Donald Trump necesita una victoria y la necesita ya. La guerra contra Irán, uno de los conflictos más impopulares de la historia de Estados Unidos, se encamina hacia un posible acuerdo de paz pírrico, difícil de presentar como un triunfo en pleno año electoral. Para compensar, no es de extrañar que el presidente busque un golpe de efecto rápido, popular entre su base y, además, con potenciales beneficios económicos inmediatos para el país. Y que para lograrlo, esta vez considere que no necesita movilizar portaaviones hacia el otro lado del planeta. Al fin y al cabo, le basta con mirar a 150 kilómetros al sur de Florida. Los indicios de que Cuba se encuentra en el radar inmediato de la Casa Blanca no han dejado de crecer en las últimas semanas. Para el ala dura de la Administración, nunca ha habido un momento mejor para cambiar el statu quo: la isla atraviesa una crisis energética extrema, sufre apagones constantes y se encuentra asfixiada por las sanciones y el bloqueo petrolero impulsado por Washington. Trump ya ha hablado de una posible “toma amistosa” del país. Nadie sabe todavía a qué se refiere exactamente, pero los expertos sí tienen claro dónde estaría el premio gordo si Estados Unidos se sale con la suya: el turismo. Pocas cosas le gustan más a Trump que un buen hotelazo. Su política exterior suele estar moldeada por los mismos filtros con los que ha mirado durante décadas el negocio inmobiliario: terrenos, marcas, complejos turísticos, torres, resorts y oportunidades que otros presidentes dejaron pasar. Ya se vio en Gaza, cuando imaginó una “Riviera” sobre un territorio devastado por la guerra. Cuba encaja demasiado bien en esa lógica para no resultar tentadora: una isla paradisíaca con playas, hoteles, ciudades llenas de historia y un mercado turístico bloqueado durante décadas a las empresas estadounidenses. De un modo similar a como el petróleo fue el gran botín económico en Venezuela, el turismo sería el primer premio de una Cuba abierta a la fuerza. “Es el único sector donde se pueden sacar ganancias de inmediato”, explica a El Confidencial Paolo Spadoni, profesor asociado en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Augusta y especialista en economía política cubana. Spadoni señala que la isla tiene un mercado interno empobrecido, infraestructuras deterioradas y una industria manufacturera casi inexistente. Pero sí conserva una marca global, una ubicación privilegiada y una red turística destinada a convertirse en el primer terreno de disputa. Si Estados Unidos logra forzar la apertura económica cubana y levanta las restricciones a los viajes, el impacto llegaría primero a aerolíneas, cruceros, plataformas de reservas, operadores turísticos, empresas de alquiler vacacional y, por supuesto, cadenas hoteleras. El experto también recuerda que España lleva décadas ocupando una parte central de ese mercado. Mientras las empresas estadounidenses quedaban fuera por el embargo, hoteleras como Meliá, Iberostar, Barceló o NH aprendieron a operar en la isla, asumieron el coste político de hacerlo y se posicionaron en uno de los pocos sectores cubanos capaces de generar divisas. La idea era, precisamente, aguantar dentro de Cuba pese a las dificultades y estar bien colocadas cuando algún día llegara la normalización con Estados Unidos. Sin embargo, como ya se ha visto en Venezuela, una apertura impulsada desde Washington no llegaría necesariamente como una liberalización total, sino, probablemente, como parte de una operación en la que la Casa Blanca fijaría las condiciones del nuevo mercado para beneficiarse de él. Las compañías estadounidenses llegarían tarde, pero con el respaldo del actor que habría forzado el cambio. Las españolas, en cambio, podrían descubrir que su ventaja histórica descansa sobre una base más frágil de lo que parecía. La mayoría de las compañías hoteleras extranjeras que operan en Cuba no son propietarias de los edificios que gestionan. Operan mediante contratos de administración con entidades cubanas, a menudo vinculadas al Estado o al aparato militar. “Sería muy fácil, bajo presión, que un nuevo Gobierno cubano termine el contrato con una compañía española y dé el contrato a una compañía estadounidense”, advierte Spadoni. Un monstruo llamado GAESA La pieza en el centro de cualquier cambio en el sector turístico de Cuba es GAESA, el conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas cubanas. Su tamaño real resulta difícil de calcular por la opacidad del sistema, pero los expertos coinciden en que domina buena parte de los sectores que generan