Entre golpes de efecto, declaraciones contradictorias y reuniones opacas, algo avanza en Cuba. Un camino abierto y lleno aún de incógnitas, pero en el que ya difícilmente cabe la marcha atrás. En los últimos días, los tiempos se han acelerado con la insólita reunión del jefe de la CIA en La Habana, la imputación en Estados Unidos de Raúl Castro, el último gran símbolo de la revolución, y el despliegue de un portaviones militar en aguas caribeñas cercanas a la isla. Un teatro de sombras cuyo mayor dilema se centra por ahora en descifrar si todo desembocará en una ruptura, un derrocamiento del castrismo y un cambio de régimen; o en una transición provocada por la presión máxima estadounidense, pero escenificada como un pacto entre ambas partes para intentar salvar, al menos, algo de la imagen heroica de la revolución. El patrón del caso venezolano es una sombra cada vez más alargada. Primero llegaron las presiones políticas, luego las denuncias penales y finalmente los militares estadounidenses irrumpieron en Caracas para llevarse en helicóptero al presidente Nicolás Maduro hasta una cárcel en Nueva York. Desde principios de año, Delcy Rodríguez ejerce como presidenta tutelada por la Casa Blanca tras la correspondiente visita del jefe de la CIA, John Ratcliffe, para dejarle claro que, mientras acate sus órdenes, puede seguir en el puesto. Una secuencia que por ahora se está cumpliendo, y a una mayor velocidad, en el caso cubano, incluido el portaviones militar plantado en el Caribe como aviso a navegantes. Pese a las analogías, los analistas son prudentes a la hora de apostar por un desenlace también parecido. Para Michael Shifter, investigador senior del think tank con sede en Washington Inter-American Dialogue, “es improbable que sigan esa ruta porque en Cuba no van a encontrar una Delcy Rodríguez. Es una estructura de poder muy diferente. Van a tener que buscar gente dentro del castrismo, sin llegar a un cambio de régimen, sin una ruptura fuerte”. A diferencia del chavismo, que evolucionó en gran medida hacia un sistema de clanes, los Castro han pilotado el país con mano de hierro durante más de 60 años, solo abiertos a ligeros cambios en los momentos más difíciles para garantizar su supervivencia sin perder nunca el poder.Hijos, yernos o nietos de la familia ocupan todavía cargos claves en el aparato del régimen, como muestra la presencia de Raúl Guillermo Rodríguez Castro en la mesa de negociación con la CIA. Conocido como El Cangrejo, el nieto y guardaespaldas de Raúl Castro ha sido una constante en casi todos los momentos clave de la negociación entre La Habana y Washington a lo largo de este año. “La estrategia parece ser aumentar al máximo la presión para forzar un acuerdo con el régimen. La prioridad por ahora se centra en economía, seguridad e inteligencia, para garantizar sobre todo que reduzca la influencia de China y Rusia en la isla”, añade el experto. La escalada de los últimos días, que se suma al cerco petrolero impuesto desde enero que ha llevado a la población al límite de la supervivencia, ha coincidido con el viaje de Donald Trump a China para reunirse con su homólogo Xi Jinping. Uno de los mantras de la Casa Blanca, enfrascada en una campaña política y militar para recuperar su influencia sobre la región que está haciendo estallar las costuras del orden internacional, es que Cuba es un asunto de “seguridad nacional”. Cuba, como “refugio para los adversarios de Estados Unidos”, según se leía en el comunicado de la CIA tras la reunión de la semana pasada. Una retórica que remite a los tiempos de la Guerra Fría y que, actualizada, apunta ahora al narcotráfico. “Siempre ha habido colaboración en la lucha contra el narcotráfico, pero ahora se ha profundizado. Cuba no es ahora tanto una amenaza como un problema de seguridad. Al Pentágono y a la CIA les preocupa mucho que si la crisis continúa, pueda derivar en un nuevo éxodo masivo, violencia e inestabilidad”, apunta el historiador cubano del Colegio de México, Rafael Rojas. El secretario de Estado, Marco Rubio, el arquitecto de la operación, hijo del exilio cubano de Miami, ha mostrado públicamente su preocupación ante un posible estallido social en la isla. Sus