber perdido para siempre aquel pequeño templo en el peñasco que contempla los pantanos de Sau y Susqueda deja un vacío que nos devuelve a nuestra pequeñez y a nuestra finitud. Y que me grita con cierta desesperación: ves a Manlleu cuanto antes, Toni, nunca se sabe…Sólo estuve una vez en Tohqa y fue una epifanía. Recuerdo que charlando al final del almuerzo con Edu Pérez le dije que no era capaz de saber si su cocina me había gustado o no, y esa extrañísima sensación, entre la placentera repulsión y el asco agradabilísimo, todavía me persigue. Pensé tantas veces en regresar a desentrañar el misterio que llegué a creer, con la fe ingenua de los simples, que Tohqa era eterno. Tan lejos, pero tan siempre. Un día Edu se cansó con razón del pragmatismo esterilizante, y de la permanente obligación de mostrar sus llagas a los incrédulos, y cerró la puerta de su patio para dejarme huérfano una vez más.Restaurante vacíoGetty Images/iStockphotoSeguro que Edu vuelve y seguro que engendra un nuevo misterio, pero el umbral de aquella casa del Puerto de Santa María no volverá a ser traspasado.No creo que pueda recuperarme nunca del final de Zuberoa. Como es imposible acostumbrarse a vivir en Barcelona sin Vinçon. Hay restaurantes, muy pocos, que alcanzan ese nivel del que hablaba Borges cuando se refería a los escritores, el de conseguir una voz que siendo personal es ya de todos, como la de Shakespeare.La pandemia se llevó el Barri de Albert Adrià, que era como el País de Nunca Jamás de la alta gastronomía (a propósito de restaurantes que ya no existen, uno que no ha cerrado nunca es elBulli mientras Albert siga imaginando imposibles). El Barri era el lugar al que todos nos queríamos ir a vivir, y ya no.La muerte de un restaurante querido, o importante, es casi siempre una tragedia, pero la muerte del restaurante al que acudes la mitad de las noches de tu verano en la isla desierta no tiene comparación posible en términos de dolor y ausencia. El verano, las vacaciones de verano, son una patria inventada que nos permite vivir una existencia sutil y aérea, hecha de hábitos mínimos que construyen una arquitectura que nos acoge. Cualquier quiebra de ese refugio genera un desamparo irreparable. Una leve niebla gris se instala en el mundo y ya nunca más desaparece. Y no queda más remedio que vivir en esa turbia y espesa realidad.Lee tambiénAlguna vez me preguntaron a qué restaurante iría a comer cada día, si es que eso es posible. Contesté que a la Taberna Sant Julià, en Campos, Mallorca, donde Adolfo atendía una parrilla modestísima de la que surgían sin interrupción rebanadas de pan mallorquín torradas y frotadas con una tomatiga de ramellet tan cárnica y tan fresca y tan de otro mundo que cualquier ingrediente modestísimo que se le añadiese se transformaba en maná. Aunque lo mejor era tomarla sola, aún caliente, aún fresca, aún inocente. Después de muchos años la espalda de Adolfo amenazó ruina, y la imposibilidad de encontrar personal, esa pesadilla del oficio, hizo el resto. A la relatividad del tiempo que nos sugirió Einstein, habría que añadir la del espacio, que experimentamos tan a menudo. Es increíble cuánto trozo de la isla representaba para nosotros ese pequeño patio de mandarinos y limoneros.La muerte de un restaurante se parece a la desaparición de un idioma, que no implica tan solo la pérdida de una gramática y un vocabulario, sino de todo un sistema profundamente humano de comprensión del mundo, que ya es irrecuperable.O al misterio de esas casas en ruinas que nos describe estos días el editor Jordi Nadal desde su whatsapp mientras camina hacia Santiago: “Una casa cuando se derrumba impresiona profundamente. Se ha perdido el mundo, del cual no tienes ninguna noticia. La casa destruida es el testimonio de ese hundimiento.”Una vez comparé Zuberoa con la verdad. Se habla tanto de la verdad… Quizá más que nunca. La reivindican quienes menos deberían, desde Trump con su Truth Social, al New York Times con sus eslóganes: “The truth is more important tan ever”, “The truth is worth it”. Yo creo más en las verdades: momentos, lugares, personas, ideas que trasladan una sensación inefable pero indudable de autenticidad. Eso es lo que desaparece cuando muere un restaurante.La edad me hace sentir con demasiada nitidez la presencia de los límites. Del mismo modo que visitar una librería me produce la angustia de certificar la infinita cantidad de libros que no alcanzaré a leer, visitar algunos restaurantes muy queridos, o muy deseados, me hace pensar demasiado a menudo en si esa será la última vez. Lo sentí hace poco en Alameda, en Fuenmayor. Y desde luego siempre en Etxebarri. Aunque también es cierto que esa sensación te conduce al agradecimiento de haber podido disfrutarlos. Borges lo describe con su frialdad emocionante en un poema que se titula, obviamente, Límites: “Si para todo hay término y hay tasa y última vez y nunca más y olvido ¿quién nos dirá de quién, en esa casa, sin saberlo nos hemos despedido?”