Actualizado 25/05/2026 - 15:57h.

Cuba aún sigue siendo esa vieja ensoñación de la izquierda española más rancia; es el paraíso socialista en la tierra que todo pijoprogre debería visitar al menos una vez en la vida —alojándose, por supuesto, en un hotel de los caros—. Es el mojito con el que se brinda «hasta la victoria, siempre» en las verbenas; es el póster del Che que preside el fumadero de la revolución de los perros y las flautas.

Cuba, de donde antaño llegaban los barcos cargados con la plata de los indianos, cuna del ingenio azucarero, del modernismo literario en Latinoamérica, del combinado con ron, de los comandantes que mandaban a parar y de las tristezas de la España contemporánea, es hoy el epítome de la tierra pobre y encallecida, de las uvas de la ira y del escarnio de la libertad.

Desde sus antiguos malecones no se atisba ningún 'skyline', esa vertical prosperidad del mundo moderno, porque el país es miserable, no tiene hidrocarburos y allí no suelen prodigarse los Zapateros de turno. Cuba es el estertor del noticiero, el apagón de cada día, el derroche de indigencia, la muerte en chanclos.

Cuba no le importa una higa a nadie, ni a esos voceros del progreso, y tiene que decidir si se peina o se hace los papelillos para no desaparecer del mapa. Hay quien se pregunta de qué pasta están hechos los caribeños. A mí me parece que del mismo hormigón con que los tienen empotrados en los reclusorios.