divisas en la isla. Washington ha decidido apuntar directamente contra ella. El pasado 20 de mayo, fecha simbólica para el exilio cubano por la independencia formal de la República de Cuba en 1902, Marco Rubio publicó un mensaje en español dirigido a la población de la isla. El secretario de Estado presentó a GAESA como el verdadero poder económico del régimen y afirmó que los cubanos no sufren apagones, escasez de combustible y falta de alimentos por el embargo estadounidense, sino por esta élite militar que ha acumulado miles de millones de dólares mientras el país se hunde. Para las hoteleras españolas, GAESA ha sido su interlocutor más frecuente. Esa relación, que durante años permitió mantener presencia en la isla pese al embargo, puede convertirse ahora en el flanco más vulnerable. El problema, más allá de lo que ocurriría con los hoteles en una futura transición, es el posible costo que tendrá seguir operando mientras Washington eleva la presión contra el conglomerado militar. Si Rubio consigue imponer su relato, cualquier empresa vinculada al turismo cubano tendrá que demostrar que no forma parte del circuito económico que Estados Unidos acusa de sostener al régimen. España también se encuentra con mucho menos margen diplomático que en otras etapas. En los años 90, cuando la Ley Helms-Burton abrió la puerta a demandas contra empresas extranjeras que operaban sobre propiedades confiscadas tras la Revolución, Madrid y Bruselas reaccionaron con fuerza contra la extraterritorialidad de las sanciones estadounidenses. La UE llevó el pulso a la Organización Mundial del Comercio, aprobó un estatuto de bloqueo para impedir que esas sentencias pudieran ejecutarse en territorio europeo y presionó hasta que Washington mantuvo congelada durante años la parte más agresiva de la ley. El de hoy es muy diferente al de antaño. España llega a este pulso con una relación muy deteriorada con Washington por su negativa a ofrecer sus bases militares para la guerra de Irán y por su resistencia a elevar el gasto militar hasta el nivel que Trump exige a los aliados de la OTAN. Tampoco la UE se encuentra en condiciones de convertir Cuba en una prioridad. Concentrada en la invasión rusa de Ucrania y habiendo gastado gran parte de su capital político en no inmiscuirse en el conflicto iraní, difícilmente puede repetir la ofensiva diplomática que desplegó en los 90. Trump, por otra parte, no es precisamente el tipo de presidente al que ese tipo de presión europea le quitaría el sueño. Eso deja a compañías como Meliá o Iberostar en una posición altamente vulnerable. “Las hoteleras españolas no tienen mucho margen de maniobra en esto. Están a la merced de lo que vaya a pasar”, sentencia Spadoni. Un pelotazo con muchos ‘peros’ Convertir Cuba en una nueva Riviera, no obstante, exigiría mucho más —y saldría mucho más caro— que controlar unos cuantos hoteles. La isla tiene el atractivo turístico, pero no la infraestructura necesaria para absorber una llegada masiva de visitantes estadounidenses. Antes de competir en serio con otros destinos del Caribe, necesitaría inversiones enormes en aeropuertos, carreteras, red eléctrica, telecomunicaciones, sistemas de pago, abastecimiento alimentario, transporte interno y servicios urbanos. Spadoni insiste en que esa es una de las grandes diferencias con otros modelos turísticos del Caribe. En República Dominicana, por ejemplo, el turismo terminó arrastrando construcción, transporte, agricultura, servicios y empleo privado. En Cuba, ese efecto multiplicador es mucho más limitado. La economía está demasiado centralizada, el sector privado sigue siendo pequeño y buena parte de los insumos que necesita un hotel —desde comida hasta mantenimiento, energía o tecnología— dependen de importaciones o de estructuras estatales poco eficientes. Eso reduce el alcance real de la transformación. Una apertura podría llenar hoteles, reactivar vuelos y devolver cruceros a La Habana, pero no transformaría por sí sola la economía cubana. “El turismo en Cuba no está insertado en una economía capaz de crear encadenamientos productivos. Es una economía agotada, ineficiente y demasiado centralizada, y por eso el turismo no puede jugar el mismo papel que en otros países”, advierte el profesor. Para que esa apertura se traduzca en salarios, consumo y oportunidades reales para la población, añade, “sería necesario muchísimo tiempo”. Hasta entonces, la nueva Cuba prometida por Rubio podría parecerse demasiado a la vieja: una isla donde los dólares entran por la puerta del hotel, pero rara vez llegan a la calle.