¿Cuánto tiempo puede vivir una sociedad amordazada herméticamente? ¿Cuánto tiempo resiste la lógica perversa que encierra todo totalitarismo? El tiempo se ha detenido sobre la vieja isla caribeña. No ahora, lleva haciéndolo décadas. Sobre todo, tras el derrumbe de la Unión Soviética. Solo el juego de los intereses de una diplomacia ciega le ha permitido sobrevivir hasta que la tenaza cerró las vías venezolanas. Aplastar la libertad, la esperanza, las ilusiones de una sociedad y un pueblo dura unos años y se impone por dos vías: la fuerza y el miedo. En el caso de Cuba, ha durado décadas. Muchas. Demasiadas. Y la historia no absolverá ni a la dictadura ni a los dictadores. Fidel Castro llenó como nadie la historia de las últimas cuatro décadas del siglo XX. Castro murió en la misma fecha en que se cumplían seis décadas de que, a bordo de un pequeño yate, el Gramma, inició la aventura o la odisea que lo llevaría a él al poder y a la isla a vivir en un perenne paréntesis de revolución, de marxismo aterciopelado por los militares, de castrismo propio y de mucha miseria, falta de libertad y un silencio agónico mientras la gerontocracia, la familia y las altas graduaciones han seguido una suerte bien distinta y cerrado cualquier fisura de apertura. Ninguno de los Castro está hoy en el poder, y Canel ha fracasado urgiendo sus vías específicas sin tutelas ni protecciones. Pero sigue anclado de momento a la ortodoxia poco displicente del régimen y los eslóganes trasnochados de la revolución, que no conducen ya a ningún otro lugar más que a un divorcio cada vez más evidente con los jóvenes, cansados de ausencia de libertades, de soflamas revolucionarias, de ser como sus padres chivos expiatorios de una mentalidad pseudo-colonialista que ya no conduce a ningún lugar salvo al aislamiento y la condena social de un pueblo encarcelado.Todo está a punto de derrumbarse, pero tal vez no se derrumbe del todo. Nadie quiere una explosión incontrolada de acontecimientos o tumultos. La vía venezolana es quizá la que hoy más interesa. Control indirecto pero mediato desde Washington. No hay líderes ahora mismo, ni dentro ni fuera, para una transición rápida y efectiva. Nunca como hasta ahora la sensación de asfixia se ha agudizado tanto como la sensación de que todo puede cambiar. La patada en la puerta del cascarón. La patada sobre las enormes diferencias entre la gerontocracia militar y del partido que controlan el país y lo que viven y malviven cientos de miles de cubanos entre retóricas envenenadas de un triunfalismo vacuo, de una vieja disputa a patria o muerte con Estados Unidos. La patada del malestar de la sociedad vigilada que no tiene esperanza. El estado vigilante y un partido comunista intransigente han aplastado toda disidencia, toda divergencia al discurso maquetado. Lo han hecho a lo largo de décadas, entrenando conciencias, educando oídos, corrigiendo comportamientos, silenciando las voces disconformes, incluso en las primeras horas revolucionarias. Hoy es tarde. Nadie frena ya las intenciones de un Trump o un Marco Rubio que lo vive como algo personal y sagrado desde la saga familiar. Y el mundo calla, mira, contempla y, en el fondo, hasta aplaude. Ni legalidades internacionales ni soberanías. Abismos y dictaduras. Atropellos y silencios nunca frenados frente a derechos robados y secuestrados en décadas. El mundo y el orden internacional que hemos conocido ha saltado por los aires. En el espejo del tablero, cuatro actores: Estados Unidos, Rusia, Israel y China. En el fondo, el primero y el último luchan por una hegemonía que, si bien será bilateral la próxima década, todo apunta a una unilateralidad en función de la fuerza social y económico-militar interna de China.Cuántas mentiras y manipulaciones será capaz de aguantar una sociedad hasta decir basta, muerta ya cualquier ideología, es una interrogante no resuelta de momento. ¿Qué queda en la Cuba de los Castro? Nada más que miseria moral, económica, humana y social. El empujón final hacia un socialismo a la cubana que ha sumido al país en la devastación y pauperización económica total. Que ha privado a los cubanos de todo atisbo de libertad y dignidad. En retrospectiva, ningún logro puede justificar seis décadas de dictadura férrea, implacable, hermética. Brutal e inhumana. Nada justifica el silencio y mordaza, la tortura y la cárcel para los disidentes. Nada se puede reformar si es irreformable. Hay que extirparlo, arrancarlo, abandonarlo. De nada sirven los maquillajes de un Partido Comunista, único en la isla, gobernado y regido por los gerontócratas que permanecen. Pero Cuba pervivirá a los Castro, aunque nadie sabe cuánto tarde ese momento. Las calles perderán el miedo y los lavados de cerebro. Todo se precipita hacia una ruptura, una intervención y un vacío. La esperanza que queda, la única tabla de salvación, es la de una libertad tutelada por el “viejo enemigo.¿Cuál es el futuro de Cuba en las próximas semanas, meses o años? Esa es la incógnita. Sin embargo, en el subconsciente de todos, tirios y troyanos, el cambio, la solución, se saben próximos. Pero no nos dejemos engañar. En Cuba, de momento, los cambios serán graduales y hechos con gente de dentro. En el mapeo no hay otra alternativa. Candado y pragmatismo interesado. Pero el futuro, tarde o temprano, pasará por las dos islas, la caribeña y la de Florida, y será necesaria la reconciliación con base en la democracia y el respeto a los derechos humanos. Después de seis décadas, ya no es admisible ni la excusa del embargo (terrible, por cierto) ni las aspiraciones de revoluciones que han fracasado y lo saben hasta los propios dirigentes. El trampantojo se diluye, y los cubanos ya han pagado un alto precio por él. No obstante, que alcancen una verdadera libertad ya ni siquiera depende de ellos mismos, al menos en estos momentos.
Cuba: abismo y candado
Nunca como hasta ahora la sensación de asfixia en Cuba se ha agudizado tanto como la sensación de que todo puede cambiar












