Cuando empezó la guerra de Irán, los países del Golfo parecían un bloque homogéneo. Nadie quería tener nada que ver con la ofensiva de Estados Unidos e Israel; la contención era la norma.

Pero, a medida que ha avanzado el conflicto, esa imagen de unidad se ha resquebrajado.

Las petromonarquías no han logrado mantener una posición común ante un régimen que no ha dudado en lanzar sus drones y misiles contra ellas, y que está estrangulando su economía con el bloqueo de Ormuz.

Hoy, cada Estado busca su fórmula para salir de la crisis. Por un lado, están los más conciliadores, como Omán y Qatar, que mantienen canales abiertos con Teherán. Por otro, los que se mueven entre el diálogo y la disuasión, como Arabia Saudí, que apoya la mediación de Pakistán al mismo tiempo que trabaja para fortalecer sus capacidades defensivas. Y luego está Emiratos Árabes Unidos, el país que parece más dispuesto a la confrontación.

Convertida en el principal blanco de las represalias iraníes –ha recibido cerca de 2.730 ataques, más que Israel–, la federación de siete territorios liderada por el emir de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed, ha adoptado el papel de halcón, y ha sacado las garras.