En democracia la justicia, como indica la imaginería, debe ser ciega, es decir, en ningún momento tendría que considerar el origen social del acusado, sus riquezas o su vinculación a determinados grupos de poder.
En teoría, ha pasado mucho tiempo desde que Hammurabi dictó su código, un compendio legal en piedra que era absolutamente cruel pero que probablemente sea el primer corpus penal de la historia. Ha pasado tiempo, sí, mucho, pero no para todos, quienes expulsaron a los moros después de ochocientos años de convivencia, quienes se hicieron con el brazo incorrupto de Santa Teresa y aún lo conservan, quienes perdieron las tres primeras guerras carlistas pero ganaron la cuarta a sangre y fuego parecen decididos a demostrarnos a todos con los mismos procedimientos que aquí sólo hay una forma de vivir, que no es otra que la que ellos dicten en cada momento.
Después del trágico gobierno Aznar, donde todas las corrupciones fueron posibles, llegó Zapatero y quiso ampliar los derechos de los españoles
Franco murió en la cama mientras la mayoría de los españoles se daban hostias por un pedazo de tortilla o un pasaje para Alemania, mientras la mayoría de las calles de nuestro país ni siquiera tenían pavimento, mientras se glorificaba la excursión al mar para un día en un seat seiscientos cargado por dentro y por fuera. Vino la transición, mucha gente murió en las calles pidiendo libertad, más de seiscientas personas. ETA mataba porque no sabía hacer otra cosa.









