La veterana banda escocesa, liderada por un incombustible Bobby Gillespie, tira de oficio, compromiso político y clasicazos en el festival valenciano, en el que también sobresalió Anna Calvi
El tiempo pasa para todos. Primal Scream ya no son la intimidante orquesta química que ponía patas arriba cualquier festival con el cambio de siglo, cuando su fusión de jangle pop con house (primero) y con cyberpunk (después) les acreditaba como la más excitante guerrila mutante del rock internacional. Permaneció siempre, eso sí, el sustrato stoniano, y a él se aferran aún en conciertos como el de ayer a la extraña hora de las siete de la tarde en los Jardines de Viveros, como reclamo principal del festival Deleste: cumplieron sobradamente cuando muchos nos temíamos que se limitarían a despachar el tardeo como un mero trámite. Fueron los Primal Scream de siempre, sí, los genuinos, y no los Primark Scream (feliz definición de los Pantomima Full para ridiculizar a tanto grupo indie de pacotilla). Los hemos visto en noches más exultantes, por supuesto que sí (BAM del 97 o FIB del 2000), pero también en más desangeladas (Primavera Weekender del 2019 o aquella última visita a Valencia en la Feria de Muestras en 2008). Ayer se les notó a gusto. Muy cómodos.








