Cuba cierra otro año más de penurias, con gentes más empobrecidas, más desencantadas y desesperanzadas
—Hijo mío, ¿dónde estás?
—¡Perdido, en la más profunda oscuridad!
(Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra)
Desde la azotea de mi casa tengo una vista panorámica de La Habana. El plano abarca los barrios periféricos del Sur, como el mío, y corre hasta los edificios altos del Norte, incluso un poco más allá, y puedo entrever el mar movido por la corriente del Golfo, que es el fin de la isla o el comienzo del resto del mundo. Desde hace meses, en las noches, de ese paisaje entrañable solo logro ver islotes iluminados y, en muchas ocasiones, apenas puntos refulgentes, luces de contingencia que a duras penas quiebran la penumbra envolvente, tan agobiante. Es el imperio de la oscuridad, la erosiva realidad cotidiana del apagón de largas horas en que vive la ciudad y, con más persistencia y furor, el interior del país. Si desde mi azotea pudiera elevarme en el globo de Phileas Fogg y observar el mapa de la isla, comprobaría que tres quintas partes del territorio nacional están a oscuras. Un día y otro, y así durante semanas, meses que ya se acumulan en años. Cuba se ha convertido en El País de las Sombras Largas, sin los esquimales de la novela de Hans Ruesch.






