El ataque contra las instalaciones nucleares de Baraká, en Emiratos Árabes Unidos, atribuido por Abu Dabi a Irán el pasado 17 de mayo, volvió a plantear una cuestión que ha sobrevolado Oriente Próximo desde el inicio de la guerra contra la República Islámica el pasado 28 de febrero: la progresiva erosión de una relación que llegó a hacer de Emiratos el segundo socio comercial de Teherán. Ese país es ahora, a ojos del régimen iraní, un “Estado hostil”.La demostración última de esta visión es la lluvia de proyectiles que Irán ha lanzado hacia Emiratos. En su más reciente comunicado en la red social X, el Ministerio de Defensa emiratí ha asegurado que sus sistemas de defensa aérea “han interceptado, desde el inicio del conflicto, 551 misiles balísticos, 29 proyectiles de crucero y 2.265 drones”, una cifra que incluso supera el volumen de ataques iraníes contra Israel.En realidad, el germen de esa enemistad data de mucho antes. Diversos analistas apuntan a que el giro geopolítico iraní no puede explicarse sin la adhesión de Emiratos a los Acuerdos de Abraham en 2020 —auspiciados por el presidente de EE UU, Donald Trump, y por los que varios países árabes establecieron relaciones diplomáticas con Israel—. Ese es el eje sobre el que gira la escalada que se ha desarrollado durante esta guerra. Sin embargo, el proceso que empezó con la decisión emiratí de sumarse a esos acuerdos alcanzó un punto de inflexión a principios de mes, tras la difusión de informaciones sobre una supuesta visita secreta del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a territorio emiratí. A ello se añaden reportes de prensa que señalan una posible participación directa de fuerzas emiratíes en operaciones contra infraestructuras petroleras iraníes, así como la presencia de efectivos israelíes durante el reciente conflicto para apoyar la defensa del país frente a los ataques atribuidos a Teherán. En este clima de creciente tensión entre ambos países —que comparten vecindad en el Golfo Pérsico— no resulta anecdótico que en concentraciones oficialistas en Teherán se hayan coreado consignas como “Muerte a Emiratos”, en paralelo al ya habitual “Muerte a Israel”. La televisión estatal iraní, por su parte, ha llegado a difundir imágenes de presentadores disparando con pistolas y rifles hacia una bandera emiratí, mientras que altos cargos del régimen se refieren de forma recurrente a Emiratos como “enemigo”. Incluso una foto de Sardar Azmoun, uno de los mejores delanteros de la selección iraní de fútbol, junto al jeque Mohammed bin Rashid Al Maktoum, primer ministro emiratí, sirvió de pretexto para dejarlo fuera de la convocatoria de la selección nacional a pocas semanas del Mundial. Desde Abu Dabi se describe a Irán como un “vecino desleal”, mientras que Anwar Gargash, asesor del presidente emiratí, calificó a Irán en la red social X como “la parte agresora, responsable del agravamiento de la crisis en el Golfo Arábigo [por el Golfo Pérsico] y fuente del peligro y amenaza para su seguridad y estabilidad”.Para el analista de relaciones internacionales Ata Mohamed Tabriz, con sede en Barcelona y contactado por teléfono, la desconfianza iraní se explica por la profundización de los vínculos entre Emiratos e Israel, hasta el punto de que Teherán percibiría al país como “un nido de sionistas”. Desde esta óptica, el objetivo último de la política iraní sería incluso “la transformación es clave para entender el sistema político emiratí”, en la medida en que Abu Dabi “cuestiona la posición regional de Irán”. Según esta lectura, las decisiones de la dinastía gobernante emiratí de los Al Nahyan “terminarían perjudicando al conjunto del mundo islámico”.Una visión distinta ofrece el politólogo Mohammad Ghaedí, de la Universidad George Washington, quien interpreta la estrategia iraní bajo el prisma de la disuasión. En un escenario de alta tensión con Estados Unidos y la posibilidad de una nueva escalada bélica, alude al ataque con drones contra la central nuclear de Baraká y subraya: “Esta planta suministra el 25% de la electricidad del país; el mensaje es claro: si se atacan las infraestructuras energéticas de Irán, las de los países árabes tampoco estarán a salvo”. Con todo, expresa reservas sobre la eficacia real de esta doctrina.En una línea complementaria, el profesor Meir Javedanfar, especialista en política e historia de Irán en la Universidad Reichman, en Israel, compara esta lógica con otras dinámicas de influencia regional: “Igual que Moscú intenta condicionar la política exterior de Ucrania respecto a la OTAN, Teherán busca influir en la orientación de los