Dos veces en mi vida he escuchado en directo a Zapatero. De la primera hace muchos años. Palau Sant Jordi, 13 de noviembre del 2003: “Apoyaré el Estatut”. Allí empezaba una historia que, neblinosa, todavía colea. Un mes después, el 14 de diciembre del 2003, Maragall, Carod y Saura firmaban el pacto del Tinell, que permitió la alternancia al pujolismo, la entrada del independentismo en el Govern y la reforma del Estatut, cuyo fracaso desató el procés. El Tinell introducía una cláusula pérfida: se estigmatizaba cualquier contacto con el PP. Ahora bien, en ese momento, Aznar llevaba ya siete años de gobierno. Un Aznar que lideraba la ola hegemónica del resucitado nacionalismo español (que el terrorismo de ETA vitaminaba con sus matanzas, éticamente repugnantes y políticamente estúpidas). El catalanismo no supo responder a la toxicidad aznariana con inteligencia estratégica, sino con obstinación sentimental. Dani DuchEn este contexto, cabe situar la figura de Zapatero: aparecido por sorpresa en plena decadencia socialista posterior al entierro del felipismo. Habiendo caído en manos de grises personalidades de segunda fila (Almunia, Bono), el PSOE encarnaba un fatalismo al que Zapatero supo darle la vuelta con un optimismo de la voluntad, que la deprimida militancia le compró enseguida. Completaba el optimismo con un discurso de una simplicidad casi infantil, y cierta astucia política. El PSOE de Zapatero plantó cara a la estrategia renacionalizadora y derechista de Aznar con juego táctico. Dicho de otro modo: el PP de Aznar (y de Rajoy) sabía dónde quería llegar, dónde quería llevar España, mientras que el PSOE de Zapatero procuraba ganar batallas concretas pese a que no sabía (no sabe) dónde quiere ir, dónde quiere llevar a España.Zapatero provocó resbalones al PP (y le ganó dos elecciones), pero nunca propuso una visión de España alternativa. Quienes, como Iván Redondo, hablan de la España plurinacional olvidan que siempre se llega a ese concepto por necesidad de escaños; nunca por convergencia estratégica. Durante­ todo este siglo, las izquierdas y los nacionalismos (y regionalismos) han coincidido por necesidad: por su rechazo a la visión del PP (ahora de PP y Vox). Pero cuando han tenido que desplegar un proyecto, se han disgregado o enfrentado.¡Extraña manera de suicidarse y de matar las esperanzas de su gente!El tacticismo del jovial Zapatero (que Sánchez ha continuado con acento trágico) tenía siempre el mismo objetivo: dividir o debilitar al PP. Sea con temáticas de fondo ético (matrimonio homosexual); sea con la cuestión territorial (aunque sin atreverse a dar el salto estratégico del federalismo); sea con el retorno a la guerra civil; sea con la cultura queer ; sea subrayando el extremismo del bloque PP-Vox para cohesionar la trinchera propia.Aquel “apoyaré el Estatut” del 2003 no respondía a un proyecto. Tampoco era lealtad al PSC. Era un “tira p’alante” táctico: había que aprovechar el malestar que suscitaba en Catalunya la visión de Aznar. ¿Un nuevo Estatut? Si creaba problemas al PP, era bueno. Luego, ya se vería.La segunda vez que escuché en directo a Zapatero fue el 5 de mayo del 2024 en Girona en el mitin de apoyo al candidato Illa. Si este reflexionó sobre la reconstrucción de la catalanidad herida por el procés con racionalidad, pero sin suscitar pasiones en los asistentes, Zapatero los levantó de la silla con chistes, bromas y chascarrillos sobre la derecha española. No era un mitin, lo suyo, sino un monólogo humorístico, con injertos de moralismo bonifacio. Sarcástico y simplista con los adversarios, cándido con los suyos. Ninguna idea de fondo. Solo sentimentalidad de izquierdas y humorismo contra la derecha.Espías americanos, policías adversos y jueces derechistas se alían para hundir al PSOE, eso es un hecho. También es un hecho que, si Aznar, Rajoy, Abascal, González o Feijóo pasaran por el mismo cedazo no lo resistirían. Quizás las intermediaciones de Zapatero no son delito: respetemos la presunción de inocencia. Ahora bien, ¿qué necesidad tenía de mantener relaciones internacionales y económicas tan poco edificantes? La mezcla de ingenuidad, cursilería moral, falta de sentido autocrítico y simplismo ideológico han desembocado en un desastre ético que ha hecho un daño incalculable a su partido. ¡Extraña manera de suicidarse y de matar las esperanzas de su gente!