declaraciones suelen combinar las amenazas con la mano abierta a negociar bajo sus condiciones. El esquema se repitió este miércoles. Horas antes de que los fiscales del Departamento de Justicia anunciaran la imputación de Raúl Castro por el derribo de dos avionetas de una organización del exilio en 1996, Rubio ofreció una “nueva vía” para Cuba con elecciones libres y sin el poder acumulado por las Fuerzas Armadas. “Las dos acciones son compatibles”, apunta el analista de Inter-American Dialogue. “La imputación de Raúl es una antigua demanda del exilio, pero tiene sobre todo un valor simbólico. Es un mensaje de presión para ganar fuerza en la negociación sin que necesariamente vaya a haber una detención de Castro”. Tras la imputación del histórico jefe militar de la revolución, que a los 94 años todavía tiene el título honorífico de general y que nunca ha abandonado del todo el poder, el presidente estadounidense descartó una “escalada” contra Cuba, al considerar que “no hará falta”. “El lugar se está cayendo a pedazos; es un desastre, han perdido el control”, añadió. La reacción del presidente Miguel Díaz-Canel fue más airada: “De materializarse, provocará un baño de sangre de consecuencias incalculables”. El mandatario cubano deslizó además que disponen de 300 drones para su defensa militar, a la vez que reiteró que la isla “no representa una amenaza” para Washington.Apenas 145 kilómetros separan las costas cubanas de las de Florida. Otro factor de diferencia con el antecedente venezolano. “Cuba no es Venezuela. Y si hay un ataque, el Gobierno no se va a quedar con las manos cruzadas. Con que tan solo uno de los drones consiguiera impactar cerca de Mar-a-Lago (la residencia de Trump) se desataría una histeria general”, señala el economista cubano Omar Everleny Pérez Omar. En ese contexto de amenazas calculadas, el historiador del Comex apunta que “parece que las negociaciones pasan por ofrecer garantías a la cúpula del régimen de que les van a respetar, pero a cambio de un diálogo con ventajas comparativas. No creo que esté sobre la mesa un cambio político, pero no es descartable que el propio Gobierno cubano ofrezca un esquema de sucesión en el que ofrezca alguna cabeza como sacrificio, además de más reformas y una amnistía de presos políticos. Transitar hacia un modelo de capitalismo sin democracia”. Los analistas consultados coinciden en que el hipotético sacrificado podría ser Díaz-Canel, el primer presidente sin el linaje de los guerrilleros. Un capítulo iniciado en 2018, desarrollado bajo diseño y supervisión de la dinastía Castro, y que el año que viene terminaría su mandato. “Es una figura sin mucho poder y que se ha ido debilitando. Puede ser el siguiente paso, junto con levantar algunas restricciones a la economía privada”, añade Shifter. Una de las medidas de mayor calado durante estos dos meses largos de negociaciones fue la de abrir la puerta a las inversiones de los cubanos que viven en el exterior. Oscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro y sobrino-nieto de Fidel Castro, dijo a mediados de marzo estar dispuesto a “mantener una relación comercial fluida con las empresas estadounidenses” y “con los cubanos residentes en Estados Unidos y sus descendientes”.La medida parece, en teoría, más que un gesto. Pero el economista cubano Everleny Pérez reflexiona sobre la falta de incentivos. Sobre todo con las recientes sanciones a cualquier persona o entidad no estadounidense que mantenga relaciones comerciales con la isla, especialmente en los sectores de la energía, la defensa, la seguridad y las finanzas. “Las principales navieras han suspendido su actividad en Cuba. No hay combustible. ¿Cómo un inversor va a querer entrar si toda actividad privada está casi paralizada?”. Lo conveniente, añade el economista, “sería marcar una ruta clara hacia una economía social de mercado con un plan de estabilización a dos años centrado en atajar el déficit fiscal y la inflación. Y sobre todo, seleccionar el sector que será el núcleo de la reconstrucción: el turismo, el azúcar, el níquel”. Un reto para un país con una fuerte tradición agrícola, pero que gasta más de 2.000 millones de dólares en importar alimentos.