Materiales locales, tradición autóctona, reciclaje de edificios existentes, sostenibilidad, investigación sobre recursos agrícolas de la región de la Camarga francesa y compromiso social. Ese era el programa que recibieron los arquitectos del estudio británico Assemble y del belga BC Architects. ¿El objetivo? Hacer de un antiguo depósito, un garaje de trenes en Arles, un laboratorio de diseño: el Atelier Luma.El laboratorio creativo ocupa hoy los 2.700 metros del antiguo almacén del siglo XIX. La transformación ha empleado, efectivamente, materiales km0 locales como algas, sal, semillas de girasol y fibra procedente de la cáscara de arroz, el mayor cultivo local. Estructuralmente ha convertido la antigua nave en una calle, una gran plaza o unas oficinas abiertas que son, a la vez, un laboratorio, un espacio de trabajo y un local flexible en el que se pueden organizar presentaciones y exposiciones.Si la flexibilidad es el gran logro del espacio, su tamaño facilitó esa conquista. Por eso el reto arquitectónico va más allá de la organización del espacio y se convierte aquí en un trabajo artesanal. Los muros de piedra existentes y la estructura metálica original fueron saneados. A partir de esa carcasa, los arquitectos trabajaron con materiales orgánicos, y con proveedores y artesanos locales para levantar muros de tierra y tratar las maderas de los acabados internos. De esta manera, la propia arquitectura del laboratorio de diseño se convirtió en su primer experimento. El Atelier Luma es un espacio de indagación que aúna investigaciones técnicas —sobre sistemas acústicos o aislamientos climáticos— con trabajos de búsqueda y catalogación de materiales locales y con una parte de producción artística y artesanal. Por eso la cáscara de arroz o las semillas de girasol —empleadas como aislamiento— encontraron en el centro un lugar donde poner a prueba su potencial aislante para observar sus consecuencias, optimización y durabilidad. Más allá de los productos agrícolas de la región, el polvo de piedra, procedente de las canteras locales, se utilizó en el edificio para levantar muros de tierra, para enyesar paredes e incluso para construir piezas de mobiliario. La madera se selló con aceite de índigo y con las antiguas tejas de la cubierta (casi todas rotas) se produjo un nuevo pavimento de terrazo. La reconversión del depósito de trenes en taller de investigación dio trabajo, durante dos años, a 15 contratistas locales que compartieron su conocimiento con los alumnos de escuelas de artes y oficios de la zona. Así, el laboratorio buscaba regenerar un edificio y a la vez, los oficios y el conocimiento necesarios para construir de manera local, sostenible y no industrializada. El Atelier Luma es un laboratorio de pruebas técnicas que ha hecho de su arquitectura un espacio experimental tanto en el contenido como en el contenedor.