países del Golfo Pérsico hacia Israel”. A su juicio, se trata de una estrategia orientada a “ejercer presión e intimidación sobre el entorno árabe”.Otros expertos, como el economista Ata Hosseinian, subrayan la dimensión estructural del conflicto. Más allá del efecto disuasorio, los ataques reflejan una pugna entre modelos de desarrollo profundamente divergentes: “De un lado, el modelo emiratí, basado en la apertura, la atracción de capital y la modernización; del otro, el modelo iraní de economía de resistencia e impronta ideológica”, lo que, según sostiene, “erosiona la legitimidad del discurso oficial iraní tanto en el plano interno como regional”. En este sentido, añade que “la estabilidad es un pilar esencial de la proyección emiratí. Teherán buscaría socavar esa imagen mediante ataques a infraestructuras estratégicas”.Tensiones políticasEn el plano energético, la reciente salida de Emiratos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y su apuesta por incrementar la exportación de hidrocarburos han sido interpretadas en Irán como un intento de debilitar la capacidad de presión de Teherán sobre el comercio global de petróleo a través del estrecho de Ormuz, instrumento clave de su estrategia de influencia sobre Occidente. En esta línea, el politólogo Foad Izadi, profesor de la Universidad de Teherán, afirmó en X: “Las rutas alternativas al estrecho de Ormuz deben figurar entre los objetivos prioritarios de los misiles iraníes”, en referencia a los ataques contra el puerto de Fuyairah, único terminal exportador emiratí fuera del Golfo.Pese a la densidad de los vínculos comerciales, que situaron en su momento a Emiratos como el socio más importante de Irán en la región, la relación bilateral ha estado históricamente lastrada por tensiones políticas persistentes. La disputa más emblemática sigue siendo la soberanía de tres islas del Golfo Pérsico que ambos reclaman. Según Tabriz, “Abu Dabi aprovecha cualquier resquicio diplomático para reafirmar sus reivindicaciones sobre las islas iraníes e internacionalizar su posición”, un contencioso que, a su juicio, resulta imprescindible para comprender la deriva actual.En el plano geoestratégico, el corredor India–Oriente Próximo–Europa (IMEC) añade una nueva capa de complejidad. Este proyecto busca articular una red de infraestructuras marítimas, ferroviarias, energéticas y digitales para conectar India con Europa a través de Emiratos, Arabia Saudí e Israel, reduciendo así la dependencia del estrecho de Ormuz y del canal de Suez. En la práctica, este trazado reforzaría el papel de Emiratos e Israel como nodos logísticos entre Asia y Europa, desplazando parcialmente la centralidad geoeconómica del Golfo Pérsico. En opinión de Hosseinian, “aunque los ataques responden a la coyuntura bélica inmediata, Teherán es consciente de que la inestabilidad en Emiratos puede retrasar o incluso condicionar la materialización de este corredor”.Luciano Zaccara, profesor visitante en la Universidad de Georgetown en Qatar, sostiene que la estrategia iraní también se apoya en las fracturas internas del mundo árabe, particularmente entre Qatar y Arabia Saudí frente a Emiratos. En su análisis, estas dinámicas se explotan de forma deliberada: “Irán históricamente ha intentado capitalizar las divergencias dentro del Golfo”. Asimismo, recuerda que, desde la perspectiva oficial de varios Estados árabes, “el control iraní del estrecho de Ormuz se percibe como una vulneración de la soberanía de los países ribereños”.El analista iranícanadiense Shahir Shahid-Saless advierte de los límites de esta lógica de disuasión. A su juicio, su eficacia se restringe al escenario previo a una guerra abierta. En caso de una escalada total, señala, “Si Irán lograra impactar instalaciones como las de Aramco [en Arabia Saudí] o infraestructuras clave en Emiratos”, y complejos clave iraníes como “South Pars o la isla de Jarg fueran destruidos, Irán se convertiría en un Estado fallido”. Frente a las monarquías del Golfo con recursos financieros y respaldo occidental para afrontar una eventual reconstrucción, la capacidad de recuperación iraní sería, en su opinión, mucho más limitada y prolongada. De ahí que concluya: “La lógica de la disuasión funciona únicamente antes de la guerra; una vez iniciado el conflicto, la ejecución de esas amenazas desembocaría en un escenario de devastación, caos y colapso”.
La guerra abre un abismo entre Irán y Emiratos, su antaño segundo socio comercial
La enemistad que empezó a crecer con el reconocimiento emiratí de Israel en 2020 ha alcanzado su culmen durante este conflicto










